14 de junio de 2021
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Los primeros bogoteños

3 de julio de 2011
3 de julio de 2011

La valerosa denuncia contra aquellos malos hijos de la comarca que liaban bártulos hacia la capital, tras haberse enriquecido en su patria chica, causó revuelo en la pequeña ciudad de la época.

Don Aquilino también acusó a los desertores de dedicarse en Bogotá, donde levantaron su nuevo hábitat, a despotricar de Manizales, desestimándola como epicentro comercial, industrial y cultural.

Esta pieza maestra del notable hombre público tuvo hace 78 años la siguiente entrada:

Por este camino podría seguir divagado sobre nuestra ciudad, cuyas posibilidades son indefinidas porque tiene elementos indestructibles, superiores a nuestras propias debilidades y que derrotan todas las previsiones.  Año tras año, desde mi infancia, he venido oyendo periódicamente la palabra desalentada: “ahora sí, Manizales terminó”.  Y cada vez, no renace porque no ha muerto, sino que da saltos más vigorosos a pesar de todas las desgracias.  Ahora le ha tocado después de  dos incendios asoladores, cuando estaba en pena reconstrucción, el delirio de  la inflación y el desastre de  la crisis, y sin embargo ciertos índices, como por ejemplo, la manera como disminuyó su deuda bancaria de toda índole, demostraron su vitalidad.  Y ha vuelto a renacer.  Tenemos que pensar cada día en crearle nuevas fuentes de riqueza, hacer que pululen las pequeñas industrias que ocupen los brazos.  Y nuestras materias primas.  Ya vendrán.  Y nuestra ciudad ha demostrados sus formidables capacidades para la industria.

Al entrar en materia sobre la generación de los desagradecidos, Don Aquilino manifestó al pie de la letra: En los últimos veinticinco años Manizales ha ejercido la más fastuosa, la más gloriosa, la más devastadora al propio tiempo y agotadora de las industrias: La exportación de millonarios ingratos.  Las gentes que han hecho fortuna entre nosotros, grandes fortunas,  y llegada la hora nos han vuelto la espalda, con el pretexto de buscar mejores medios para educar sus hijos, aunque no los tengan, y han cargado con el oro que les diera nuestra munífica ciudad, y dedican sus ocios a hablar mal de su patria chica; se cuentan por un millonario anual en el cuarto de siglo.  A ninguno de ellos se le ha ocurrido dejar una piltrafa  de la fortuna que adquirieron aquí, en la forma de un hospital o de una capilla, una obra de progreso, de belleza o de beneficencia.  Para ellos, nuevos ricos sin  cultura espiritual, este era un buen “trabajadero” que se recuerda con cierto compasivo desdén.  Piénsese en la resistencia formidable de una acumulación humana que se puede dar el lujo de exportar un millonario anual, sin que sus entrañas se hayan agotado, y tenga todavía alientos de continuar el desaforado deporte.  Año tras año despacharemos al millonario que valla a hablar mal de nosotros, y la poderosa ciudad, esta incomparable patria nuestra seguirá prosperando para regocijo de todos los que sentimos que en estos abiertos horizontes de nuestras montañas, se respira una salud, una alegría y una belleza incomparables.

La apostilla:
En su libro Refranes y dichos, Roberto Cadavid Misas, Argos, dejó estas definiciones que nos conciernen: Antioqueño, ni grande ni pequeño. Este dicho es expresión de la ojeriza que nos tienen en otras regiones del país. Otros agregan: ni mucho menos manizaleño. Dos más: Antioqueño, ni grande, ni caldense… Antioqueño no se vara (por ser reconocidamente recursivo).