28 de septiembre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El corto verano de letras y música en Filadelfia

13 de mayo de 2011
13 de mayo de 2011

El viaje desde Medellín fue sin contratiempos y el tramo de La Felisa al pueblo se hizo carreteable con un preámbulo de verano tan mágico, que en la noche fue como un sueño apreciar la Vía Láctea y su algarabía de estrellas en la terraza del hotel.
Al anochecer, al sabor de un tinto puro de puro café, el parque se hizo estadio con el partido de fútbol de unos chicos primero y de unos jóvenes después; la cafetería era nuestra tribuna de honor y cuando preguntamos quiénes se enfrentaban, una chica que anotaba los goles y las faltas nos respondió que eran los de la Defensa Civil contra El Matadero, su respuesta nos dio de frente como un poema sarcástico. Al jolgorio futbolero lo enmarcaba, más alegres que melancólicas, las baladas de los sesentas. Terminados los partidos, nos dirigimos a otra cafetería donde cambiamos el tinto por el sempiterno Ron Viejo de Caldas y cuando cerraron, pasamos al billar de una esquina donde fuimos invitados a una mesa para departir con un concejal, un ganadero y un profesor de matemáticas y también allí, como en todos los sitios del parque, escuchamos a Sandro y a Palito Ortega y a Piero y a Leo Dan y a Óscar Golden y a Vicky y al Dúo Dinámico… y fue como unas cortas vacaciones para los oídos saturados de reguetón, rancheras y vallenatos; era como si hubiésemos retrocedido a una niñez cada vez más lejana. Si algún estudio sociológico se aplicara al fenómeno de este gusto musical de los sesentas, por lo menos en el idílico parque de Filadelfia, estoy seguro de que las conclusiones jamás tendrían que ver con la melancolía por los años idos… más bien sí con la alegría y con el fértil terreno para el cultivo de la palabra, dígase poesía, cuento, novela, ensayo, historias de barrio, historias de vida…
El jueves, 28 de abril, muy temprano, el hervidero humano empezó con mamás llevando a sus pequeños de la mano vestidos de quijotes, una que otra dulcinea, sanchopansas, caperucitas rojas, blanca nieves, incluso, rozagantes panaderos llevando en canastas ese mismo fruto del sudor y del trabajo del hombre y cuyas tres letras forman de por sí el poemas más corto: PAN. El desfile daría la vuelta al parque para evitar las calles rotas por los trabajos del gas domiciliario. La procesión incluía nínfulas vestidas de India Catalina y otras con trajes griegos; pancartas con imágenes de escritores encumbrados como el último premio nobel y el nuestro, García Márquez y otros… una banda interpretada por niños y una alegría pegajosa daban inicio a la fiesta de la palabra, la música y el idioma; toda una parranda cultural instituida por decreto que incluye a niños, escuelas y colegios, pues en Filadelfia entendieron que es desde la niñez donde se empiezan los primeros amores: amor a los libros, a la literatura, al idioma, al arte, a los personajes clásicos literarios, a la vida, carajo…
El ajetreo del alcalde Ómar Valencia, don Misael Toro, José Rubiel Ramírez, Amanda García, Estela González, Laura Ocampo… hizo de Filadelfia un nicho acogedor para que poetas, escritores y músicos quieran volver y guarden con afecto las fotografías que obtuvo- obturó el poeta Raúl González y que repartió vía e. mail.
En la noche fue brillante la presentación de Carlos Arboleda González y su charla sobre la mujer en el bolero que es tan solo un capítulo de los muchos que puede brindar en cualquier escenario; para sus propósitos se hizo acompañar de un excelente dueto y una susurrante voz femenina. También presentó su sesudo y también sexudo libro En un rincón del alma, viaje al corazón del bolero. ¿Cómo atribuirle a Arboleda un adjetivo que no caiga en el lugar común de decirle que es la biblia del bolero, que es el gurú de la música romántica?, dejémoslo así y digamos simplemente que es un bolerólogo, capaz de hacerle respirar y suspirar al público el alma del bolero.
Y ellos rutilaron como estrellas de ese cielo límpido: tregua poética de un invierno desastroso: Juan Carlos Acevedo y Diana Toro con su cuentística para niños; Julian Chica y su conferencia sobre el filósofo Danilo Cruz Vélez (una revelación para este servidor); el caricaturista Gilberto Nieto, un genio capaz de retratarnos el alma con humor; el poeta del pueblo, Wadis Echeverry y su sempiterno bastón de guadua; Duván Marín y sus lecciones donjuanísticas; Antonio Cifuentes y sus anécdotas sobre los bajos mundos; don José Jaramillo y su semblante de maestro sabio… y ya que me metí a dar nombres propios, pido disculpas por todos los demás que no he nombrado, ese es el indeseable riesgo de querer decirlo todo.
El viernes 29, todo el mundo a ganarse su estadía en las escuelas y colegios, incluyendo veredas y lugares apartados para tratar de contagiar a niños y a jóvenes de esta bendita fiebre de letras que nos acompañará hasta la tumba. A los poetas Duván Marín, Raúl González y yo, nos correspondió ir a Morritos, lugar donde se puede otear el mar de montañas donde estábamos y en él, algunos pueblos aferrados como un milagro. A lo lejos divisamos a Neira; tímida y lejana la ciudad de Manizales y por unos segundos, un velo de niebla dejó entrevé el Olimpo del Ruiz. Al mediodía, almorzando en un restaurante, los noticieros de televisión rompieron la disneylandia de nuestra visita para dar los pormenores de una boda real de cuyos nombres y lugares no quiero acordarme; que el papa anterior era canonizado en tiempo record y entre las noticias trágicas por la ola invernal en nuestro país, informaron que el escritor argentino Ernesto Sábato había muerto a pocos días de cumplir un siglo de edad.
¿Errores en el certamen?, tal vez los organizadores hayan notado alguno, por mi parte, no sé si por ingenuo, despistado o poco observador; a pesar de mi vocación de aguafiestas, mis sentidos se especializaron en apreciar solamente lo bueno y lo bonito. Aunque sí hubo algo que penetró nuestros oídos con aires de alarma de guerra, bombardeo, evacuación, tragedia; fue un sonido de sirena a las doce del día en el parque, justamente cuando uno espera que sean las campanas las que anuncien que el sol va en la mitad de su recorrido.
Gracias a Filadelfia y a su gente; un etcétera de admiración y un deseo de concluir estas palabras con un punto y seguido.

Rafael Aguirre
Escritor antioqueño
E. mail: [email protected]