22 de septiembre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Ibuprofeno y acetaminofen para el cáncer

4 de abril de 2011

El pasado fin de semana se presentaron por enésima vez graves desórdenes con saldo de heridos y cuantiosos daños materiales, protagonizados de nuevo por hinchas de los equipos Nacional y Medellín, que más que seres humanos semejan perros y gatos rabiosos cada vez que se encuentran frente a frente.

Como ocurre con ciertas instituciones que se refugian en la trillada figura de “casos aislados” para justificar los desmanes o crímenes de sus integrantes – no se trata de “unos pocos desadaptados que no son hinchas”, como pretenden hacerlo creer, autoridades, gobierno y medios de comunicación
siempre que la condenable situación se presenta.

Son, sin duda alguna, seguidores de los equipos locales, fanáticos a morir, furibundos, pues no de otra manera se explica que se trate de aquellos que cual posesos, y de pronto animados por cualquier rara sustancia, brincan como endemoniados dos o tres horas agitando consignas a favor de su cuadro
preferido.

Nadie, en sus cabales, va estar tres, cuatro, cinco o más horas supeditado a ese enloquecido rito, si no es movido por una perniciosa pasión que después tratan de desahogar sea cual sea el resultado: o porque pierden o porque ganan.

No es mediante la “revisión del modelo de prevención y protección a la población de jóvenes e hinchas del fútbol” (?) según reza un galimatías difícil de entender e incluido en un comunicado oficial de la Alcaldía,
como se va a extirpar esa gangrena que ha venido acabando la verdadera afición futbolera, y que pronto la dejará en coma, si no es que ya está en ella.

Cada vez que estos antisociales disfrazados con camisetas rojas y verdes protagonizan la serie de hechos sangrientos y causan daños materiales a residencias, establecimientos e instalaciones deportivas, se guarda la esperanza de que por fin alguna de las tantas medidas que se anuncian profusamente, de resultado. Perro nada, cada día es peor la gangrena y lavergüenza.

Resulta ridículo que se destinen mil trescientos policías a cuidar un perímetro de cinco o diez cuadras a la redonda, mientras el resto de la ciudad queda expósito y a merced de la delincuencia en todas sus formas, con el agravante de que la exagerada movilización resulta estéril e inefectiva.

Peores plagas que los “hooligans” británicos no parecen haber existido en el mundo futbolero, y sin embargo fueron erradicados de los estadios europeos, eso sí, con determinaciones drásticas que incluyen la cárcel por varios meses o años, y no por escasas horas o minutos, prevalidos los maleantes de su condición de menores de edad.

Cómo es posible que a estos que los dirigentes de los equipos y los complacientes medios de comunicación califican de “unos pocos desadaptados”, se les decomisen armas blancas en alarmantes cantidades y hasta una granada de fragmentación?

Si ellos son los hinchas que necesitan los equipos para subsistir, valdría la pena que desaparecieran de una vez, con seguidores y todo, porque la tranquilidad e imagen de una ciudad de casi tres millones de habitantes no puede estar supeditada al accionar de un chusmaje de esta calaña.

No más ibuprofeno y acetaminofen para tamaño cáncer. La quimioterapia indicada es el cierre del estadio, que es de todos y no solo de los equipos y su caterva de antisociales; la celebración de partidos a puerta cerrada y la cárcel, siquiera por treinta días efectivos, para todos aquellos que sean detenidos como responsables de estos vergonzosos enfrentamientos.

Otra medida efectiva: prohibir los radios en las tribunas, pues muchos de los comentaristas con sus arengas, estentóreos gritos y enfrentamientos verbales, son también al final responsables del caldeado ambiente en que transcurren y terminan estos enfrentamientos.

Todo lo demás es prolongar la enfermedad terminal en que está sumido el futbol antioqueño y su entorno natural, el Atanasio Girardot.