18 de octubre de 2021
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Orlando Cadavid Correa
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El voto agradecido

30 de octubre de 2011

Aquella muralla humana no estaba interesada en escuchar absolutamente nada. ¿Programas a desarrollar por los otros candidatos?  “Ave María, ¿será que no entienden que no nos interesa lo que digan? “  Hablaba otro: “¿propuestas de cambio de dirigentes, de estilos, de procederes?  ¿Cambiar? No! A nosotros nos sirve así como está la distribución de contratos, la distribución de recursos. Estamos agradecidos con él, nuestro representante, y le vamos a agradecer con votos”.
Cuando percibí lo que sucedía, de la nada aparecieron las lágrimas. Y tuve que auscultar mi interior muy despacio, pues no conocía las lágrimas de indignación.

Participar en una elección y encontrar que los votantes están divididos en grupos es algo apenas natural. Que amigos y conocidos estén en grupos enfrentados no vamos a decir que es algo agradable; las cosas serían más fáciles si los amigos estuviésemos de acuerdo. Como nosotros – los humanos – somos absolutamente biodiversos hemos de ajustarnos a la realidad. Pero allí había algo raro. Era el voto de agradecimiento.

El candidato de aquellas mayorías sentía la adrenalina del pulso – brazo contra brazo – que estaba por ganar. Pálido, crispado el rostro reflejando su férrea ansia de vencer, olisqueando la estrategia exitosa implementada que lo acercaba, con cada voto cantado, a su tercer período de representación. Se me asemejaba a Atila arrasador, a Alejandro Magno subido en su elefante cuando ya había perdido el control sobre sí mismo, quedando a merced de algo que lo impulsaba a ampliar cada vez más su imperio, hasta los confines de la tierra.

Por votación democrática ganaron ellos. Las mayorías. Cada voto representaba un agradecimiento. Por un contratico legal, por una esperanza chiquitita el año entrante.

Dice Gandhi que la primera virtud es el agradecimiento. Todos hemos sentido el bálsamo mágico de recibir de alguien un agradecimiento. Pero…ofrecer mi voto por un favor particular recibido, proveniente de los recursos públicos que deben velar por el bien de todos, es algo tan rechazable por la sociedad como pegarle unas trompadas y reventarle la boca y la nariz a la mamá.
Sí. El voto es algo personal. Propio de uno; mío, mío y mío. Pero el voto no es en primer lugar para mi beneficio. El voto es en primer lugar para el beneficio de todos, del bien común. Y eso se consigue votando por el líder que nos inspire confianza, que se gane nuestro corazón al verlo libre, independiente, con la frente en alto. Que con su ejemplo calme nuestros temores y nos inyecte valentía.

La democracia no camina al lado mío como un perrito amarrado de una cabuya, que para cuando yo paro y camina cuando yo camina. La democracia no es para mí solo. La democracia es como un gigantesco pájaro que contiene bajo sus alas a 45 millones de colombianos y recoge suavemente con su pico a alguna alma perdida que se siente minoría desatendida.

Aquella prehistórica frase de…”yo hago lo que me da la gana con lo mío”, cayó en desgracia desde que el hombre ha comenzado a ejercer la democracia participativa y también desde que en el plano de la Creación sabemos ahora que todos somos uno. Lo que usted hace rebota encima de mí.

Y nuestros representantes de pacotilla….que ganan indulgencias con la camándula ajena de nuestras Instituciones y nuestro Estado, con nuestra propia plata, que se sienten dioses porque coleccionan votos de agradecimiento y construyen con ellos tronos de oro macizo como el de aquel soberano africano…

Ahhh! Nuestros representantes de pacotilla pueden continuar dañando nuestra sociedad, favoreciendo a unos y castigando a los otros…. hasta el día que entre muchos logremos que cada  votante rompa sus cadenas de ignorancia política y democrática y en una primera instancia todos depositemos un voto nacional marcando con una enorme Equis “X” la casilla que dice: “ Voto en Blanco” .
Ese día los sacaremos de este juego que ellos no tienen ningún interés de aprender a jugar. Y que jueguen los buenos jugadores, habilidosos como el Rey Pelé.

Al escribir, reflexionamos. No puedo tirar la primera piedra. No estoy libre de culpa. Pero sí quiero avanzar hacia allá…