4 de marzo de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Aranzazu, desde el faro

20 de abril de 2011
20 de abril de 2011


Algunas fotografías desteñidas por el paso inexorable del tiempo muestran cómo era la Semana Santa de antes en Aranzazu. El columnista ha podido apreciar algunas, cedidas gentilmente por amigos que las conservan como un tesoro. Y destaca una cosa de ellas: todas las personas que ayudaban a cargar las imágenes en las procesiones vestían de un negro impecable. Los hombres con vestido completo, camisa blanca y corbata negra, cabello engominado, sombrero en la cabeza y bigote al estilo Chaplin. Las mujeres con vestido sastre también negro, peinado de moños y el tradicional manto negro cubriéndoles el rostro. Llevaban, siempre, una cartera en el brazo, como expresión de refinamiento y elegancia. ¡Ah tiempos aquellos!

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En Aranzazu algunas personas de edad recuerdan al padre José Ramón López Buitrago, que según el libro “Aranzazu, su historia y sus valores”, de José Miguel Alzate, asumió los destinos de la parroquia el 28 de febrero de 1939, en reemplazo de Carlos Isaza Mejía. Las semanas Santas de su época despertaban mucho fervor. Tanto, que las personas prestantes del municipio eran las encargadas de llevar sobre sus hombros las imágenes. En ese entonces, cuentan quienes recuerdan esos tiempos, las calles se  engalanaban con arcos y pinos en todo el recorrido de la procesión del Viernes Santo. En los balcones de las casas se exhibían hermosos arreglos florales. Y damas como Susanita Botero, Raquelita Gallo y Tinita Gómez convocaban con su entusiasmo para que la gente participara.

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Al padre Buitrago lo reemplazó el presbítero Simón Zuluaga Giraldo, que asumió los destinos de la parroquia el 13 de marzo de 1956. Un año más  tarde de su llegada al pueblo convenció a los feligreses de que la iglesia era insuficiente para albergar a los fieles. Entonces emprendió los trabajos para construir la nueva iglesia, ese armatoste que hoy invade el parque. ¿Cómo fueron las semanas Santas de su tiempo? La misma religiosidad, la misma fe católica, la misma expresión cristiana de siempre. Don Saturnino Molina, el mismo de las comparsas en las Fiestas de la Cabuya, era el encargado de la decoración de las imágenes. Había mucho colorido. Y, sobre todo, mucho recogimiento.

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Otro de los sacerdotes que le imprimieron a la celebración de la Semana Santa mucha mística fue el padre Ramón Alzate Rivera, que llegó a Aranzazu en enero de 1963, procedente de Pensilvania. Este levita inculcó entre la feligresía principios de religiosidad. Para el Sermón de las Siete Palabras adornaba la iglesia de manera esplendorosa. Para escuchar sus palabras explicando lo que dijo Jesús en la cruz antes de morir, el templo era insuficiente. Cuando la procesión del Viernes Santos se iniciaba, todos los negocios de venta de licor cerraban las puertas. Impuso el silencio musical durante los días jueves y viernes. Sólo podía escucharse música sagrada. Y los acólitos hacían sonar las matracas por las calles para convocar a las celebraciones religiosas.

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Con el padre Aníbal Pulgarín, que se posesionó como párroco el 11 de enero de 1970, la celebración de la Semana Santa cambió un poco. El viacrucis empezó a celebrarse en vivo. Desde un tablado, Aníbal Salazar Soto hacía las veces de Herodes. Y dictaba sentencia contra Jesús, que en 1970 fue encarnado por Nepomuceno Zuluaga Montes, en una representación magistral. ¿Quién hizo de María? No lo recordamos. Pero fue, la de ese año, una de las Semana Santas más recordadas. Todavía vivía Aristóbulo Alzate, que era uno de sus organizadores. Y existía el Bar Capri, y el Bar Popular de Bernardo Salazar, y el almacén de Diego Velásquez enseguida, y donde ahora funciona la fuente de Soda El Parque quedaba el almacén de Javier Pérez, y enseguida la cacharrería de Gualdrapa, y en el local donde funciona el negocio del mocho Alzate quedaba el almacén de Alfonso Hoyos, y donde ahora queda el Bar Ganadero de Darío Muñoz funcionaba el almacén de telas de Gonzaga Hoyos.

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¡Ah tiempos aquellos! No se podía tomar aguardiente mientras pasaba la procesión de once. Sin embargo, personajes como los hermanos “Cuco” y “Míster”, cuñados de don Víctor Gómez, que era entonces personero municipal, se las ingeniaban para tomarse sus tragos. Lo mismo hacían Gelasio Cortés y  Gabriel Serna, “Grillo”. Mientras tanto, los enamorados de entonces tenían que esperar a que abrieran el Salón Gloría,  o la Macarena, o el Guadualito, para entretenerse tomando cocacola. Don Arsenio Moreno, que tenía un negocio de paletas y cremas en los bajos de la casa de don Julio Rivera, el papá de la bala, hacía su agosto una vez terminaba la procesión. Y Preseras, en el salón San Marino, vendía aguardiente a lo desgualetado. Y Rubén Gómez, que administraba el Almacén Variedades, se reía echando cuentos mientras el padre Tamayo lo miraba con cara de pocos amigos.

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La Semana Santa era la disculpa para visitar Aranzazu. De todas las ciudades de Colombia llegaban los hijos ausentes para visitar a la familia y, de paso, tomar aguardiente. César Montoya Ocampo no faltaba en el pueblo, ni en Cachipay. Armaba tremendas parrandas, amenizadas por la banda de Juan Crisóstomo Osorio. Y José Miguel Alzate, que entonces no se había revelado como magnífico escritor, llegaba de Bogotá a visitar una novia que tenía por los lados de la Puerta del Sol; una Semana Santa fue conducido a la cárcel por dos horas porque en medio de una rasca insultó a un policía. El Padre Alzate tuvo que ir a sacarlo. Y Evelio Giraldo Ospina, que ya trabajaba en el Noticiero Crónica de Radio Manizales con Orlando Cadavid Correa, venía a exhibir un Volswagen amarillo que había comprado. Y el poeta Javier Arias Ramírez llegaba para pasearse con garbo por la calle principal. Y la mujeres bonitas de entonces (Amparo Vásquez, Doralba García, Ligia Ramírez, Doris Alzate, Ana Hoyos, Martha Cecilia Montoya, Amanda Gómez, Amparo Alzate Salazar) exhibían su belleza convirtiéndose en un sueño imposible para los muchachos de entonces.