26 de julio de 2021
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El burrito Demo

3 de mayo de 2012
3 de mayo de 2012

gustavo paez Demo sabía que su amo Silvio Carrasquilla gusta de ciertas extravagancias, como la de realizar unas elecciones simbólicas en honor de Obama, o la de pintar de blanco la casa de Turbaco para hacer una réplica de la Casa Blanca. Además, le adivinó la intención de deshacerse de él, pobre borriquito, que no podía defenderse. Con su fino olfato, le olió a su amo la intensa “obamanía” que lo dominaba. Es decir, su sumisión al imperialismo.  

Ninguna gracia le hacía al pequeño Demo irse a encerrar en un palacio tapizado de alfombras mágicas, en lugar de disfrutar a sus anchas del verde pasto de su tierra marítima. Tampoco le halagaba  servir de jumento a Michelle y sus hijas Malia y Natasha. Alcanzó, eso sí, a sentirse bendito entre las mujeres. Aspiró entonces el aire tropical, se tocó la grupa nerviosa, se acarició el mentón conquistador, aguzó el magín sensual (¡mujeres, mujeres!, se dijo)… pero ¡no! Reaccionó a tiempo. Él prefería la libertad.

A trote, como si fuera un alazán y no un tierno borriquillo, llegó como una flecha, pletórico de bríos, hasta el populoso barrio El Bosque, de Cartagena. Por allí se puso a mirar hacia todas partes, a olisquearlo todo, hasta detenerse frente al Pley Club, cuyas luces de neón lo entusiasmaron. Luego, la reja se abrió para cinco hombres musculosos, con traza de gringos, que entraron desaforados a la mansión. Demo afinó el ojo y vio que al encuentro de los hombres veloces salía un grupo de bellas mujeres que estaban, sin duda, pendientes de su llegada.

Solo días después, cuando ya Obama y su séquito habían regresado a su país, oiría el borrico que las jóvenes damiselas eran prostitutas de alta calidad que cobraban onerosas tarifas, en dólares relumbrantes, entre las sábanas del Hotel Caribe. Los gringos, pertenecientes al Servicio Secreto de Estados Unidos, habían producido, con sus idas al Pley Club y sus embriagueces diarias, un escándalo mayúsculo con resonancia mundial. Pero esto no lo entendía Demo, burro como era, pues él nada había aprendido aún de política ni de relaciones internacionales.

Cuando volvió a Turbaco, su amo trinaba de la ira. Lo había preguntado por todas partes y nadie pudo dar razón de sus andanzas precoces. Entonces lo sometió a un castigo ejemplar: esa noche dormiría en la tierra pelada, y no en lecho de paja. Demo lloró, con ojos dilatados de tristeza, pero nada dijo. (No dijo nada porque no sabía hablar, pero lo entendía todo). Cumplido el castigo, lanzó un rebuzno agudo, desenfrenado, victorioso. Y se preparó para recibir al presidente, que ya venía en camino.

Cuando Obama estuvo a corta distancia, Silvio codeó a su mascota.  Y le caló el sombrero con el símbolo del Partido Demócrata (nombre del que había salido, a lo costeño, el Demo abreviado que corre por estas líneas). Incluso le lastimó las orejotas eréctiles y blandas. El presidente, elegante en el vestir y en el andar, ágil y sonriente, saludaba a todo el mundo, sin propósito de detenerse en ninguna parte. La seguridad no se lo permitía.

Silvio ha dicho que el presidente se quedó mirando con admiración a Demo, y lo identificó, claro está, como uno de sus votantes latinos. Pero no: cuando el personaje pasaba por el frente del burrito fiestero, este agachó la testa, no en señal de reverencia, ni de respeto ni sumisión, sino de elemental prevención. Sencillamente, no quería irse para la Casa Blanca. Deseaba seguir siendo un asnito plebeyo, como lo habían sido Platero, el rucio de Sancho Panza, el Burrito sabanero o el Burro flautista. Nada de míster Donkey.

Fue entonces cuando Demo escondió su clásica estampa tras el sombrero de la propaganda demócrata. Sonrió para sus adentros, con su amplia sonrisa asnal, de oreja a oreja. Y aquí se queda, en su propia tierra, después de estos coqueteos con la fama.

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Bogotá, IV- 27-2012.