26 de septiembre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

EL Panal de MIELES

2 de abril de 2011

Mientras el café hervía, comenzó a revisar los cuartos de su solariega vivienda, uno por uno, hasta hacer de memoria el más riguroso inventario de todos los enseres de la casa: desde el más pequeño hasta llegar al examen detallado de los ataúdes que exhibía en el cuarto de la esquina de su vivienda, donde funcionaba la Ebanistería y Funeraria, un arte convertido en negocio y que había recibido de sus padres y abuelos en un riguroso orden de sucesión a través del cual no sólo se heredaba el negocio en sí, sino todos los secretos del oficio:

—-“Usa siempre madera seca, este es el mayor secreto para fabricar muebles de calidad y únicos”, le decía siempre su padre, —“y no te apartes nunca de esta norma, le repetía hasta el cansancio, y mantendrás así, siempre en alto el nombre del negocio familiar”. Y él, como lo hizo su padre y el padre de su padre y a su vez el padre de éste, en una interminable cadena que llegaba hasta la más remota generación de artesanos mantuvieron viva esta enseñanza.

Al llegar al taller de Ebanistería – Funeraria, comenzó a contar los ataúdes que allí se exhibían y un sobresalto lo saco de golpe de sus recuerdos:

—-“Falta uno”—-, se dijo en voz susurrante, hablando consigo mismo y como si no quisiera despertar a los que dormían en la casa, —“falta uno”—, repitió, —-“ayer se hicieron cuatro y sólo hay tres”—-, repetía insistentemente, y ni el intenso olor a café a punto de hervir lo hizo volver a la cocina a bajarlo del fogón, ponerlo a “sentar” y tomarse el primer café de la mañana, como lo había hecho siempre en los últimos sesenta años de su vida.

Comprobado el robo, el abuelo, con una mezcla de tristeza, indignación y temor, no esperó que le Alcalde, Francisco Mora Ricaurte, llegará a su despacho, sino que lo abordó bien temprano en su casa y lo puso en conocimiento del caso y él a su vez mando a buscar al único policía de que disponía, un tolimense del que sólo recuerdo que le decían “justicia loca”, y lo puso al frente de la investigación.
Y la noticia comenzó a propagarse, a través de los medios periodísticos regionales; pero también de casa en casa, de boca en boca, de tienda en tienda, en el mercado y entre los asiduos visitantes mañaneros a los templos. Y cogió camino o mejor río, y muy pronto se supo en toda la Depresión Momposina, y llegó a Sincelejo, Cartagena y otros pueblos más lejanos.

A medida que se propagaba la noticia del robo, éste se revestía de connotaciones sobrenaturales: que era obra del demonio que había poseído a unos momposinos para que profanaran el lugar donde aparecieron los tres Cristos Milagrosos, y un número grande de explicaciones más, cuál de ellas más inverosímiles, y que muy seguramente con el transcurrir de las horas, harían del pueblo un hervidero de temor y de superstición.

Pero muy pronto el enigma comenzó a aclararse por las indagaciones de “justicia loca”, empezando con el conocimiento de otro robo, éste ya en la casa de una yerna del abuelo Uriel, Gloria Moreno, a quien le robaron cinco gallinas, una de ellas “echada” con quince huevos azules traídos de las sabanas; un caldero grande para hacer sancocho y unos palos de “leña de astilla” que tenían “emburrada” en el patio. Siguiendo la pista, a las cuatro de la tarde ya se tenía ubicado el ataúd en una tienda a la orilla del pueblo donde lo habían dejado empeñado por diez litros de “ñeque”, y se tenía plenamente identificados a los autores materiales del delito, entre los que se encontraban, “Pacho Culebra” y “Lucho Rana”, pero, como un desconocido pagó los daños y perjuicios causados, los indiciados, como se dice ahora, sólo duraron cuarenta y ocho horas detenidos.

Lo que nunca se supo fue la identidad de los autores intelectuales, pero se rumoraba incesantemente que éstos eran, un familiar muy cercano al abuelo Uriel con la complicidad de un grupo de amigos.