5 de marzo de 2021
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Ay Manizales del agua

7 de noviembre de 2011

Hasta les dio por escribir raro y florido, en el célebre estilo greco-caldense, una especie de culteranismo trasnochado, lleno de arcaísmos aprendidos en los libros de retórica. Las élites de Caldas se creen de mejor familia que el resto de los colombianos (y sobre todo de mejor sangre que los de su misma estirpe: antioqueños, risaraldenses, quindianos). Más blancos, de sangre azul, y por supuesto más limpios.

Cuando alguien presume mucho por su limpieza (de sangre y de piel), el hecho de que no pueda disponer de agua corriente, más que compasión, genera cierta risita despectiva, de esas que significan: se lo merecen. Pero no. Ya llevan mucho tiempo sin agua, más de dos semanas, y su molestia empieza a convertirse en desgracia, sobre todo para los más pobres, que nunca tuvieron agua a diario, ni tienen con qué comprarla en botellas. Una desgracia hija de la ineptitud de la política y la corrupción de los administradores públicos. Lo raro es que en medio de semejante crisis, los manizaleños no sólo eligieron (¡otra vez!) un alcalde de la misma mafia corrupta que los gobierna hace decenios, sino que ni siquiera se han rebelado contra este caso evidente de imprevisión y mala administración. Se arrodillaron de nuevo.

Supongo que los manizaleños se verán a sí mismos como muy estoicos y muy civilizados al no armar un tropel por la falta de agua. Pero, si soy sincero, se ven más bien como indolentes, vacíos por dentro, ridículamente resignados. Está bien que uno se resigne ante lo inevitable, pero que se resigne a la ineptitud, la corrupción y la falta de previsión, lo que muestra es, y me perdonan, cobardía. Si no hay una reacción de rabia y de protesta social, pacífica pero radical, ante una crisis tan grande, las cosas no cambiarán nunca. Tan grave como la ineptitud y el descaro de los gobernantes es la inercia pasiva de una población sumisa y resignada a desgracias que no son inevitables. Ese arrogante alcalde Llano, que no ha pedido ni disculpas por su gestión deshonesta y clientelista, y su papagayo en “Aguas de Manizales”, sólo merecen el repudio de los ciudadanos.

Decía hace poco Josep Ramoneda: “Hay que luchar contra la indiferencia. La indiferencia es en buena parte responsable de todo esto que ha pasado”. No hablaba de Manizales, sino de la crisis económica de Europa, pero la frase se aplica a también a esta crisis del agua. La política caldense, primero con la godarria ultramontana y luego con falsos liberales corruptos y criminales, ha tenido una triste historia. Entre uribistas, yepistas, barquistas y tapascos (politiqueros nefastos) los caldenses parecen perros que se dejan capar no dos, sino cien veces. Es lamentable que un departamento que produjo (hace más de un siglo), a partir de la austeridad, las pequeñas propiedades rurales y la ética del trabajo, en medio de unas montañas duras e inhóspitas, una cultura de la prosperidad y el progreso, se haya convertido en un pueblo pasivo que se deja imponer por el miedo o por el clientelismo corrupto unos gobiernos infames, donde a los funcionarios no los designa el conocimiento técnico o el mérito, sino la lambonería y la sumisión con los gamonales.

Caldas, desde las carreteras (intenten ir a Arma o a Aguadas) hasta el agua, es un claro ejemplo de la corrupción y el fracaso de la política en el centro de Colombia. Esta desgracia de una gran ciudad sin agua durante semanas debería ser el detonante que saque a la población de su abulia y de su indiferencia.

Héctor Abad Faciolince
El Espectador