4 de diciembre de 2021
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«HORA CUCHO, LA DE LA LIBERTAD III

20 de febrero de 2012

oscar lizcanoEn varios correos electrónicos los lectores han indagado por el tema. La noche en la que me desprendí de las garras del secuestro, lo hice gracias a Isaza , mi carcelero.

Mientras atravesábamos la selva, él miraba su reloj constantemente.

Tenía establecidos dos tiempos: «hora cucho» o tiempo que yo me tomaba para llegar a un sitio; y «hora guerrilla», la que ellos se demoraban para cruzar el mismo trayecto.

Caminábamos en la noche y en el día nos ocultábamos.

El primer día me metí en un hueco y allí me quedé estático. Cualquier precio para evitar que nos descubrieran. Para entonces no me atormentaba la posibilidad de que la ayuda de Isaza fuera una trampa para fusilarme.

«¿Será que el comandante Morro se da cuenta de su deserción a las seis de la mañana, cuando usted no se comunique?», le pregunté.

Dijo que se había robado los repuestos de los radios. Así que el alto secretariado sólo se dio cuenta tres días después, cuando Caracol Radio dio el extra de mi fuga.

Isaza había borrado las huellas. Se subió como un gato montés a un árbol. Auscultaba con su ojo solitario como una salva en el camino.

Si fruncía el ceño, era por algo. Tenía la destreza de un mico. Luego se deslizó con habilidad y me cuchicheó al oído: «¡Póngase de pie para que vea!».

Había tres guerrilleros, pero la audacia de Isaza , que era un experto en borrar huellas, los despistó.

Retomamos la marcha y en medio de ella el miedo me envolvió; pensé en Martha, en mis hijos y me aventuré a decirle que si me salvaba le daría una casita a su mamá y un taxi para que él sobreviviera con independencia.

Dijo que no le prometiera nada, que yo ya había hecho mucho por su vieja.

No entendí a qué se refería. Luego, en el Batallón San Mateo de Pereira, me encontré con sus padres, a quienes antes de mi secuestro, les había gestionado con el Estado una casa.

Lo que sí pidió con ahínco fue que no lo abandonara. Temía que los soldados, o «chulos», como los llaman los guerrilleros, lo asesinaran.

Así que lo tranquilicé y le dije que seguramente recibiría una recompensa. «¡No, esas son mentiras del gobierno de Uribe», dijo.

Isaza se me acercó con cautela y dijo que no respirara tan duro porque podríamos estar cerca de Rafael, quien era uno de los hombres de confianza de Morro . Era un negro alto, corpulento.

¡Si nos cogen, nos matan!, pensé. Me pidió que entráramos a la selva antes de que nos viera un civil. Creí que todavía era cuestión de uno o dos días más de camino.

«Que Dios provea», pensé más desconcertado que nunca. De pronto miró el reloj: «ya son las seis y media de la mañana», dijo.