20 de junio de 2024

Entre El Polo y La Cigarra

22 de abril de 2012
22 de abril de 2012

Mientras se finiquita la operación ante las autoridades notariales, le damos curso a estas remembranzas alrededor de los viejos cafés del perímetro histórico de la ciudad de nuestras querencias.

La Cigarra fue fundada en 1955 por don Alberto Robledo, jubilado de Bavaria y tío de Juan Gonzalo Robledo, distribuidor de Fabricato, Su actual propietario es don Hernán Roldán.

Al café de la carrera 23 con la calle 22, al pie del ahora remozado y modernizado Palacio Nacional, se le apareció la Virgen cuando se procedió, en la década de los 70, al cierre y demolición del legendario Café El Polo y no prosperaron los esfuerzos para establecer un nuevo  Polo en la 23 entre  17 y 18, porque la clientela se volvió “cigarrera” por razones de punto y comodidad.

Cuando acopiábamos datos para este Contraplano, ignorábamos cuántos tintos y pintaditos sirven en un día, en sus  mesas, las tres saloneras y cuántas honras se quitan en una jornada, en la famosa meca del cotilleo de campanario que es mirado como epicentro de las lenguas viperinas que conocen al dedillo todo sobre las vidas ajenas.

Ciudad o pueblo que se respete tiene como referente o punto de encuentro su catedral del chisme.  En Manizales fue primero El Polo. Y a la desaparición de este histórico café, para que se erigiera el rascacielos ordenado por la pujante banca de entonces, vino a sucederlo La Cigarra.  En sus respectivas épocas, más que amañadores escenarios  de la camaradería lugareña y tomaderos de aromático café, los dos céntricos establecimientos se consolidaron como auténticos hervideros de la murmuración colectiva de la parroquia, o costureros de grandes proporciones, sin el riguroso punto, cadeneta, punto y con cero en materia  de representación femenina, porque las meseras eran harina de otro costal.

El más ameno y selecto tertuliadero del corazón de la Gran Aldea fue fundado después del descomunal incendio de 1926 por don Germán Jaramillo, “Mincho”.  La fiel clientela ocupaba desde muy temprano las mesas mejor ubicadas y entre tinto y tinto resolvían los problemas de los países en guerra.  Se metía también con el presidente colombiano de turno para ayudarle a encuadernar el país, y no faltaban las críticas al gobernador de Caldas, al alcalde de Manizales, al concejal, al diputado, al representante,   o al senador.  Al quinto café de la matinal jornada los lenguaraces no dejaban títere con cabeza en ninguna mesa.  Se daba gusto media humanidad despotricando de la otra mitad. También fue punto obligado para citas de negocios de autos, bienes raíces, café y ganado o de acuerdos políticos.  

Era corriente ver entre las 7:00 y las 9:00 de la mañana  a los más notables personajes locales en su cita diaria con el chisme fresco, dedicados a contarse sus propios secretos y sacar a relucir los ajenos o a trabajar un poco, con juvenil entusiasmo, con el sudor de sus lenguas antes de irse a sus oficinas o consultorios, con el repertorio de novedades actualizado y surtido. En el viejo café situado a 100 metros de la Catedral del Padre Adolfo Hoyos, se hablaba de todo el mundo. pero no se le sostenía a nadie.

Han sido de la misma “ralea“ cafeteríl de  El Polo y  La Cigarra, aunque no tuvieron  la misma importancia, otros bares y cafés, todos afiliados a Sibarca, como El Osiris, La Bahía, El Tamanaco, El Cortijo de Alberto Loaiza, El Zulia,  El Noridia,  El Trébol, El Quijote, El Candil, El Caracol Rojo, El Caney, El Morichal, El Túnez, El Navío, La Macarena y El Parnaso.  Hubo otros cafés famosos, en el centro, como el Adamson, borrado de la 22 con la 22, cuando el terremoto echó a tierra la torre del costado occidental de la Catedral, en  1961.

La apostilla: Una mañana el autor de estas remembranzas tomó asiento sin ser invitado, en una mesa que compartían, en El Polo, los doctores Ramón Londoño Peláez y Rafael Henao Toro, apoyados en sus respectivos bastones. Para castigar al intruso reportero, decidieron mantener cerradas sus bocas; no responder a ningún tema que les pusiera y hacerse los de las cataratas.  A los 10 minutos  pagamos nuestro tinto y nos despedimos: “Buenos doctores… después seguimos charlando… que tengan un feliz día”…