4 de agosto de 2021
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ANTONIO PANESSO, UN TIO MEMORABLE

19 de mayo de 2012
Antonio Panesso Robledo
Antonio Panesso Robledo (Imagen El Espectador)

Hoy quiero recordarlo porque fue mi tío admirado, una especie de proa de la familia que abrió  el camino y ahuyentó los espantos, esos dizque aparecían en los recodos del camino y en los hospedajes que  bordeaban la larga la ruta de los emigrantes, igual a muchos otros que salieron de Sonsón en búsqueda de un mejor nivel de vida, atraídos por las luces de la ciudad. Las mulas aparcaban en tiendas y fondas donde cantaban bambucos y pasillos en las noches de arrieros y migrantes. De esas caravanas se nutrió Medellín para su desarrollo. El ebanista y carpintero, Alejandro Panesso, cabeza de aquella familia sonsoneña, era maestro del cincel y la garlopa con que se hicieron los altares de la Iglesia del barrio Manrique de los religiosos carmelitas y otras más.

A Antonio le decíamos “el negro” por su tinte moreno, distinto de sus hermanas que fueron blancas y diáfanas. Antonio Panesso estudió para ser maestro, -profesión que ejerció toda la vida-, en la Normal Nacional y luego perfeccionó su filológico talento en Londres y Paris. Por esa razón conocía el español, el latín, el hebreo, el francés y el inglés. Después se dedicó al periodismo político y cultural. Director del desaparecido diario El Correo, sus rotativas y linotipos estuvieron en un edificio sito en la Plazuela Nutibara. Trasnochaba puliendo los editoriales y ayudando a armar el más pegajoso  y tintoso papel periódico. Su sólida convicción democrática lo enfrentó a las dictaduras de los años cincuenta. Para birlar a los censores e interventores se fajaba escritos con personajes figurados o con embrujo de fábula que les era imposible de prohibir. No sabían que “Alicia vivía en el país de las Maravillas”. Antonio Panesso ancló su pluma, mejor dicho, su máquina de escribidor agudo en Bogotá y la incrustó en El Tiempo y El Espectador, amén de sus programas en la televisión que se distinguieron siempre por el carácter educativo, cuando la cultura y el pensamiento tuvieron cabida en la pantalla chica. No había llegado aún la sífilis mediática.

Irreverente y sarcástico, su estilo laico volteriano se refirió a los temas internacionales y nacionales con la clara racionalidad de intelectual íntegro, sin haber claudicado en su maestra labor. De allí se prendó un cura diocesano que gobernaba la parroquia del barrio Buenos Aires y dirigía un programa radial, La Hora Católica, (la feligresía contraria la llamaba La Lora Católica) para atacar en cada emisión a Antonio Panesso, quien escribía con el seudónimo de Pangloss. El cura pedía su excomunión semanalmente. No existe registro alguno de que Lucifer usara la Remington de mi tío Antonio. Tampoco existe prueba alguna de que el cura de la Lora Católica esté en el paraíso.

De su amor por la palabra, de su reflexión por el idioma y la aplicación al periodismo o al arte literario, Panesso Robledo dijo estas palabras en la última entrevista concedida a la periodista Ana Cristina Restrepo:

“La Filología por definición es el estudio de las palabras. El peligro de eso es que se cae en el purismo. En Colombia es muy frecuente eso, sobre todo en el periodismo, se usan solamente las palabras que están en el Diccionario de la Academia. Eso es muy colombiano: esa palabra no está en el diccionario y por lo tanto no se puede usar. Yo no participo de eso. Para mí el idioma es algo vivo, la palabra que existe es la que se usa, por rara e inusitada que sea. Las palabras no salen del diccionario al uso común: del uso común entran al diccionario. El lenguaje es hablado ante todo, es una forma artística, ahí entra el arte claramente y los instrumentos del arte, como la gramática y la estilística —sobre todo—, que es darle forma a una tendencia artística que es natural. Los niños hablan perfectamente bien y no necesitan ningún estudio previo, pero ya para darle forma artística está el lenguaje escrito, que es propiamente la literatura”.

Antonio Panesso Robledo ha muerto. Su vida culminó a los 93 años. Extinguida la luz de sus ojos, “el negro” convirtió la ceguera, en los oídos que mejor captaron la luz sinfónica de la música  coral hecha con las palabras rituales del adiós. A esta hora de su historia es un ángel “negro” que no tiene cielo ni infierno, sino la tierra digna de su inteligencia para la cual vivió y escribió.