27 de noviembre de 2021
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Las limosnas para damnificados del terremoto de Armenia

8 de febrero de 2012
8 de febrero de 2012

Miguel Ángel Rojas Arias

La conmemoración de los 13 años del terremoto de Armenia me sorprendió en una clínica de la ciudad, sentado en una silla, con un horrible dolor de cabeza y sosteniendo una bolsa de destroza. No sé por qué, pero esperé con ansiedad a que fueran la 1:19 minutos, como quien espera a una novia, sentado en una banca de cualquier ciudad. En medio de mi padecimiento hice un paneo general de los hechos del terremoto, pero especialmente de aquellos de la reconstrucción.

 


Para entonces era secretario de Desarrollo Económico y Competitividad del municipio de Armenia, con tres meses de haber sido posesionado. Insistí hasta el cansancio, en los consejos de gobierno, en pensar, a mediano y largo plazo, en una reconstrucción económica. Fijé en el escritorio del entonces alcalde los primeros 27 proyectos e insinué que tan importante como una casa, era tener un empleo.

Era la oportunidad de repensar la ciudad como un lugar de polivalencias urbanas y económicas, donde confluyen los intereses particulares y públicos, el desarrollo urbano, la propiedad del suelo, las plataformas colectivas, en el consumo de bienes y servicios, pero muy especialmente en la producción y comercialización de estos bienes. Era refundar la ciudad con el apoyo de la tradicional economía cafetera, pero mirando más allá, en las posibilidades de la industria, la agroindustria y un portentoso sistema de servicios, entre ellos el turístico, como generadores de empleo.

Pero no fue posible. Nos quedamos con las ‘casitas’, construidas con tacañería y discriminación, hechas con la visión miserable de quien da una limosna con pesar. Y entonces, perdimos la gran oportunidad de salir de la física olla económica y social, que ahora es mucho más grande.

Los primeros decretos sólo ofrecían vivienda a quienes la había perdido, es decir, a antiguos propietarios. El 90% de los ocupantes de los llamados cambuchos eran arrendatarios y quedaban excluidos de esos decretos. Entonces empezó un proceso, sin precedentes, de movilización social pacífica, para que fueran incluidos en los subsidios de vivienda. La gente se organizó para pedir, para luchar, para reclamar, para exigir.

Como resultado de esa presión, del paro y de las marchas, se realizó el censo de damnificados, donde quedaron incluidos todos aquellos que carecían de vivienda y que estaban afectados por el fenómeno natural, a quienes se les otorgaron los subsidios y para quienes se levantaron las viviendas. Pero ahí terminó el movimiento social. Todo ese esfuerzo y esa dinámica de participación comunitarias se fue dispersando.

La unidad, la solidaridad, la participación y el sentido comunitario se perdieron. ¿Por qué desapareció el movimiento, la solidaridad de cuerpo y de clase social? Hay dos explicaciones. La participación ciudadana fue hechiza, prefabricada por las ONG, no nació del interior de las comunidades, sino que fue inducida con los talleres de la fracasada ‘reconstrucción del tejido social’, que puso en los bolsillos de las ONG más de $60.000 millones.

No se sembró conciencia ni educación ni cultura política y ciudadana. Y, segundo: la politiquería compró líderes y conciencias, claro, porque prevalecía la pobreza, porque no había empleo, porque no se atendió la reconstrucción económica. La historia se repite. Miles de damnificados del invierno, reciben hoy unos pesos, que se gastarán rápido, y seguirán en la miseria, sin lo más importante para un hombre: un trabajo. La Crónica.