8 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

«¡Hay que matar ese polocho…!» (1)

24 de abril de 2011

El mismo día, también en el municipio de Toledo -en el norte antioqueño-, tras caer en un campo minado, fallecieron dos niños. Su padre resultó herido. Estas despiadadas acciones han sido acolitadas por Ánderson, comandante del Frente 36, quien tiene una larga trayectoria en las Farc. Por ello, las autoridades ofrecen una recompensa de 500 millones de pesos.

De Ánderson tengo conocimiento desde cuando estuve secuestrado. Lo conocí mientras se desempeñó como uno de mis carceleros. Me llamó la atención su profundo odio por los militares, contra quienes ha desenfundado una venganza, aún en contra de los supuestos principios de la doctrina "fariana", pues incluso ha ejecutado a sus rivales por fuera de combate.

Los combatientes con los que compartí contaban una particular historia sobre él. Cuando pude fugarme, hablé con algunos de ellos, quienes ya estaban desmovilizados. Así pude precisar esa "telenovela de guerra" de la que es protagonista Ánderson. Tal vez ahora, en las montañas del norte de Antioquia, recuerde con menos nitidez los ojos -uno azul y otro verde-, de esa bellísima mujer que abandonó para siempre en la selva.

Es delgado, trigueño y de mediana estatura. Sus habilidades para el combate dejaban sin aliento a las mujeres de la tropa. Siempre lo vi como un hombre sencillo, pues a pesar de su alto rango, se enlistaba en la primera línea de fuego dispuesto a ayudar a sus compañeros. Hombre de confianza de Iván Márquez. Por eso entendí la tristeza de la tropa ante la noticia de su traslado al frente 36.

Las mujeres, los finos relojes de oro, pero el licor fue su talón de Aquiles. Según le escuché a sus compañeros, por ello fue alejado de la comandancia del Frente Aurelio Rodríguez, el que me tenía secuestrado. Sin embargo, la ausencia de Rubiela, un amor perdido en la guerra, fue lo que lo motivó a hundirse en el alcohol.

En agosto de 1998, Ánderson dirigió la toma a San Antonio de Chamí, un corregimiento de Mistrató (Risaralda). El ataque fue planeado días antes en uno de sus campamentos, con una maqueta del pueblo y mientras escuchaban la canción Mi suerte es llorar, de Luis Alberto posada, el cantante favorito del comandante. Aquella canción, sin saberlo, fue una profecía para él.

En el momento de la toma, Ánderson le encargó a Fredy, uno de sus hombres de confianza, cuidar a Rubiela. Años después, el mismo Fredy me contó cómo fue aquello, pues él se fugó de las Farc con una significativa suma de dinero.

En el fragor del combate Rubiela fue herida. Tenía una mano destrozada y un impacto de bala en el tórax. Cuando Ánderson se enteró, ordenó que mataran a uno de los policías que habían capturado durante el combate. "Hay que matar a ese polocho hijueputa", recuerda Fredy que le ordenó a Marquitos, el guerrillero que vigilaba al militar. Marquitos tomó su fusil y cumplió la orden. El 'polocho' al que se refería Ánderson era James Arenas. A Rubiela la sacaron moribunda del pueblo hasta que murió. Desde entonces, Ánderson se empecinó en no separarse de ella. Ese, es el otro doloroso capítulo de esta primera historia.