30 de noviembre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Mi golpe de suerte (I)

29 de enero de 2012

lizcanoHe venido publicando en esta columna una serie de crónicas, algunas de ellas de mi libro Años en silencio , editado por Editorial Planeta. El tiempo es metafísicamente irreversible, como señala Ignacio Larrañaga en su libro Del sufrimiento a la paz . Por lo tanto, contando los sucesos de mi secuestro, no pretendo derramar amarguras como un volcán. No, lo que pretendo es que el lector desprevenido comprenda la dureza de estar privado de la libertad, como lo están los policías y soldados que llevan más de 10 años en las selvas.

Ojalá ellos tuvieran un golpe de suerte como el mío. Mi "golpe de suerte", paradójicamente, se llama Isaza, a quien no soportaba por el despotismo con el que me trataba. Su antipatía crónica, sus amenazas constantes y su falta de humanidad palpitaban a cada segundo en su corazón duro como una piedra. Luego supe que su comportamiento férreo era para no generar desconfianza.

Me vi sometido a jugar ajedrez con mi verdugo. Un día vino hasta mi caleta y me invitó a jugar. Estaba molesto con él porque no había permitido que fuera a un caño a lavar mis pantaloncillos. Así que le dije que no podía jugar. De repente una luz mágica me iluminó y cambié de decisión. En ese juego Isaza, con extrema cautela, me propuso que nos fugáramos.

Me pidió que jugara como si nada pasara. "Usted está muy enfermo. ¡Usted se va a morir acá! Yo lo voy a sacar ahora. ¡Es hoy o nunca!", dijo. Sentí algo espiritual, como si una fuerza divina llegara a mi cuerpo. Pensé que así fuera una trampa, mi situación se tenía que definir: ¿Vida o muerte? Ese juego de ajedrez fue la mayor partida de mi vida: el regreso a la libertad.

Días antes, cuando sentí el peso aplastante de la soledad, había pensado que si cien millones de mexicanos creen en la Virgen de Guadalupe, lo más seguro es que es muy milagrosa". Encomendé mi libertad a ella. Mi salud quedó en manos de Juan Pablo II. A la abnegada madre Teresa de Calcuta le rogué para que me hiciera un salvavidas para pasar por los torrentosos ríos de la selva chocoana, pues había visto morir a cuatro guerrilleros, arrastrados por las aguas. El coordinador de ese combo fue el milagroso de Buga.

No fue fácil, porque todo acto en la vida siempre se paga con un precio muy alto. El combo milagroso fijó la cuota de mi libertad: tres días de huida. Al igual que el Ulises del ciego Homero, ahora los dioses me ofrecían con generosidad su mano protectora, la mano de un guerrillero que siempre me humilló y al que tendría que enseñarle en la senda de la vida el camino del perdón.

Ese es el camino que debemos conocer los colombianos para que nuestro país nunca más vuelva a sufrir los estragos de un paraíso en guerra. Una guerra que ni el Estado ni la guerrilla van a ganar jamás. Isaza se valió ese día de un pequeño ajedrez para comunicarme el milagro. Llegó hasta mi caleta, me despertó y me dijo muy bajito al oído: "¡Nos vamos!".