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El final de una intransigencia

17 de noviembre de 2011
17 de noviembre de 2011

Por: Gustavo Páez Escobar
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gustavo paezGuillermo León Sáenz Vargas, o Alfonso Cano en su nombre guerrillero, fue un hombre inadaptado para la sociedad. Desde muy joven daba muestras del grado de insatisfacción que no le permitiría acomodarse en parte alguna, bien en la vida civil o bien en la guerrillera. Se forjaba un mundo demasiado idealista, y por eso mismo, imposible de alcanzar.

Nació en julio de 1948 dentro de una familia de clase media alta, en el quinto lugar de siete hermanos con ideas izquierdistas Sus padres, que eran académicos, fomentaban ardientes discusiones políticas que incentivaban la vocación de ideólogo del futuro miembro de la insubordinación colombiana. El país vivía por aquellos días el clima turbulento derivado del 9 de abril, y no era difícil que los nacidos bajo dicho signo abrigaran, bajo la bandera de Gaitán, propósitos revolucionarios.

 A los veinte años de edad (1968), Cano cursaba estudios de antropología en la Universidad Nacional. Esa carrera estaba hecha a su medida. Sin duda, ella le encendió el alma hacia las causas del hombre. Su primer paso fue matricularse en el movimiento de la Juventud Comunista (Juco). Se casó a mediados de los años 70 y más tarde no tuvo inconveniente en renunciar a su esposa y a su hijo para irse al monte. Su familia no supo de él durante algún tiempo, y con el paso de los días se enteró de que como huésped de la clandestinidad se había vuelto guerrillero.

No solo había renunciado al bienestar familiar sino a su nombre civil. Era la manera auténtica de rebelarse contra todo lo establecido para fijarse su propio derrotero con un fusil en la mano e ideas extremistas en la mente. Su misión era la de cambiar el mundo. Con esa idea obsesiva moriría 33 años después de su ingreso al monte, y el mundo, tal como él lo concebía, no había cambiado. Su lucha había sido inútil.

Dejó un rastro de violencia por cualquier sitio donde pasaba. Fueron 33 años en que no se dio tregua para matar, secuestrar, torturar. Sus ideas sociales, cuando como estudiante de antropología se proponía redimir al hombre, las trocó por el apetito insaciable por el narcotráfico y la extorsión. Se inventó la ley 002 para asaltar el bolsillo de los ricos. El dinero burgués contra el que enfocaba sus actos en la guerrilla se volvió la pasión que le envenenó el alma.

Él mismo era un esclavo del dinero. Pero ni siquiera podía gastarlo, porque la selva era una jaula de esclavitud, de privaciones, de angustia y desesperación.  De negación de todo. Cuando las Fuerzas Especiales le dieron de baja, llevaba consigo 194 millones de pesos, fuera de otra suma en dólares y en euros, que permanecían intactos desde que en agosto del 2010 huyó del cañón de Las Hermosas. Apenas disponía, para alimentarse, de mínimas porciones de arroz y algunos cereales. Estaba flaco y enfermo. Y hasta había tenido que despojarse de su barba emblemática, que le transmitía carácter y poder, para que no lo reconocieran. Sin ella, se sintió infeliz. Qué vida miserable y desperdiciada para fines productivos. 

Fue una personalidad caótica, arrogante, radical en sus decisiones. Quienes lo trataron de cerca lo califican de ortodoxo, terco, inflexible y dogmático. No era amigo del diálogo. La intransigencia fue quizá su signo más notorio. Alguien lo señala como un solitario político frustrado. Lástima que esa inteligencia y esa preparación intelectual (amante de la literatura, la historia y otras disciplinas) se hubieran torcido hacia la perversidad, hacia la lucha sin sentido.

Hubiera podido ser un gran político, o un gran académico, o un gran ideólogo, pues tenía talante y capacidad para serlo. Prefirió la esterilidad de la selva. “Mató y murió por nada”, es una frase dolorosa y dramática que leo en una nota de periódico.

Bogotá, 12-XI-2011