23 de octubre de 2021
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¿POR QUÉ TANTO MIEDO A LA IZQUIERDA?

17 de noviembre de 2011

Aquí en Colombia el beato Gilberto Vieira personificó ese credo nefasto, y pese a su estampa de momia inofensiva, era considerado como el foco disimulado de los peores desórdenes sociales. Los comunistas debían actuar a  escondidas, moviéndose por los extramuros, perseguidos como generadores de escombros. Calificar de “comunista” a una persona era señalarla como criminal, capaz de cometer cualquier delito en nombre de una revolución que se alimentaba  de principios fofos, prometedores de paraísos artificiales. El legislador Macarthy, en los Estados Unidos, se convirtió en el símbolo mundial de una cruzada  ascética para limpiar la tierra de quienes eran los apóstoles  de esa doctrina, considerada como un terrorífico infortunio que debía soportar la humanidad. Se montaron sacristías para los exorcismos purificadores, se encerraron en cárceles con cerrojos indestructibles  a quienes los moralistas  predicadores de una moral hipócrita indiciaban como promulgadores  de la ideología  infernal. Cuenta Pablo Neruda en su libro “Confieso que he vivido” cómo, a pesar de haber sido elegido senador en Chile, su país,  y ser el   vocero en el congreso  de los comunistas, esta exaltación democrática se transformó en la peor desgracia de su vida. Debió esconderse de los esbirros del régimen, camuflarse, cambiar de nombre, huir  de incógnito a horcajadas de un paciente animal por los espinazos de hielo de su patria, dormir en cambuches miserables, y después, por el mundo entero, sufrir la persecución del gobierno  austral que lo señalaba como un terrorista  merecedor del exterminio.

Aquí en Colombia se cultiva, intensamente, el pánico contra quienes, además de sus ideas de izquierda, heredadas de un fósil comunismo, han cometido horrorosos desmanes. Todos cargamos un fusil mental para descargarlo contra esos bandoleros que han desangrado  a Colombia. Sin embargo, muy a nuestro pesar, hay que hacer la siguiente reflexión: `para llegar a la paz por el camino de un inevitable  acuerdo político, hay que vencer, primero, la resistencia social a cualquier entendimiento con quienes han hecho del crimen una profesión. Esta es una pared pétrea, por ahora no escalable, que proteje a una nación  aterida por los desvíos criminales de la subversión.

Paradójicamente, hay que decirlo con valor civil, para restañar tantas heridas se requiere  más del olvido que del paredón. El país ya hizo un ensayo bondadoso con la Ley de verdad, Justicia, reparación y perdón  que facilitó la desmovilización masiva  de los paramilitares. Igual conducta debe asumir el Estado, en su momento, con una guerrilla no vencida que en más de 50 años solo ha dejado desolación.

Hay elocuentes antecedentes que le dan piso a esa generosa proyección. Antonio Navarro Wolf, ya desmovilizado, fue un excelente Ministro de Salud  y dos veces ejemplar mandatario de Nariño. Everth Bustamante, salió arrepentido de la selva para convertirse  en el alcalde de Zipaquirá, después en Director Nacional del Deporte.  Acaba de competir, por el camino de las urnas, la gobernación de Cundinamarca.  Gustavo Petro es un cóndor imperial de la política nacional. Elocuente parlamentario, promotor de arriesgados debates a favor de  la moralidad pública, enfrentado a la abismal corrupción de Bogotá, predicador  de la doctrina cristiana sobre el amor,  indudablemente matriculado en una derecha  fervorosa, ha sido elegido alcalde la capital del país. Estos ejemplos  no ocurren solo en Colombia.  Qué tal Mauricio Funes  Presidente de Salvador, José Mujica de Uruguay  y Dilma Rousseff de Brasil,  estadistas con merecido y conquistado resplandor,  que cambiaron el terrorismo y la barbarie por las victoriosas competencias democráticas.
¿Por qué, entonces, tanto miedo para pactar una paz política con la guerrilla?