14 de junio de 2021
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Engrupidos y en el infierno quieren mantener a Bogotá y a sus pobladores

12 de julio de 2011

No puede habitar la prosperidad en una ciudad si ésta no permite una  movilidad fluida  de todos sus creadores y trabajadores. La crisis seria inevitable, en poco tiempo, si no se cambia el régimen de transporte local, y el presidente, creen muchos, debiera actuar como bogotano. Falta un rediseño y  acción pronta y permanente de los agentes de la movilidad, hoy tan solo al servicio de los beneficios del Pico y Placa.

Los candidatos que se anuncian están todos comprometidos –no se sabe exactamente con quién ni  bajo cuáles sombras de las nubes capitalinas— en la tarea de seguir extendiendo la red de tiburones rojos que se acredita, gracias al verbo fácil, fácilmente negociable y rentable, de Enrique Peñalosa, como  el transporte del milenio.  Y lo grave es que no se sospecha de alguien que parezca capaz de atreverse pronto a descalificar  ese sistema, que en vez de facilitar una segura  movilización la hará impracticable y peligrosa al máximo, no porque los tiburones no sirvan sino porque se desplazan desafiantes y a grandes velocidades contaminando el aire por una vía privilegiada pero cruzando calles y avenidas por las cuales, en el mismo nivel, también circulan automóviles, buses, camiones, motocicletas, ciclistas y peatones, los mismos que también corren parejo aunque de manera paralela cuando los transmilenios van por su ruta. Contra los tiburones chocan muchos vehículos y otros, por la presencia de tantos protagonistas en ese mismo nivel provocan una perturbación que  crece día a día y también colisionan y serán muchos los accidentes trágicos que veremos en los tiempos venideros mientras que ni en Medellín ni en Miami ni en el Japón pueden chocar carros contra el metro porque este es elevado, y menos contra el subterráneo de Nueva York.

Ese tráfico, en el futuro cercano, no lo controlará ni  Dios fungiendo de policía. Nadie, así tuviere  millares de  funcionarios pitando sin descanso si se insiste en mantener en la ciudad,  sin metro, a tantos protagonistas tratando de movilizarse con sus ansiedades a bordo, en una misma longitud y en un mismo nivel. Y menos mañana, cuando Bogotá tendrá muchos miles más de carros particulares y de motocicletas, restringidas estas en ciudades norteamericanas bien ordenadas en su transporte urbano, pues la verdad es que sus conductores, en nuestro país, parecen avispas que  quisieran tener tan solo la misión de trastornar el tráfico. En el veloz desorden muchos mueren mensualmente.

Uno de los candidatos a la alcaldía, menos visionario que los demás,  pareciera no poder sopesar ningún futuro digno cuando  canta la promesa  que, si es elegido, pondrá a funcionar en todas las direcciones de la ciudad la telaraña,     montonera  sin fin,  de más  “buses grandes”, lo que es Transmilenio según el periodista Héctor Rincón.

Pero todo lo anterior no es lo peor. Lo peor es que Transmilenio le llegó a Bogotá como un paquete bien diseñado  para satisfacer ambiciones de todos los bolsillos elitistas. Un bulto de lo que han querido llamar obras de desarrollo urbanístico para la ciudad. El listado de estas es lo que ha sido presentado como el proyecto de modernización de una ciudad que debe ser atendido por el grupo de quienes hacen la que terminó siendo la  maleva contratación pública local. Mas que un menú de elementos digeribles es lo que podría, a diferencia de ponqué, denominarse como una paella, un arroz con cosas, como diría un chef español. Pero no es la valenciana, la más sencilla, ni la sofisticada marinera, no, es algo así como la Costa Brava, la cosa brava, la cosa nostra, que tiene de todo,  para todos los apetitos, la que indigesta, la plena en colesterol que inmoviliza, la corrupta cosa, la que llevó a Bogotá a ser víctima de la cocina más corrupta que pueda concebir mente alguna en la historia global. Toda amarrada al desarrollo de Transmilenio, tan bien amarrada que ni el alcalde mas zanahorio puede zafarse o escapar de ella, pues se porta como una hermosa prostituta que además de darse en  carnes ardorosas reembolsa  dineros a su clientela.

Esa cocina corrupta acabó con los buenos intestinos que tenia Bogotá para discernir y alimentar su crecimiento urbanístico, ordenado como lo quisieron y escribieron Fernando Mazuera Villegas, Jorge Gaitán Cortés, Virgilio Barco, Jaime Castro y Juan Martín Caicedo. Cocina corrupta bien amasada en un sistema de contratación, a través de un Instituto de Desarrollo Urbano, que con chefs externos pareciera  gobernar elecciones y alcaldes en la capital de la república.

Peñalosa trajo el tiburón a la sabana, con su paella a bordo, y Alvaro Uribe  Vélez cuando mal gobernó frenó la posibilidad de un Metro que hoy ya  estaría en marcha y por cuya ausencia en obra  continúa y avanza  vivo el imperio de su candidato al Palacio Liévano.

El problema es muy sencillo”, dirán algunos, y sí, eso es muy sencillo. Es un problema de falta de diseño de lo que debe ser la ciudad y cómo la movilidad de sus habitantes, que se dejaron engrupir por Peñalosa presentándose como urbanizador, cuando, la verdad sea dicha, ni éste ni el ex mandatario Uribe, su patrocinador, dan la impresión de tener afinidad alguna con las enseñanzas de Walter Gropius, el arquitecto austriaco que, en los descansos que le otorgaba Alma Mahler, supo imaginarse, hace unos 102 años, cuáles deberían ser los beneficios que la arquitectura y el diseño  podrían poner al servicio y bienestar de la humanidad.

Pero Peñalosa y Uribe pretenden seguir engrupiendo sin ofrecer nadita de Gropius. Lideran el grupo que engrupe a quien se deja engrupir. Quien se atreverá a parar el tiburón y a mostrar la luz?.

Como cualquier bogotano,

Elkin Mesa Muñoz.

Mañana: Sueño Metro. Construir sobre lo construido.