19 de junio de 2021
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El testamento de un grande que se ha ido

16 de octubre de 2011

A pedido del Contraplano, su hijo Carlos Alberto Ospina Macías, el periodista, reconstruyó el mensaje final de su entrañable progenitor, articulado tras una larga semana de silencio, en medio de la sorpresa de su gente más amada.

Dijo don Ramon: “Siempre le pedí a Dios que cuando llegara este momento de mi muerte, estuviera rodeado de toda mi familia… Les pido que cuiden, comprendan, quieran mucho y no dejen sola a su mamá… Ella los necesita ahora más que nunca… Me siento muy orgulloso y satisfecho de la familia que logramos conformar con base en el esfuerzo, la humildad, el respeto y la comprensión… Los invito, hijos míos, a superar mi obra… a mantenerse unidos en la adversidad y en este momento de mi partida… los amo muchísimo”.

El legendario número uno de la radio taurina se acordó de sus contradictores: “Les pido perdón a aquellas personas que ofendí y herí con mis palabras o actos. De corazón nunca quise hacer daño a nadie… También hagan saber a quienes me persiguieron o fueron mis detractores y procuraron hacerme daño, que a todos ellos ya los perdoné hace mucho tiempo. Sólo hay paz y amor en mi corazón”.

Carlos Alberto subraya que ni siquiera en ese momento perdió su capacidad perceptiva, liderazgo y padrinazgo para suavizar el ambiente con frases jocosas. Fue su táctica para que la atmósfera de llanto no opacara ese momento mágico de divinidad. “No lloren, guarden esas lágrimas para más adelante”, aconsejó sabiamente.

Para la descendencia de don Ramón, “este fue un momento de absoluta comunión, de privacidad extrema, donde sólo tuvo cabida la palabra de Dios en boca de nuestro padre y abuelo… Se suspendió el tiempo, ya el espacio aséptico de la clínica, no fue más invadido por el cuerpo de enfermeras y médicos impersonales, Dios cerró la puerta de la habitación para que su familia abriera el corazón a las frases demoledoras y contundentes de un hombre grande hasta en los últimos instantes de su dolor terrenal:

“Vivan la obra de Dios, hagan el bien, sigan viviendo en paz… No se requiere ir tanto a una iglesia para sentir la presencia del Creador, para actuar bien y tener una vida plena regida por principios y valores éticos… Amen y vivan en Dios. Todos son diferentes, pero todos son muy buenos.  ¡Respétense y quiéranse!, manteniéndose siempre unidos… Todo lo que hice en la vida fue por tres razones: Sinceridad, honestidad y con el corazón”.

El tiempo le alcanzó al “Insobornable” para hacer una combinación entre la Sagrada familia y el amor filial: “Desde el vientre de María y Jesucristo hecho hombre, Dios ha querido la unión de esta familia… ¿Por qué me quieren tanto?… Voy a tener que contratar una flota de camiones para llevarme su amor, pero estoy seguro que no me alcanzará por el infinito cariño que me profesan, amados hijos, esposa y nietos…”

Hasta en ese instante de devoción extrema se acordó de los desvalidos e indefensos, dirigiéndose a una amiga de la familia, le dijo:

“Soy testigo de tus luchas, tus sufrimientos y tus dolores… te admiro y te quiero por lo combativa y digna que has sido…

A ti, amada hija, Martha, nunca has tenido nada, nunca tendrás nada, pero nunca te faltará nada, porque Dios cuidará de ti y de mi nieta Luisa Fernanda… Sigue creyendo en Dios, él y yo te protegeremos…”.

La apostilla: En su sentida crónica, el hijo de don Ramón recogió esta oración de su finado padre: “A qué volver, si nunca me ido… a qué llorar, si nunca he llorado…”. Y aportó este otro detalle: Trató de arrancar las sílabas de una de sus canciones inéditas, la cual compuso en una noche de bohemia deambulando por las calles de Madrid, luego de haber llorado al pisar el ruedo de la Monumental de la capital ibérica. “Yo, creí, que su papá se iba a morir… se puso pálido, temblaba y comenzó a llorar”, recordó su esposa, doña Eufemia Macías, aquel memorable momento cuando conoció España.