18 de octubre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
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Fanáticos en la Comisión Primera

17 de octubre de 2011

Ni los unos quieren la muerte de los fetos, ni los otros la de las madres que abortan en clínicas clandestinas.

Entre la atmósfera cargada de la Comisión Primera del Senado se podía percibir sin mucho esfuerzo que unos querían defender la vida y los derechos de las madres, y que los otros apostaban al derecho a la vida de los fetos. Estos objetivos buenos desaparecían entre el griterío y las mutuas descalificaciones.

Entre esas descalificaciones se repetía en el recinto del congreso, en las columnas de opinión y en los editoriales, una contra los que rechazaban el aborto de modo radical: su opinión era calificada de confesional, como si tener una confesión religiosa y manifestarla fuera óbice, impedimento o atentado contra la democracia.

Ese reclamo sonaba a incoherencia en congresistas liberales que, en otros escenarios, defienden la libertad de pensamiento y la tolerancia como indispensables componentes de lo democrático.

La que se tilda y rechaza como ‘confesional’ es otra manera de pensar, es una visión diferente del mismo problema, con la circunstancia agravante de que no es opinión sobre un asunto abstracto, sino sobre algo dolorosamente concreto, que debería convocar a la búsqueda en común de una solución que salve vidas. Por ejemplo, cómo salvar la vida de la madre y de su feto, sin atentar contra  alguno de los dos.

Esa es la propuesta que no se oyó en el ambiente airado y fanatizado en que importaba más la victoria de unos o de otros y preocupaba menos la vida para todos.

Se sentía un acentuado anacronismo en la posición anticonfesional. Al oír o leer sus protestas en nombre de las ideas liberales plasmadas en la Constitución, se podía temer que como en los viejos tiempos, la Iglesia habría vuelto a las andadas y a baculazo limpio y con sonoras excomuniones impondría por ley unas creencias  que debería difundir pedagógicamente y con la sosegada y amorosa presión de lo pastoral.

Esos tiempos de hosquedad y autoritarismo episcopal quedaron atrás. Entonces fue natural que liberales y progresistas rechazaran una intervención que sentían abusiva. Pero de esos tiempos a estos muchas aguas han corrido bajo los puentes, entre otras, las de esa  oleada renovadora de un concilio que refrescó y limpió. Hoy en las casas de los obispos y del episcopado se habla otro lenguaje.

A ese anacronismo se agrega el prejuicio: el que da por malo y dañino para el bien público lo que un creyente diga sobre asuntos públicos. ¿Es que su opinión, por ser de un creyente, ha de ser dañina? Puede ser equivocada o excesiva, ¿pero dañina? Y por ser de un creyente, ¿no puede ser expresada públicamente y en nombre  de un partido? Y si ese creyente es funcionario, ¿no puede actuar como creyente porque sus creencias deben quedarse en casa?
Demasiadas preguntas dentro de un debate con exceso de pasión y escasez de razonamiento.

La vieja teoría liberal sobre la intimidad obligada de lo religioso, suena tan absurda como la proclama de fray  Ezequiel   Moreno sobre el liberalismo como pecado.

Es inevitable que las creencias de las personas tengan un impacto social. Las virtudes de la democracia, que son de origen cristiano,  mal habrían podido quedarse en el interior de las conciencias.

¿A qué, entonces, la discriminación de las ideas y posiciones confesionales? Son ideas y posiciones políticas que deben discutirse como tales y someterse a la necesaria confrontación con las ideas que se les oponen.

Es lo que pudo entenderse en la agitada sesión de la Comisión Primera en la que fanatismos y prejuicios anduvieron por la sala, como demonios sueltos. El Heraldo.