18 de junio de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El arte de la travesura

17 de junio de 2011

Era una aventura heroica en esos años irse en la noche de los viernes a Barranquilla, sin puente aún, esperar el turno para el ferry que llevaba los buses, automóviles, hicotea, gallinas, bultos de fique, a la otra orilla del Magdalena y lograr, con artes de la inocencia y terquedad, que el editor de turno de un periódico le imprimiera su dominical. El periódico lo dirigía Álvaro Cepeda Samudio y cada vez que se aparecía entre las rotativas de plomo caliente y ruidosas, a inspeccionar el cierre, y soltar sentencias a gritos con su tabaco húmedo y apagado, los operarios debían esconder las páginas de Alarcón.
No era menos venturosa la vuelta con la carga del suplemento amarradas con restos de flejes y ya entrada la madrugada. Pensé que esos viajes entre la ciénega con los pájaros del amanecer, el olor de los ostiones fritos, la humedad del aire, los ojos de las mujeres de los pescadores, harían de Óscar un poeta.
Con dudas buscaba una escuela de periodismo para adelantar sus estudios. Tenía el aire reconocible de los caribes cuando salen al mundo para disimular el tímido recato y la nostalgia incurable: yo me las sé todas. Equívoca mansedumbre.
Es probable que fue su hermano Ricardo, consejero convincente e impositivo, quien lo condujo a los estudios de Derecho. El resto lo hicieron su maestro Fernando Hinestroza y su profesor y amigo Manuel Gaona.
La sabiduría de su hermano mayor consistió en mostrarle cómo su pasión por el periodismo y las ideas liberales resultaban enriquecidas con la universidad de librepensadores y con el oficio en El Espectador donde empezó a escribir noticias de universidades. Y los aciertos de la vida que remacharon su pasión: se casó con la periodista Patricia Lozano. Ella además de estimular su lealtad a la vocación de infancia supo sostenerlo en los momentos secretos de desfallecimiento que acosan a los caribes de la estirpe de los Aurelianos. Esos que no se curan  con un escocés doble, una canción vallenata, un bolero, viejos, ni un mejoral.
De su estadía de estudios en Italia trajo la fidelidad a Bobbio y a Montanelli.
El aprendizaje leal en El Espectador le permitió hallar una forma de sentencia de humor, ironía y juego verbal que lo caracteriza. Ese humor travieso rebasa el papel y se mete en sus conversaciones. También en sus actos, como la demanda de la epístola que escribieron López y Santofimio para adornar los sacrificios del matrimonio. O el consejo al candidato Barco: no cometa la grosería de pedirle a una mujer linda como la ministra Sanín la cabeza cuando tiene cualidades de fundamento.
Ahora, después de dos libros sobre la entrañable Panamá, ha escrito una delicia balzaciana para contar las corrientes secretas de la Constitución de 1991. Con pasajes de la mejor ley del reportaje, capítulo I, y un rigor en la estructura temática, pone al alcance de legos las tensiones, logros, dificultades y límites del enorme esfuerzo por abrir un país en que vivamos todos. El Universal.