27 de noviembre de 2021
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Vanidades, pedantarías y copialina

22 de febrero de 2012

gilberto montalvoSon dueños de una sincera simbiosis entre lo que piensan y escriben. No hacen alarde de vanidades y solo encuentran en un ritual de la inteligencia compartir sus propias vivencias y aceptar desde su óptica  consideraciones que pueden ser objeto de debate.

Son seres honestos con ellos y con los demás.

Generalmente tienen una cultura  cimentada en su tránsito vivencial y una inclinación ferviente por las lecturas como elemento de formación intima y solitaria.

No hacen alarde de erudición porque sus fundamentos les ha permitido ser respetuosos de sus ocasionales lectores.

Hay otra clase perniciosa de seudo intelectuales que se hacen pasar como comentadores públicos con el solo prurito de creerse de mejor familia intelectual.

Son aquellos que utilizan sus columnas de opinión para aparecer de manera grotesca como dueños de una cultura universal sin par.

Echan mano de rudimentos al alcance de todos con las nuevas tecnologías  y se creen los nuevos enciclopedistas. Descargan de manera infinita conceptos ajenos y son proclives a las citas. No hay mejor forma de medir a un buen escritor que encontrar en él su originalidad.

Las vedettes del nuevo cuño opinador se trenzan en discusiones bizantinas sobre quiénes o cuales son los mejores en la poesía, literatura,  música o pintura sin tener el más mínimo escrúpulo de entender que la subjetividad en estas disciplinas es lo que las ha hecho universales.

Atiborran una columna de 1.500 caracteres con citas de conocidos y extraños personajes para dar a entender la pedantería de sentirse cultos.

No hay mejor manera de calibrar a un seudo intelectual de estas características que leer sus farragosas vanidades de ilustrados.

Son mínimos sus aportes personales si acaso el titulo de la babosería y la firma.

Estos columnistas generan desconfianza. Son una suerte de oráculos decadentes para descrestar calentanos.

La originalidad en el escritor es un principio de rigor porque quienes se convierten en copialinas no pasan de ser los protagonistas del ridículo espectáculo de las vanidades entre un grupúsculo de privilegiados que posan de intelectuales.

Da grima ver como se desperdicia el papel, en muchos casos, con las riñas entre vanidosos que se pisan callos entre ellos y que no tienen mejor manera de ventilar en público sus precarias condiciones echando manos de pueriles rudimentos que no van más allá de hacerse notar con citas de prestigiosos a los cuales consideran como su bastón para poder expresar sus veleidades.

Sino existieran los grande pensadores las pobres columnas de algunos intelectualoides no podrían escribirse porque de su magín solo el intento.

La originalidad en el concepto genera en los escritores públicos respeto, los copiadores de citas aversión.