28 de julio de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Un banquero con corazón

24 de diciembre de 2011
24 de diciembre de 2011

Esto, por desgracia, resulta cierto en la generalidad de los casos. En efecto, la atmósfera febril que se vive en la banca convierte a sus directivos en personas a veces insensibles a las dolencias ajenas, al moverse bajo la rigidez de las cifras y las exigencias implacables del capital como mecanismo hecho para producir utilidades. Lo cual no se opone a que los institutos financieros se manejen con sentido humano hacia sus empleados y sus clientes, los mayores productores de los  rendimientos económicos. 

El presidente de Bancolombia, consciente de esta triste realidad, dice que “a los bancos les ha faltado autocrítica y que lo importante no es solo ganar”. Por lo pronto, él ha puesto en práctica una política más flexible y amable con sus colaboradores. Y con la clientela, al racionalizar las comisiones y demás costos financieros. Ojalá que su ejemplo tenga eco en todo el sistema.

Las cargas onerosas que existen hoy por el uso de los cajeros automáticos y la utilización de servicios elementales han creado un manifiesto ambiente de malestar público hacia la banca, al tiempo que esta no se ha preocupado por suavizar el grave impacto que por dicha causa deteriora las relaciones entre las dos partes. Se espera, por supuesto, que las puntadas que ha dado el doctor Yepes favorezcan un cambio radical de estos métodos lesivos para el público, e incluso para los bancos, quienes en lugar de atraer clientes los alejan de sus arcas. La “ley del colchón” es la respuesta contundente, a la vez que perjudicial para la economía nacional, que miles de colombianos han adoptado frente a los abusos crecientes del sistema financiero.

Esta columna ha denunciado la alarmante ola de inseguridad que se vive en Colombia por los fraudes bancarios. Lo peor está en que en la mayoría de los casos, como los usuarios lo describen con dolorosas experiencias, son ellos mismos los sacrificados.

Hoy lamento tener que traer a colación otro suceso similar a los narrados en las columnas anteriores, esta vez ocurrido en la ciudad de Armenia, según consta en la demanda  entablada por Luis Alberto Restrepo Gómez, apoderado de una señora que manejaba una tarjeta de crédito de Conavi (y luego de Bancolombia cuando las dos entidades se fusionaron). El abogado demanda el fraude que por varios millones de pesos fue víctima su defendida en el año 2007.  

El dinero le fue sustraído por idénticos sistemas a los que varias personas comentan a través de mi columna del 24 de noviembre, titulada “El flagelo cibernético”. En el presente caso, y a raíz de la estafa que por caminos tortuosos se cometió en otra ciudad diferente a Armenia, a la titular de la cuenta se le ha involucrado en un asunto penal. Una verdadera calamidad la suya.

Su nombre fue reportado a Datacrédito como cliente morosa  por no pagar las sumas sustraídas mediante los sistemas de alta técnica que emplean los defraudadores, y que algunos bancos suelen imputar a sus clientes indefensos. A raíz de tales hechos, la citada señora se vio precisada a cerrar su negocio en Circasia, entró en estado de depresión y perdió la tranquilidad.

Eso es lo que dice el abogado en su demanda, que ya lleva varios años en curso, y cuyo éxito es incierto por las mismas circunstancias que han tenido que afrontar otros colombianos víctimas de estas maniobras para ellos indescifrables. Es muy posible (así lo creo) que el banquero humanista no conozca este episodio, que por supuesto se escapa a su control directo.

Bogotá, 16-XII-2011.