8 de agosto de 2022
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Crimen pensional

24 de abril de 2012
24 de abril de 2012

crimen pensional

El texto tiene mucho interés en el Huila, pues fue desde este Departamento donde prácticamente se fraguó y ejecutó el descalabro financiero de la entidad, caso por lo que hoy hay sindicados, condenados y hasta personajes que pasaron de agache, pese a la contundencia de las pruebas que pesan en su contra.

Paciente: Caja Nacional de Previsión Social.

Síntomas:
Traumatismos y letargo científico-administrativo.
Diagnóstico: Peculado, falsedad, contrabando, suministro de drogas pasadas, tráfico de influencias, prevaricato, soborno.
Impresión Diagnóstico:   Muerte por fallas multisistémicas.

De esta forma René Pérez, ganador de varios premios de periodismo, separa en capítulos el texto de su libro. Quienes han estado al tanto del proceso, consideran que es una de las mejores radiografías de lo que pasó con la entidad, incluso revelando detalles desconocidos que pueden ser materia de apertura de nuevas investigaciones.

Nota: este es uno de los capítulos más dramáticos del libro Cajanal crimen pensional del laureado periodista René Pérez publicado por B y que ya salió al mercado.

“¡Odio esa clínica!”

“Durante el tratamiento prenatal en la clínica de Cajanal, me ordenaron en tres oportunidades exámenes para establecer el factor RH negativo. Pero esos resultados nunca aparecieron en mi historial médico. Los doctores que me atendían me decían que allí no aparecía nada. Por fin una enfermera me aconsejó que los exámenes me los hiciera en otra parte, porque el laboratorio no servía…

“El 11 de septiembre de 1976 entré a la clínica. Eran las 7 de la noche. Se que no había necesidad de decirle al médico que me atendió que no se le olvidara hacerle al niño el cambio de sangre. A las diez nació mi niña, y el médico que la recibió ordenó llevarla a la sala de pediatría para la transfusión. Pero al día siguiente llegó un médico y me dijo que pena, imagínese que no le hemos hecho la transfusión a su hija porque en la Caja no hay sangre negativa, la ambulancia esta dañada y además no hay quien vaya a Marly a traerla.

“Me levanté como pude de la cama y llamé a un hermano para que viniera a la clínica a pedir la orden de compra de la sangre. Buscaron al encargado del banco de sangre de Cajanal, pero no lo encontraron. A las 11 de la mañana salieron otra vez a buscarlo y tampoco lo hallaron”.

De acuerdo con la declaración de la señora de Vargas, solo a la 1 de la tarde encontraron al empleado. Pero este les dijo que iba a almorzar.

“Pasado un rato regresó a mi alcoba y me dijo que le dejara eso de su cuenta. Casi a las 3 de la tarde volvió y me comunicó que ya había conseguido la sangre negativa y que la había dejado en el sitio indicado”.

“Ese día como a las 9 de la noche, me dirigí a la habitación donde estaba la niña. Y aun no le habían hecho la transfusión. Habían pasado 24 horas desde cuando nació la niña. Una enfermera me dijo que la estaban preparando. Volví a mi pieza muy intranquila. El lunes bien temprano me visitó una doctora y me informó que la niña estaba muy delicada y que no le veía esperanzas de vivir”.

La funcionaria manifestó que inmediatamente salió a buscar a su hijita y que en el camino encontró a una enfermera. “Le pregunté por el estado de la niña y me dijo que estaba en la morgue…”.

“El asunto está ya en manos de mi abogado, porque a la niña no le hicieron a tiempo el cambio de sangre, como lo había ordenado el médico que me la recibió. A esa clínica no volví ni a reclamar mis papeles. Porque la odio…”.

Un año en rojo

A Octavio Tamayo, comerciante huilense, se le tenía como un hombre precavido y recio. Pero a la vez sin temores para irse a las manos en situaciones de conflicto. Eso lo demostró unas semanas antes de que lo torturaran y asesinaran, cuando cuatro atracadores lo acorralaron con cuchillos y armas de fuego. De complexión robusta aunque sin musculatura de atleta, Tamayo tuvo apenas pocos segundos para voltearles la ventaja que le llevaban los hampones: de un brinco se salió de la encerrona, de una patada sacó huyendo a uno de ellos, de un puñetazo dejó aturdido a otro y de dos  disparos hirió al resto de delincuentes. Y como si no hubiera estado a punto de ser asesinado, se llevó a estos a la policía.

El principal negocio de Tamayo era la compra y venta de automóviles y su centro de operaciones lo constituía la Concesionaria La Gaitana, ubicada en la Avenida 30 con carrera sexta, que junto con por lo menos ocho propiedades de finca raíz formaban su patrimonio.  Como comerciante que era, Tamayo trabajaba desde hacía muchos años con dineros en préstamo. Invertía, ganaba y pagaba puntualmente los intereses. A esto se debía su prestigio  de buen cliente entre los prestamistas que tienen como clientela a este tipo de negociantes. Razón por la cual le extrañó que uno de ellos lo llamara telefónicamente para una cita urgente. El 19 de diciembre de 2006 por la mañana, le dijo a sus familiares cercanos que  tenía una reunión para “algo relativo a unos intereses”. Cuando le preguntaron con quién era el encuentro, les explicó que con un sobrino del prestamista.

Efectivamente, el hombre llegó a la concesionaria acompañado de otros dos. A uno de ellos Tamayo lo reconoció como el jefe de seguridad del prestamista. La conversación se adelantó de manera cordial, por lo menos a la vista de algunos de los empleados del comerciante. Por la noche, le comentó a su familia que para saldar la deuda había entregado dos automóviles, una camioneta Prado y un automóvil Corsa. Nada mas.

Al otro día, a las 12.30 de la tarde, apareció el jefe de seguridad del prestamista y le dijo a Tamayo que este lo necesitaba inmediatamente. El comerciante, habituado a las reuniones imprevistas, le respondió  con un sí rotundo. Entonces se dirigió a su oficina personal y mientras se acomodaba el saco y  se guardaba su pequeño revolver que cabía en el bolsillo de una camisa, invitó a un abogado amigo suyo que se hallaba allí ocasionalmente a que lo acompañara. Pero se excusó porque tenía a esa misma hora un compromiso. De todas maneras le hizo la misma propuesta a  uno de sus colaboradores, quien también se abstuvo de hacerlo porque estaba esperando un cliente. La mala suerte le estaba abriendo el camino a su asesinato.

Octavio Tamayo se subió al auto en que llegó el jefe de seguridad. Precisamente el Corsa que le había entregado 24 horas antes. Iba desprevenido, quizás por eso no le llamó la atención que este hombre nunca se apeó del vehículo y jamás, mientras estuvo allí, se quitó unas enormes gafas negras que camuflaban su rostro. El guaradaespaldas prendió el auto y con cautela salió de la concesionaria. Ignoraba que una cámara de la policía estaba filmando la última vez que vieron con vida a Tamayo.

Por la noche, lo hallaron al norte de la ciudad metido en el baúl de un auto robado, amarrado de pies y manos, desfigurado por unas torturas que según los expertos legistas se las infligieron poco a poco durante no menos de ocho horas y con tres balazos en la cabeza.

Su esposa,  Gloria Eugenia Velasco, declararía a las autoridades que efectivamente Octavio Tamayo tenía negocios con el prestamista de la cita y que las hipotecas para respaldar los préstamos las registraba por debajo de valor real. Sin embargo no atribuyó a una trampa, valido de esta circunstancia, el asesinato de su cónyuge. Sino a que el prestamista lo acusaba de ser la persona que informó al DAS de los sitios donde escondía dineros mal habidos.

El prestamista era Armando Cabrera Polanco.

Más de lo mismo

Cindy Gabriela Palacio era una muchacha igual que todas: alegre, descomplicada, afanosa para lograrse un futuro sin problemas a punta de estudio. Sin embargo, la vida normal que llevaba se le truncó por una nunca esperada fatalidad: casi no puede hablar.

¿La causa? Un disparo que recibió en el rostro.

Este atentado sacudió los muy bien escondidos resortes morales de su padre, William Palacio Chíquiza, contra quien iba dirigido ataque. Por eso decidió contarle la posible causa a su inmediato superior en el Juzgado Tercero Penal del Circuito de Bogotá, el juez Carlos Milton Fonseca.

Le confesó que él, con otros funcionarios de ese despacho, se había prestado para tramitar una tutela corrupta contra Cajanal en asocio con un grupo de abogados. Le reveló que tan pronto llegaron a Cajanal esos documentos apócrifos, ellos, a punta de sobornos, aceitaron muchas palancas para que su tramitación fuera acelerada y así evitar que se impugnara. Le relató que tan pronto se solicitó la debida apropiación de los dineros al Ministerio de Hacienda, en un tiempo inusual de cinco días se incluyó en nómina, cuando lo  normal son tres meses.

Por su boca, se supo que la sentencia falsa fue entregada mediante un oficio, que también resultó falso, por el notificador Johan Rueda Beltrán, su cómplice. Que allí la recibió la abogada de Cajanal Nubia Rodríguez Blanco, quien además de no apelar la decisión procedió a proferir los actos administrativos con base en una ley y un decreto de 1966, cuando debió haberlo hecho con base en la legislación de 1985.

Y finalmente confesó  que el grupo de abogados estaba dirigido por Omar Cabrera Polanco.

Tocados los intocables

Aunque los Hermanos Cabrera Polanco y su socio Jeiner Guilombo, como ya se ha relatado, eran dueños de una colosal fortuna, siempre, como aconsejan los promotores de imagen, manejaron un bajo perfil. Quizás las únicas algarabías que se daban era durante las cabalgatas en Villa Yuri. Allí sí se despiporraban, como ellos mismos decían. Encaramados en sus finos caballos al mejor  estilo del mejor chalán y pavoneándose entre sus íntimos invitados, junto a políticos de alto coturno y otras gentes “de bien”, se satisfacían viendo como les reían mostrándoles toda la muelamenta, en fingidos gestos con los que en el fondo lo que querían era agraciarse para un futuro préstamo. O una “ayudita” para la campaña política.

En Neiva era vox populi que muy pocos, mejor dicho que eran contados con los dedos de una sola mano los políticos que no habían recibido esa “ayudita”. Y a sotto voce se entretejían todos los argumentos posibles para explicar la inesperada riqueza de un par de hermanos que en contados años saltaron del barrio Cándido Léguizamo (estrato tres) al Ipanema y La Floresta (estrato más que seis). De todas maneras el comentario general era que la fortuna de “Los Monos” tenía orígenes oscuros. Pero mientras tanto, el oro de los Cabrera Polanco era imán para atraer a buena parte de la elite de la ciudad. Solo cuando se descubrió que esa multimillonaria suma de dinero había salido de los bolsillos de todos los colombianos y que con artimañas fue saqueada de Cajanal para terminar en las cajas fuertes de estos personajes (hasta el extremo de obligar al gobierno a liquidar a la entidad) fue que aquellos “inmaculados” políticos y otra “gente de bien” sin esperar a que el gallo cantara por tercera vez, de una negaron cualquier relación con los estafadores. No contaban con que los prodigadores de favores monetarios eran muy organizados en asuntos contables. Durante los allanamientos, las autoridades no solo encontraron dineros y documentos apócrifos, sino un listado con los nombres de quienes habían recibido préstamos. Entonces fue cuando la salpicadura de la fechoría cubrió los honorables cuerpos de los congresistas Hernán Andrade y Rodrigo Lara.

El político

Esos años este político no era una figura de relumbre nacional. Sin un escudo familiar sobrado de apellidos propios del notablato criollo, había hecho su carrera como la mayoría de quienes en las ciudades intermedias deciden escoger esta actividad para justificar su existencia: Desde abajo. (Entre otras razones porque no tienen otra alternativa). Pero con una meta fija. En su tierra natal, Huila, fue concejal  diputado, representante y luego senador. Siempre, dicen quienes lo conocen, fue un “animal” para trabajar. “Parece que jamás se cansara, puede trabajar 20 horas seguidas y seguir fresco como una lechuga”, aseguran en el Congreso.

De buen humor, cordial, tranquilo, le cae bien a la gente. Es ciertamente una “pera en dulce”. Sus amigos son todos: jueces, ex presidentes, comerciantes, altos y bajos funcionarios, gentes del común y del no común. Sin embargo no tiene reparos en sentarse con cualquier “malo del paseo”. Por eso le pasó lo que le pasó. Aunque al final, precisamente por su simpatía, el problema judicial en que se halla no lo ha destruido.   Es sintomático de su personalidad bonachona el que muchos de quienes pertenecen a su círculo le pasen por alto la manía de estar a todo momento “intrigando” para colocar a  familiares suyos  en algún puesto oficial. “El se inventó la política para ubicar a la familia… y después a otros”, aseguran sus contradictores, que también los tiene. Inclusive, por su investidura, por el papel importante que tiene en su departamento y por las influencias de que dispone, se tragan entero el carácter “descachalandrado” con que los trata: usa sus celulares, les pide prestada plata, de menor cuantía, desde luego, y a veces, por estar andando mentalmente por los vericuetos de la política colombiana, no les pone atención a lo que le dicen. “Pero es un buen hombre”, aseguran. “Un político a la justa medida de lo que es el país”, afirma uno de sus colegas en el Congreso.

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El desespero del día

“Vea, señor, esto es el infierno desde que se descubrió lo del cartel de las tutelas y lo de esos políticos vinculados con los que robaron a Cajanal. Mire, señor, usted no me lo está preguntando, pero la mayoría de los días me la paso llorando, con una angustia que no se de donde me sale, a lo mejor es por creer que un día voy a terminar en una cárcel. Yo le cuento, pero le pido el favor de que no diga quién soy, usted sabe, hay muchas amenazas y si hablo con usted es para ver si se me calma algo de llanto. Mire cuando llegó el decreto de liquidación de Cajanal, también me llegó mi liquidación. Mi liquidación física y moral. Todos los días, a partir de esa fatal fecha, en todas las oficinas comenzamos a hablar a susurros, que a fulano lo botaron, que a zutano le tienen lista la carta; y uno con tantas deudas, qué le va a alcanzar las indemnizaciones., que de todas maneras son pocas para la media vida que uno le entregó a Cajanal.

“Lo que más de da rabia era que a uno lo señalen de corrupto. Claro que había corruptos, pero era una minoría.  Ese calificativo es para mi nada mas y nada menos que un retén social. Cuando llegaron los trabajadores misionales, los que debían remplazar a los liquidados, lo primero que les advirtieron era que no se metieran con nosotros, los pocos que quedamos en Cajanal. Uno de ellos, que por coincidencia resultó vecino mío, me contó que la orden era que si se juntaban con nosotros, le cancelaban el contrato. Imagínese eso, señor. Yo ya una abuela señalada con el dedo.

“Esto es grave, y escríbalo todo. Usted no sabe lo que es llegar a Cajanal y estar todo un día sin que le den carga laboral y que los de la administración estén todo el tiempo diciendo que ojo con los corruptos, que son también desquiciados y que de todas maneras no hacemos nada, cuando lo que pasa es que no nos dejan ni oler una hoja de la entidad porque ahí mismo saltan y aseguran que estamos tratando de seguir robando a Cajanal. Eso es lo que nos tiene a todos con un stress de locura.

“Usted no puede imaginarse lo que es uno llegar acá, y durar ocho horas seguidas solo interrumpidas por la del almuerzo sin hacer nada. O de repente que se le aparece uno de los de la misión y le quita la silla porque la necesita y uno se queda parado, humillado, con las lágrimas abultándole los ojos. Y eso pasa con todos. Acá la mayoría de los que quedamos estamos ya entrando a la tercera edad, pero eso no importa. Esto es como una película de espantos, de locos, que uno no sabe en qué momento sale de una puerta un criminal para clavarle el cuchillo.

“Perdóneme que se lo repita y es que usted no sabe lo que es para un profesional, porque aquí tenemos abogados especializados, economistas, ingenieros, sicólogas, que lo pongan a sacar listados, foliar papeles, reciclar papeles, cortar papeles en pedacitos  porque ese papel que maneja la entidad no puede ser visto por nadie. O, como me ha tocado a mi,  cargar de un sitio  a otro cajas que a lo mejor lo que tienen no sirve para nada, y entonces cuando uno se queja le dicen que lo que pasa es que esta es una entidad en proceso de liquidación y que el ministerio que quién sabe cuál será del que hablan ha dicho que la gente debe hacer procesos  de liquidación y que esos procesos son esos, foliar, reciclar papel.  A uno le dicen lo que debe hacer pero es como un misterio, porque ahora en esta oficina que sigue siendo oficial no se sabe quién es el que manda, quién es el que ordena humillaciones.

“Yo se que eso se llama stress laboral, y lo se porque algunos compañeros que han ido al médico, después de que le ponen toda clase de trabas para evitar que acudan a la cita, nos cuentan que los médicos les han dicho que sus problemas de salud los origina, entre otras causas,  la pérdida del estatus profesional al pasar a desempeñar trabajos como ese de levantar cajas. Vea, señor, esto es grave.

“Usted puede preguntarle a quien quiera, y entonces sabrá que muchos de nosotros sufren de problemas del corazón, de problemas siquiátricas, de depresión. Le digo la verdad pura, hace poco a dos compañeros les dio preinfarto y varios más padecen de vértigo, de mareos constantes que los tumban donde les de. Tengo la seguridad de que si se hiciera un estudio sobre problemas de salud  en Cajanal a partir de su liquidación y hasta ahora, los resultados serían de miedo por el alto porcentaje.

“Y además, y diga si esto no es lo más injusto, hay controles hasta para ir al baño. Esos controles son para todo movimiento que uno haga distinto a estar sentado en una silla sin hacer nada. Y al final, qué hizo usted de dos a cuatro de la tarde, por ejemplo. Esto es para enloquecer. Pero uno tiene que mantenerse firme hasta cuando el cuerpo no pueda aguantar mas. Muchos de nosotros no hemos jurado que no vamos a renunciar por nada de la vida, como lo hizo una compañera que por eso perdió muchas garantías salariales. Y lo hizo porque llegaba a su casa aburrida, de mal genio cuando no completamente en silencio. Claro, se le formó un grave problema matrimonial y tuvo que escoger entre renunciar a Cajanal o a su hogar. Hizo lo primero, como le dije.

“Claro que esta persecución infame tiene su motivo, y es que quieren que uno se aburra y se retire. Pero qué va, eso no lo van a conseguir. Así nos pongan con un pie en la tumba, como le pasó a los compañeros que les dio el infarto. O como a mi, que tengo permanentes dolores de cabeza y un insomnio que me saca de quicio. Lo que yo si he podido superar es el pavor.  Ese pavor, y pregunte usted si no me cree, que tiene a varias compañeras recluidas en sus casas, llorando todo el tiempo.

“Es que mire, señor, muy poca gente sabe lo que significa no ser funcionario de trabajo sino de liquidación. Entonces a uno le pueden quitar el puesto  en cualquier momento y entonce comienzan con la tortura de que le quitan el escritorio, le  quitan la silla porque usted no lo necesita, porque usted no hace nada. ¿No hace nada?

Y entonces que fueron esos muchos años que uno entregó al servicio de la sociedad!