24 de septiembre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Semblanza de Gaitán

9 de abril de 2011

Era un excelente abogado penalista, que en su tiempo no tuvo igual entre nosotros. Orador formidable, ejercía una influencia notable en los jurados de conciencia, institución democrática que desapareció de nuestro procedimiento penal por el temor a los mafiosos, temor que también trajo consigo figuras repugnantes como la de los testigos sin rostro. No era uno de esos personajes de hoy que ejercen su profesión en la radio, la televisión y los periódicos y que compran fiscales y jueces como si fueran mercancía barata.

Fue el más grande caudillo popular, el único digno de ese nombre. Entre el pueblo y él se creó una identidad, por lo cual no sería exagerado decir que cada uno de los liberales del común sintió que a él también lo herían las balas que acabaron con la vida de su jefe. Recuérdese que él había dicho: “Yo no soy un hombre. ¡Yo soy un pueblo!” Entre nosotros ha habido grandes oradores, que tienen qué decir y saben cómo decirlo. Pero ninguno ha tenido la facultad de comunicarse con las masas cómo él. Un episodio ilustra su dominio de las multitudes.

El 7 de febrero de 1948, gentes de todas partes se congregaron en la plaza de Bolívar de Bogotá, y en todas sus calles adyacentes, para exigir al presidente Ospina que pusiera fin a la violencia organizada contra el liberalismo. Hay que tener en cuenta que a partir del 7 de agosto de 1946, se había puesto en marcha un plan criminal para destruir las mayorías liberales y perpetuar en el poder la minoría conservadora. Esa era una estrategia perversa, copiada de los nazis, y especialmente de las S.A. que imponían el terror en Alemania. El discurso de Gaitán, llamado Oración por la Paz, es una obra maestra. Basta transcribir algunos apartes para apreciar su grandeza. Comienza así:

“Señor Presidente Mariano Ospina Pérez:

“Bajo el peso de una honda emoción me dirijo a vuestra Excelencia, interpretando el querer y la voluntad de esta inmensa multitud que esconde su ardiente corazón, lacerado por tanta injusticia, bajo un silencio clamoroso, para pedir que haya paz y piedad para la patria.”

Como la consigna era guardar silencio y agitar banderas negras, añadía el orador:
“Dos horas hace que la inmensa multitud desemboca en esta plaza y no se ha escuchado sin embargo un solo grito, porque en el fondo de los corazones sólo se escucha el golpe de la emoción.

“Señor Presidente: Aquí no se oyen aplausos: ¡Sólo se ven banderas negras que se agitan! Señor Presidente: Vos que sois un hombre de universidad debéis comprender de lo que es capaz la disciplina de un partido, que logra contrariar las leyes de la psicología colectiva para recatar la emoción en un silencio, como el de esta inmensa muchedumbre. Bien comprendéis que un partido que logra esto, muy fácilmente podría reaccionar bajo el estímulo de la legítima defensa.”
Y terminaba así:

“Señor Presidente: Nuestra bandera está enlutada y esta silenciosa muchedumbre y este grito mudo de nuestros corazones sólo os reclaman que nos tratéis a nosotros, a nuestras madres, a nuestras esposas, a nuestros hijos y a nuestros bienes, como queréis que os traten a vos, a vuestra madre, a vuestra esposa, a vuestros hijos y a vuestros bienes.

“Os decimos finalmente, Excelentísimo señor: Bienaventurados los que entienden que las palabras de concordia y de paz no deben servir para ocultar sentimientos de rencor y exterminio. ¡Malaventurados los que en el gobierno ocultan tras la bondad de las palabras la impiedad para los hombres de su pueblo, porque ellos serán señalados con el dedo de la ignominia en las páginas de la historia!”

Por desgracia, la barbarie siguió y el propio Gaitán fue una sus víctimas. Todo había comenzado el 5 de mayo de 1946, cuando la división del partido causó su derrota y determinó el fin de la República Liberal que estaba haciendo de Colombia un país nuevo. Hay que repasar la historia, aprender sus lecciones y buscar remedio a los males que nos aquejan.