19 de octubre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

EL LIBRETO

28 de noviembre de 2011

El libreto arranca en el embarazo de la madre. A esa criatura que no ha abierto la boca, de un modo amoroso se le empieza a diseñar su futuro. Deseos, sueños, ilusiones, todo son cosas buenas para ella, pero la dosis de programación es demasiado absorbente. Los padres fabrican la novela, y empiezan a escribir el libreto. Los problemas surgen más adelante cuando los hijos, ya conscientes, descubren que detrás de su modo de vida hay una falsilla sobre la que tienen forzosamente que escribir su vida: condición social, estilo de vida, medios económicos, relaciones previstas. En realidad no es su vida, es la vida diseñada por los padres. Hay quienes no lo descubren nunca. Otros lo descubren tarde. Y otros más que, cuando lo descubren, se resisten a creer que sea cierto y prefieren seguir así, o realmente no son capaces de vivir su vida porque no saben cómo es eso.

Hay padres y madres sobreprotectoras que no les enseñan a los hijos a vivir su propia vida sino que les imponen su visión, el modo como ellos quieren que sean felices. En lugar de enseñarles a pescar les dan el pescado todos los días; en lugar de enseñarles a navegar los mantienen dentro de su barco y les dicen a cada momento los pasos que deben dar. Incluso ni la independencia física de los hijos, el hecho de que ya no vivan en casa, los convence de su tremenda equivocación, y siguen queriendo gobernar sus vidas. Para ellos son siempre el niño o la niña que hay que proteger y a la que evitar que se aparte del camino de los padres, quienes terminan creyendo que su novela está siendo realidad cuando de verdad son solo prisioneros de un libreto.

Hay padres, por ejemplo, que tuvieron fracasos económicos en su vida y no quieren que los hijos pasen por lo mismo y se dedican a criarlos en la abundancia de medios materiales para que los hijos no sufran ninguna carencia. Se preocupan más de educarlos para el gasto que para el ahorro. A veces su obsesión es que tengan lo que ellos no tuvieron, perdiendo así la oportunidad de enseñarles el valor de la austeridad y el desprendimiento, al tiempo que se les afirman los valores espirituales. Cosechan hijos caprichosos, apegados a las cosas, que no saben vivir con menos de lo que tienen, que no piensan en otra cosa que en escalar posiciones económicas y sociales, a ejemplo de sus padres. “Mi problema”, me decía una joven llorando, “es que mis padres me lo han dado todo y yo no sé buscar nada por mí misma”.

Lo hijos terminan pareciendose a los padres no en lo bueno, sino en que no se apartan del libreto. Marai lo describe así es una de sus obras: “reina en torno a ellos un orden social absolutamente estricto; incluso su diversión, sus inclinaciones y sus vidas amorosas se desarrollan según un orden. Saben por adelantado a qué hora deben vestirse, desayunar, trabajar, amar, divertirse y dedicarse a la cultura. Están rodeados de un orden maníaco. Y en ese orden descomunal, poco a poco se va congelando la vida a su alrededor… Todo se vuelve importante, se concentran en cada detalle, pero pierden de vista el conjunto, la vida misma”.

Con el paso de los años surgen hijos inseguros y temerosos, a pesar de que antes les rodeaba la seguridad. Además, huyen del dolor y del sacrificio. Porque la vida pasa tarde o temprano la cuenta y hay que pagarla inexorablemente, hay que rendirse cuentas a sí mismo y también a los otros; hay que dejar a un lado el libreto de los padres para escribir el propio. Hijos que se dan cuenta que no tienen un proyecto de vida, y cuando forzosamente deben asumir la independencia, no están preparados para ella. Acostumbrados a andar entre el túnel construido por sus padres para preservarlos, no son capaces de afrontar la incertidumbre y el riesgo propios de una vida humana auténtica, fuera del túnel, al aire libre y con libreto propio, es decir, con libertad.