27 de noviembre de 2021
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Muere un acordeón

30 de agosto de 2011
30 de agosto de 2011

Dije entonces en columna publicada en El Espectador: “Es difícil encontrar una simbiosis tan perfecta entre un instrumento musical y su ejecutante. No se sabe, en realidad, si Carlosé es el dueño del acordeón, o el acordeón es el dueño de Carlosé”. Chapete publicó en 1969 una caricatura con el título Boyacá en los mares, donde aparece el personaje, con el agua al tobillo y la canción a flor de labios, navegando por los mares del mundo como jefe de relaciones públicas de la Flota Mercante Grancolombiana, y acompañado, claro está, de su inseparable acordeón.

Nació con música en el alma. En su Tunja natal, apenas de 15 años, era ya un ferviente admirador de Gardel, cuyos tangos interpretaba al piano. Pasado el tiempo, supe por él mismo que siempre que llegaba a Buenos Aires no podía prescindir de ir a visitarlo en su tumba de La Chacarita. Cuando tiempo después estuve en dicha ciudad, me acordé de aquella adhesión al “zorzal criollo” y fui a dar a La Chacarita, por cierto bajo un torrencial aguacero. Gardel, Agustín Lara y José A. Morales eran sus tres ídolos musicales.  

Siendo gobernador de Boyacá, en 1987, me invitó a una correría por el norte del departamento. En Soatá, mi patria chica, entregó una condecoración al colegio de la Presentación, que cumplía un aniversario importante. Realizado el acto, me pidió que estuviera listo para viajar en horas de la noche a Tipacoque, distante 13 kilómetros, luego de atender un compromiso en mi pueblo. Carlosé, amigo entrañable de Eduardo Caballero Calderón, llegaba a la casona histórica como si fuera su propia casa. Al son del acordeón, aquella grata velada musical  se prolongó durante varias horas, como una pausa refrescante del camino.

Fue alcalde de Tunja a los 25 años. Dirigió las relaciones públicas de la Flota Mercante Grancolombiana por cerca de tres décadas. En 1987 ocupó la Gobernación de Boyacá. Enfrentado entonces a la politiquería de su tierra, a cuyas presiones no quiso acceder, prefirió retirarse con dignidad del cargo. Sus propios paisanos no lo dejaban gobernar. Después se le ofreció una nominación como senador, y no aceptó: estaba  desencantado de la vida pública.

Como columnista de El Tiempo durante largos años, fue un gran promotor de la tierra boyacense. Ha sido el mejor relacionista de Boyacá. Su don de gentes y exquisita amabilidad le abrían escenarios amplios en todas partes, que él canalizaba hacia el progreso de su comarca. El patrimonio histórico y la vida cultural de Boyacá eran sus mayores afanes como dirigente cívico.

Ahora que llega al final de la travesía, a los 91 años de una existencia generosa y bienhechora, algo se silencia en el panorama nacional. Algo deja de vibrar en los aires boyacenses. Es su célebre acordeón, sinónimo no solo de alegría y vitalidad, sino también de confraternidad y servicio. Puede decirse que a sones de acordeón, como discípulo de Gardel y fiel intérprete de la música colombiana y sobre todo boyacense, Carlosé ejerció a plenitud su liderazgo de la simpatía y el servicio a Boyacá y al país.

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