25 de septiembre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Vino de España a ver a su familia, y los encontró a todos muertos

9 de noviembre de 2011
9 de noviembre de 2011

Cuando logró realizar este sueño, después de muchas jornadas de trabajo, decidió regresar para compartir su vida con los suyos. En su mente tenía, fija, la imagen de su hijo de siete años, que no veía desde hacía tres.

La familia esperaba, ansiosa, su llegada. Estaba prevista para el pasado domingo. Le tenían organizada la bienvenida. El hijo, feliz, le decía a todos los vecinos: “Mi mamita llega esta semana”. Los padres, por su parte, preparaban todo para el regreso. Le tenían organizada la mejor pieza de la casa, la misma que ella, con sus giros, había comprado hacía pocos años. La felicidad era completa. Tanto que el esposo compró un nuevo juego de alcoba. Su deseo era hacerle sentir la felicidad que los embargaba por su regreso. La mamá, mientras tanto, acordaba con el resto de la familia qué plato le prepararían para ese día. Todo marchaba sin contratiempos. La alegría por el pronto regreso embargaba a todos.

Cuando María Andrea abordó el avión en Madrid para volar a Colombia ya sabía que en su ciudad, Manizales, había ocurrido una tragedia. También sabía que el lugar afectado era el barrio donde ella, con esfuerzo, compró una vivienda para su familia. Pero todavía no tenía conocimiento de quiénes habían perecido en la tragedia. Sólo sabía que el deslizamiento de tierra había ocurrido por el mismo sector donde había comprado la casa. En el avión trató de obtener información. Pero nadie le dio noticias. Solamente cuando seis horas después aterrizó en Bogotá se enteró de la magnitud de la tragedia. Ocurrió cuando, en el Aeropuerto El Dorado, vio el informe de un noticiero de televisión sobre Manizales.

María Andrea buscó, preocupada, el avión que la traería a su ciudad. Lo abordó en el Puente Aéreo. Un pensamiento asaltó, en ese instante, su mente: ¿Le pasaría algo a mi familia? Sin embargo, no tenía forma de confirmarlo.  Aunque antes de montarse en el avión intentó comunicarse por celular, no lo logró. La angustia, entonces, creció en su alma. Por las noticias que había leído en el periódico mientras esperaba que la llamaran a abordar el vuelo, comprendió que su casa estaba en la zona del desastre. Pero todavía no tenía confirmado si había sido afectada por el derrumbe. Deseó que el vuelo llegara rápido a Manizales. Cuando la nave sobrevolaba la ciudad miró por la ventanilla. Vio entonces, desde lejos, una mancha negra sobre lo que antes habían sido casas y calles.

En el terminal aéreo nadie la esperaba. Le pareció extraño. Sobre todo porque sabía que la irían a recibir. Fue en ese instante cuando pensó lo peor. “¿Le pasaría algo a mi familia?”, se preguntó. Y la respuesta la obtuvo del conductor de taxi que la transportó hasta el barrio Cervantes: “Se fueron 16 casas”, le dijo el hombre. Y agregó: “Dicen que son muchos los muertos”. En ese instante sintió que el aire le faltaba, que las fuerzas la abandonaban, que un dolor agudo punzaba su corazón. Sacó de su bolso un pañuelo y se lo llevó a los ojos. “¡Dios mío! que nada les haya pasado”, alcanzó a balbucir. Cuando descendió del taxi comprendió la magnitud del desastre. El lodo llenaba las calles, la gente corría de un lado a otro, las máquinas removían la tierra, muchas voces pedían auxilio.

María Andrea caminó por el lodo sin importarle que sus zapatos quedaran embarrados. Lo único que quería era saber qué le había pasado a su familia. Avanzó por la pequeña cuesta que asciende desde la carrera 36. Entonces vio, sobre lo que antes fue su casa, una montaña de tierra. Quiso llorar, pero se contuvo. Avanzó unos metros más. Un voluntario de la Defensa Civil le extendió la mano para ayudarla. “Quiero saber qué pasó con mi familia”, le dijo. El hombre, comprendiendo su angustia, contestó: “Apenas hemos rescatado 14 cadáveres”. Fue en ese instante cuando una vecina, al reconocerla, le dijo: “¡Ay!  mijita; parece que todos murieron”.  Al escucharla, María Andrea lanzó un grito de dolor que retumbó en toda la cuadra.

Lo que vino después lo recuerda con tristeza. Caminó sobre el lodo hasta el punto dónde quedaba su casa, miró la tierra que tapaba los materiales, observó los pocos enseres que las autoridades iban rescatando y, luego, sollozando, preguntó a un policía si los cuerpos de sus familiares ya habían sido rescatados. “La lista la tienen allá abajo, los de la Defensa Civil”, le contestó el uniformado. Entonces, evitando caerse sobre el lodo, descendió los cincuenta metros que la separaban de la caseta donde los organismos de socorro atendían a los familiares de las víctimas. Se fijó en la lista, pero no vio sus nombres. Una extraña sensación de que todavía podían estar con vida debajo de la montaña de tierra la invadió. “Luchen por sacarlos”, le suplicó a un socorrista que en ese momento informaba sobre el rescate de una persona con vida.

María Andrea Serna se quedó toda la tarde en el sitio de la tragedia, esperando noticias sobre sus seres queridos. Cuando al filo de la noche unos bomberos dijeron que habían rescatado seis víctimas, corrió presurosa a identificarlos. Fue cuando vio, cubierto de lodo, el cuerpo de su padre. Luego miró el otro cuerpo que yacía sobre una camilla. Reconoció a su madre por los ojos vivaces que estaban abiertos todavía, con una extraña expresión de asombro. Le mostraron otra víctima. Era su esposo. Le puso la mano derecha sobre la cabeza, le limpió el barro que cubría su rostro, le acomodó las manos sobre el pecho,  y en una demostración de ternura que conmovió a los socorristas le dio un beso en la mejilla, despidiéndolo.  “Adiós, mi amor. No pudimos reunirnos de nuevo”, dijo con una voz donde se confundían la tristeza y el dolor.

(El personaje de esta crónica perdió 11 familiares en la tragedia)