2 de julio de 2020
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Experticia, desayuno, lenguaje incluyente, alerta

14 de septiembre de 2011
14 de septiembre de 2011


efraim osorio

Experticia. ¿Necesita nuestro lenguaje este vocablo? El veteranísimo y muy ameno escritor José Jaramillo Mejía lo empleó en su columna del 29 de agosto del presente año: “En contra de lo anterior juega el humanismo (…), o cultura general, que no excluye la experticia en una disciplina determinada del saber”. Este anglicismo llegó al Diccionario de la Lengua Española en su edición de 1970 con esta definición: “Venezuela. Prueba pericial”. Es decir, un  regionalismo exclusivo de los paisanos de Simón Bolívar, Andrés Bello y, sí, del pintoresco señor Chávez. El de María Moliner le da el mismo significado, pero lo asienta como un regionalismo hispanoamericano. No sé cuál de los dos tiene la razón; lo que sé es que, entre nosotros, la palabra preferida y muy empleada es ‘peritazgo’, que, aunque bien construida, no está asentada aún en El Diccionario, que prefiere ‘peritación’, con este significado: “Trabajo o estudio que hace un perito”. Y Alario di Filippo acoge el vocablo ‘peritazgo’ como colombianismo, y lo define así: “Acto de asistir como perito a una diligencia, y el trabajo, estudio o investigación que hacen los peritos”. Como dije, ‘experticia’ es un anglicismo (de ‘expertise’ – “habilidad, destreza o conocimiento de un perito”). Tuvieron que pasar cuarenta largos años después de la primera edición del Diccionario de la Lengua Inglesa, de Noah Webster (1904), para que éste acogiera en sus páginas dicho sustantivo, que fue tomado directamente del francés (‘expertise’ – “Visita y operación de los expertos: Informe de los expertos”). Son, pues, sinónimos, ‘experticia’, ‘peritazgo’ y peritación’, con la única acepción de “los conocimientos de un experto, aplicados en determinadas circunstancias”, con la cual recibe la bendición de la Real Academia de la Lengua. Pero el Macmillan English Dictionary (2002) define la palabra, en inglés, de este modo, traducido, por supuesto; “Destreza especial o conocimiento que se adquiere por medio de la experiencia, entrenamiento o estudio”, que es precisamente la idea que don José quiso expresar con la palabreja de marras, no aceptada aún por la Academia de la Lengua. ***

No sé, pero la definición etimológica que de ‘desayuno’ dio la nutricionista Elizabeth Ortiz Palacios me recordó esta frase de Yogi Berra, receptor de los Yanquis de Nueva York: “Si la gente no quiere ir al estadio, ¿cómo hace uno para atajarla?”. En efecto, así escribió la profesional: “Recordemos que “desayuno” significa des (sin) ayuno (bloqueo)” (LA PATRIA, Salud, VIII-28-11). Yogi habla de atajar cuando no hay a quién atajar; y la señora Ortiz Palacios, de bloquear cuando no hay qué bloquear. Ello es que ‘ayuno’ no es otra cosa que la supresión del alimento; y el desayuno, la interrupción del ayuno, que los latinos llamaban ‘jejunus’ –‘jajunus’, en el latín vulgar (de éste, su origen), palabra que para ellos significaba “que no ha comido, hambriento”. Cicerón, por ejemplo, usó las expresiones “jejuna plebécula” (el populacho hambriento); y “jejunus ager” (el campo árido). Además, las ideas que los dos términos expresan, ayuno y bloqueo, son diferentes, porque el primero es pasivo (no comer); activo, el segundo (obstrucción o cierre del paso). Lo que sí se puede aceptar es que el hambre producida por el ayuno bloquee de alguna manera las facultades físicas e intelectuales de quienes la padecen, fenómeno de ocurrencia diaria en nuestro país. ***

Jacinto Cruz de Elejalde ha sostenido siempre que el ‘lenguaje incluyente’ (‘colombianos y colombianas’, ‘niños y niñas’) es farragoso, nocivo, inútil y traicionero. La columnista de El Tiempo, Florence Thomas (su promovedora), en su artículo “Mujeres en máxima alerta”, proporciona en pocas palabras los argumentos necesarios para demostrar tal afirmación: “Estaremos atentas –garrapatea- en la identificación de aquellos y aquellas congresistas solidarios y amigables y a los y a las que, a toda costa, quieren generar un retroceso en derechos ya adquiridos” (VIII-31-11). Que es farragoso, salta a la vista y golpea el oído; nocivo, porque afea la redacción; traicionero, porque olvidó decir “solidarios y solidarias”; e inútil, porque, sin las palabras que gramaticalmente sobran, la idea queda perfectamente bien expresada. Lo macabro de esto es que hay muchos que la siguen con obediencia de borregos. No es sino leer y escuchar. ***

Como sustantivo, ‘alerta’ es femenino, detalle que olvidó César Montoya Ocampo en esta oración: “La dramática descomposición que ahora sufren importantes países, es un alerta sobre la grave dolencia (…) que afecta a inmensos conglomerados humanos” (LA PATRIA, IX-1-11). “Es una alerta sobre…”, señor, porque el artículo, determinado o indeterminado, debe concordar en género y número con el sustantivo correspondiente. La única excepción que tiene esta regla  cobija a los sustantivos femeninos que comienzan por ‘a’ en sílaba acentuada, por ejemplo, ‘agua, ánfora, ágora’, etc., que rigen el artículo masculino, ‘el agua, el ánfora, el ágora’. Y esto es así desde la época de Cervantes, quien así se expresó: “…quedé falto de consejo, desamparado, a mi parecer, de todo el cielo, hecho enemigo de la tierra que me sustentaba, negándome el aire aliento para mis suspiros, y el agua humor para mis ojos…” (Don Quijote de la Mancha, I-XXVII). La tradición y la eufonía así lo piden.