31 de julio de 2021
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El TLC: ganadores y perdedores

9 de noviembre de 2011
9 de noviembre de 2011

Un largo viacrucis

Mucho batalló el  presidente Uribe para lograr el TLC con Estados Unidos. En abril de 2003 se presentó la solicitud al gobierno de George W. Bush,  en febrero de 2006 terminaron las negociaciones y en el mes de noviembre los dos presidentes suscribieron el acuerdo en Washington. Después empezó el verdadero viacrucis: en junio de 2007 las presiones de los congresistas demócratas obligaron a Colombia a aceptar compromisos laborales, ambientales y en Derechos Humanos; después llegaron nuevos obstáculos, hasta que en abril de 2008 la presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, decidió meterlo en el congelador.

Álvaro Uribe tenía “el Cristo de espaldas” por la crisis política que se vivía en nuestro país, debido a los asesinatos o falsos positivos, a las chuzadas ilegales del DAS y por el vacío de poder que producía el referendo reeleccionista. La prensa norteamericana recogía este ambiente político y sacaba editoriales para que Uribe no insistiera en una segunda reelección.

Los republicanos eran los más interesados en la aprobación del TLC, pero la llegada de Obama a la Casa Blanca contribuyó a congelarlo. Sin embargo se presentó una nueva coyuntura por la crisis económica de Estados Unidos; por esta razón el gobierno de Washington aceleró la aprobación de los tratados comerciales con Panamá, Corea del Sur y Colombia. Obama quiere mover la economía y recuperar espacio político para las elecciones de 2012.

¿Quiénes ganan con el TLC?

Se calcula que los tratados comerciales con Panamá, Corea del Sur y Colombia, le producen a Estados Unidos un aumento en las exportaciones por 13 mil millones de dólares y ayudarán a generar unos 250.000 empleos. En el sector agropecuario tiene enormes ventajas frente a nuestro país, por varias razones: los subsidios del Estado reducen los costos de producción; los concentrados baratos estimulan la producción avícola y el clima, más la tecnología, favorecen la productividad. Se benefician las grandes transnacionales. Cuando se terminó de negociar el TLC, en 2006, la  tasa de cambio promedio era de $2.358 y este año está en $1.885, lo que desestimula las exportaciones.

Si se analizan los principales puntos del acuerdo es fácil deducir quien gana y quien pierde: Elimina inmediatamente los aranceles al 80% de las exportaciones estadounidenses de bienes industriales; excluye los aranceles del 70% de los productos agrícolas de Estados Unidos y se amplía el acceso de este país al mercado de servicios de Colombia; aumenta la protección de derecho intelectual para una amplia gama de productos y se abre el mercado norteamericano para los nuestros.

Las cuentas son muy claras para nuestro poderoso socio: en el año 2008 el 96 por ciento del maíz que importaba Colombia venía de Estados Unidos, mientras que el año pasado la importación se había reducido al 20 por ciento. Una situación parecida sucedió con el trigo y la cebada. Como consecuencia se viene generando la pérdida de empleos en regiones dominadas por los republicanos, quienes fueron los más interesados en acelerar la aprobación del TLC.

Algunos sectores de la industria nacional que producen manufacturas serán afectados por artículos que son controlados desde Estados Unidos, pero fabricados en China con menores costos. Otro aspecto que no se puede desconocer, es que en el corto plazo habrá un boom de consumo de productos estadounidenses que llegarán con precios mucho más bajos como los electrodomésticos y los automóviles.

Incertidumbre y susto

Desde cuando se empezó a hablar del TLC con Estados Unidos nos pintaron pajaritos de oro sobre sus bondades, sin embargo, apenas se aprobó hubo diferentes reacciones: el presidente Santos, los negociadores y el gran capital, no ocultaron su enorme alegría; agricultores y ganaderos (con algunas excepciones) entraron en pánico y varios funcionarios del gobierno se asustaron.
El ministro de Agricultura, Juan Camilo Retrepo, no ocultó sus temores y expresó toda su preocupación con un contundente “No estamos preparados”. Hacía referencia a los productores de arroz y a la industria de derivados de la leche, que no pueden competir con la producción subsidiada de Estados Unidos. Hoy nos preguntamos ¿qué pasará con más de 400 mil productores de leche, entre pequeños y grandes, que serán borrados cuando entre en vigor el TLC?

En 2006, tan pronto terminaron las negociaciones, se puso de moda la llamada “agenda Interna”, para afrontar los retos del tratado. En esta dinámica entró el programa Agro Ingreso Seguro, que compensaba a los grandes hacendados por los posibles efectos nocivos que traería el TLC. Se pensaba que la competencia desleal los iba a damnificar y, para que se prepararan, se aprobó una ley que venía acompañada de un billón de pesos al año; pero empezó la feria conocida como “subsidios para ricos”, que ganaron los amigos del Gobierno.

Cuando el TLC entró en el congelador, bloqueado en el Congreso de Estados Unidos, la llamada “agenda interna” durmió el sueño de los justos, y el país no se preparó para las exigencias del tratado. Enfrentamos serios problemas: la concentración de la tierra, las prebendas de los latifundistas, el exagerado poder de los empresarios de la minería y la alianza de los señores de la tierra con políticos y mafiosos. El Gobierno olvidó que la pequeña y mediana agricultura produce el 70% de los alimentos, y que la violencia sigue expulsando campesinos.

A todo lo anterior se le suma el atraso de la infraestructura. Los puertos se quedaron en el pasado y las carreteras son un desastre; los ferrocarriles fueron desmontados y los ríos, antes navegables, los abandonamos desde el siglo pasado. Se calcula que el TLC entrará en vigencia dentro de un año, mientras tanto, nos cogió la noche para enfrentarlo: asestará un duro golpe a la industria nacional y al sector agropecuario. Mientras tanto siguen en crisis las economías de las grandes potencias.