6 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Manual de corresponsal

24 de septiembre de 2011
24 de septiembre de 2011

El amplio repertorio lo vuelve un baquiano en la tarea cotidiana que lo pone a trasegar por la jungla informativa, en la que va puliendo el don de la improvisación para salir airoso en situaciones de emergencia.

El corresponsal aprende a escoger el tipo de lenguaje que debe utilizar ante la dramática catástrofe del barrio de miseria sepultado por un alud, con elevadas cifras de muertos y damnificados, o la trivial elección y coronación de la ganadora de un reinado en el que triunfan tras bastidores los cirujanos plásticos, la silicona y los amos del diseño, el estilismo y la pasarela.

Ser corresponsal equivale no sólo a escribir y representar a un medio en una ciudad o país distinto de la sede sino a echarse al hombro el compromiso de enfrentar solo, de entrar en abierta competencia, sin más ayuda que la de un reportero gráfico o de un camarógrafo, con todas las redacciones de los medios periodísticos locales.

Desde el inicio del paciente aprendizaje, el corresponsal debe acostumbrarse a vivir las 24 horas de cada día como nos lo enseñó el maestro Alberto Acosta Penagos, quien descansa en paz en el cementerio municipal de su natal Itagüí: con los ojos abiertos y los oídos despiertos, y aplicar sin necias prevenciones ideológicas la Cartilla del Corresponsal, salida del talento del inmolado maestro Álvaro Gómez Hurtado.

Para ser corresponsal hay que permanecer sobrio todo el tiempo; sólo así podrá decir ¡presente! en el momento del atentado terrorista o de la hecatombe desatada por las fuerzas de la naturaleza. Alguien dijo que el corresponsal es una especie de bombero de la opinión pública presto a apagar incendios y atender inundaciones. Si se durmió, el sustituto le llegará en un dos por tres días y le bajaran las acciones en el mercado laboral.

La corresponsalía diaria transmite más enseñanzas que las que puede dar un manojo de catedráticos de la mejor facultad de comunicación social. Ella nos transmite cargas de práctica, pero sobre todo de agudeza y de versatilidad. Los profesores, en cambio, ofrecen a los muchachos altas dosis de teoría y nada más.

En el siglo XX fueron corresponsales, en sus años mozos, grandes escritores y reporteros como Ernest Hemingway, Albert Camus y Gabriel García Márquez, quienes ulteriormente serían justos ganadores del Nobel de Literatura que siempre le fue esquivo a Jorge Luis Borges y que rechazó Jean Paul Sartre.

En Medellín hicieron época, como corresponsales de la prensa capitalina, virtuosos colegas de antaño. Los dos más notables, para nuestro gusto, fueron Luis Pareja Ruiz, de El Espectador, y Gildardo García Monsalve, de El Tiempo. Ellos dos emulaban en la disputa decente por la noticia, y cada uno, por su lado, competía eficientemente con las redacciones enteras de los cuatro diarios de entonces:  El Colombiano, El Correo, La Defensa y El Diario. Eran otros hombres y eran otros tiempos. Don Luis quien se marchó hace 36 años de este mundo terrenal, le transmitió a su hijo Rodrigo todo bagaje; lo convirtió en un excelente redactor de noticias y al sucederlo en la corresponsalía, el vástago se ganó todos los concursos de motivación que instituían los Cano entre sus periodistas, en la edad dorada del periódico fundado por don Fidel.

Como el amor es para siempre, el otro prototipo del gran corresponsal, ("El camaradita" Gildardo), le pidió a sus hijos que lo llevaran vivir al lado de su esposa, en un hogar geriátrico, para permanecer a su lado hasta el último suspiro de sus vidas, aunque él no recibía todavía la visita del temible caballero alemán.

La apostilla: La figura del corresponsal ha ido desapareciendo como tal. Ahora funcionan unos centros informativos regionales en las ciudades capitales, excepto en las  tres grandes concentraciones urbanas del eje cafetero. El corresponsal ya no es aquel ser solitario que debía dormir, si podía, con los ojos bien abiertos y los oídos bien despiertos.