6 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Reflexiones sobre el talante

9 de noviembre de 2011

Nos oponemos a la altisonancia soberbia y el engreimiento vanidoso. Los  conservadores somos  seres pensantes, de palabras mesuradas, de posiciones ecuánimes, controlados por el equilibrio. Brilla en nosotros una armonía tranquila. Rechazamos las acrobacias, los saltos al vacío, las loterías riesgosas. Estamos casados con la intemporalidad.

Los liberales son exhibicionistas y ocurrentes. Vistosos en el atuendo. Saben seleccionar las florituras, las combinaciones impactantes, el matiz escandaloso, los contrastes alborotados, los términos hinchados. No conversan. Son impositivos. Emplean un lenguaje festivo, a veces tempestuoso, recargando el énfasis  para obtener efectismos contundcntes.

Mientras los conservadores somos lentos para caminar, los liberales se tragan las distancias a zancazos, ansiosos para llegar  a las metas de primeros. Los conservadores preferimos el gris velado, el tono suave. Los liberales son estrambóticos en la utilización de policromías excitantes.   Les agrada las comandancias conseguidas en asaltos peligrosos. Mientras los conservadores le hacemos venias a Morfeo, los liberales, disipados y alegres, comparten parrandas y amaneceres nostálgicos con Baco.

Los  liberales son ruidosos y descomplicados, un  poco tahures con la vida. En cambio los  conservadores nos caracterizamos por ser  ascéticos, amantes de la profundidad. Los liberales son epidérmicos. Los  conservadores tenemos mirada celeste. Los liberales  hunden sus ojos en los entresijos de la tierra. Pareciera que el cielo hubiera sido destinado para aposentar conservadores y el averno para los liberales.

¡Quién creyera! Ideológicamente tenemos la misma dimensión. Si en muchos decenios anteriores los liberales eran federalistas cohabitando con inmanejables desórdenes regionales, hoy, ellos y nosotros, practicamos el centralismo con un ejecutivo imperial que maneja el orden público con severo diseño autoritario. Si eran anticlericales y descreídos en materia religiosa, ahora somos afines en misticismos serenos y en convicciones   que nos trasladan  a la eternidad. Ver para creer. Los liberales nos estrujan en las iglesias como si Dios les  perteneciera con exclusividad. Compartimos con ellos las prédicas sobre la equidad social, y desde el poder, las dos colectividades emulan para ser creadoras de soluciones contra la pobreza y la desigualdad. La caridad no es una bandera demagógica sino un mensaje cristiano convertido en obligante deber para el Estado. Somos fanáticos de la justicia y con ella arropamos todas nuestras conductas. Por eso ejercemos una severa censura contra el crimen y la inmoralidad.

Entendemos el gobierno como el probo ejercicio de la autoridad, en el entendido que somos unos pasajeros administradores de  bienes que a todos pertenecen.  De esos principios  surge nuestra guerra sin cuartel contra la corrupción.  Esa comunidad de valores ha ido desmoronando los inventarios de los partidos para priorizar programas  con hombres capaces de conducir el Estado. Siendo gemelos en principios, concentramos el trabajo electoral en metas concretas realizables, todas en beneficio de las demandas comunitarias.

Los nuevos mensajes abrieron las puertas para las más impensables  coaliciones. Izquierda y derecha, autoritarismo y democracia, subversión y legitimidad, expresidiarios y líderes de irreprochables conductas, en químicas sorprendentes, hicieron alianzas casi todas victoriosas. Nada de ideologías. El pragmatismo arrasa, y priman  las matemáticas sobre los discursos fundamentalistas.

En el pais imperan nuevos talantes. Ya no es el molde incontaminado como lo entendía Gómez Hurtado, sino las aleaciones de contrarios, la sumatoria de visiones distintas en  busca de una gobernabilidad posible. Gusta el talante de Juan Manuel Santos, amable, cercano al ciudadano, dinámico, exportador de buenas maneras. Lo marca una benévola sonrisa. No el talante de Uribe Vélez, autócrata polarizante, agrio y polémico, disparado en desafectos contra sus adversarios. El medallón de Uribe está signado por  un rostro devastado, con mirada de hiena y una boca eructando denuestos viperinos.

Las recientes elecciones delataron –inequívocamente- las preferencias de los colombianos.