22 de junio de 2021
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El error de Rommel

13 de julio de 2011
13 de julio de 2011

Y entonces ¿por qué no se ha llegado a los autores intelectuales? Rommel había interpuesto más de 70 demandas contra la clase política local, reclamando investigaciones tras la faraónica corrupción que atrapa la ciudad. Y consiguió que muchos de esos políticos fueran condenados o destituidos de sus cargos. Otras investigaciones siguen su curso. Pero Rommel cometió un error craso: se dejó matar. Sabía que lo iban a matar. Y sus amigos cercanos también lo sabíamos, porque nos confesó las amenazas constantes. Y ante la desesperanza, la hipocresía y la soledad que sintió desde lo profundo de la sociedad, prefirió dejarse matar, a pesar de nuestras constantes súplicas de protección.

Confieso que la muerte de Rommel es, tal vez, el hecho que más me ha afectado emocionalmente. Porque fui amigo del Rommel de los últimos cinco años, del hombre que había purgado sus penas, que se había reencontrado con la vida y sus amigos de Armenia, del hombre que contribuyó sin ambages con la fuerza pública y la justicia a desenmascarar y perseguir las mafias, para lo que tuvo que infiltrarse en los carteles y, por supuesto, sufrir las acusaciones severas de sus enemigos que lo tuvieron en la cárcel (sindicado), jamás condenado, por el contrario, sobreseído de sus presuntos vínculos con aquellos entre quienes se filtró con el único propósito de contribuir con la justicia. Y eso no se le olvidó. Rommel fue en Armenia, en los últimos cinco años, el más grande colaborador de la justicia.

Con este hombre compartí muchas horas de mi vida. Nos podíamos sentar toda una tarde, detrás de un tinto, a hablar sobre la vida de Simón Bolívar, o sobre la Segunda Guerra Mundial o sobre el derecho Romano y el espíritu francés de la legislación colombiana. Contaba historias extraordinarias sobre hechos y personajes extraordinarios de la vida nacional que vivió de cerca por haber sido durante casi treinta años el más próximo hombre de Álvaro Gómez Hurtado. Era un contertulio maravilloso, con un sentido del humor exacerbado y con un exquisito gusto por las buenas viandas y los vinos finos. Muchas veces en su casa, luciendo delantal, frente al fogón de leña, mientras cuidaba el cocido de una paella, se desprendió de secretos y de intimidades que muchos quisieron saber y que yo escuché, pero que de inmediato me dio la gana de olvidar.

Porque el país debe saber con exactitud de relojero qué debe quedar en la memoria, pero también qué debe olvidar para siempre. Sólo con el perdón y con el olvido nos podemos reconciliar, y Rommel lo tenía claro. Por todas estas cosas, lo quería como a un padre, o como a un hermano mayor, y por eso lloré durante muchos días su muerte. Su recuerdo es perenne. Pero, también, cada día lo fustigo más por el error que cometió: se dejó matar. Porque como dice Héctor Abad, ‘hay una sola cosa peor que matar, y es dejarse matar’.

En su memoria, muchos seguimos denunciado el estado de putrefacción política administrativa de la ciudad, pero con la convicción de no dejarnos matar. Lo que siento hoy, al contrario de Rommel, es que no estoy solo, y que miles y miles acompañarán el sueño de una ciudad mejor, protegiéndonos entre todos, en la seguridad de vivir con alegría, para seguir luchando por ese sueño, donde navega la esperanza de nuestros hijos. Doctor Rommel, ¡qué falta que le haces a esta ciudad! Crónica del Quindío.