17 de septiembre de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

Un penalista eximio

10 de marzo de 2011

Tovar es -también- un orador clásico. Maneja la palabra con exquisitez, exalta su contenido, la domina en el arrebato, la reduce cuando quiere, la horizontaliza cuando utiliza los detalles. Maneja sabiamente el idioma en las tribunas. Pero además, fulge su profunda cultura. Cantidad incalculable de libros han pasado por la retina de sus ojos, y muchas memorias tiene almacenadas en el baúl de los recuerdos. Aprovecha su conocimiento de los clásicos, la absorción que ha hecho de los autores contemporáneos y, naturalmente, su familiaridad espiritual con los maestros de la criminalística, para entregarnos una prosa de mesurado colorido que fluye de inagotable manantial. Ya lo escribió Ángel Osorio en "El alma de la toga": "Si el abogado no es orador y escritor, no es tal abogado".

El penalista es, básicamente, un intuitivo. Cuando conoce la historia de un ilícito, sus bagatelas adjetivas, los perplejos y secos monosílabos del encausado, las zonas grises que trata de esconderle a su defensor, éste, con olfato certero, de inmediato encasilla los hechos en un exacto tipo penal. Es la sagacidad que capta en una mirada o en un torpe movimiento de manos, o en el diálogo con suspensos de miedo, lo que le permite la comprensión del drama. Mas su decantada experiencia. Sí. Los años curten, la malicia vislumbra, las equivocaciones previenen, la erudición desbroza caminos.

El abogado penalista debe vivir en todas las dimensiones. No se puede comprender el drama de Otelo si el jurista es apenas un charlatán de libros, sin haber padecido nunca, en carne propia, el martirio de la inseguridad sobre el comportamiento de la mujer amada, el sofoco de las esperas, la desgarrante persuasión de una amarga certidumbre. Debe dominar el espectro de los gigantes demonios que, desde siempre, atormentan a los pobres mortales.

Tovar Marroquín ha sido abogado de las causas desesperadas. Cuando otros colegas no dan más, cuando se han recorrido todos los caminos y se está frente a un catastrófico desenlace, cuando una junta de jurisconsultos conocedores de las farmacopeas legales han cerrado un proceso por estar perdido, aparece el astuto Tovar, con atrevidas y salvadoras soluciones. Surge, entonces, el jurista, penetrante y minucioso, escudriñador de puntos y comas, mensurador de normas, rebuscador de circunstancias seductivas y, con pinzas milagrosas, rescata del infierno al infortunado cautivo.

Si Ortega y Gasset maneja sabidurías orquestadas, Tovar es sinfónico, profundo en el manejo de la prueba, científico en la aplicación del derecho. Sus defensas son, casi todas, en Tribunales y en la Corte Suprema de Justicia.

En Colombia unos pocos se roban el prestigio. Pasan de Fiscales al litigio, de Procuradores a la conformación de carteles de chupatintas, en la más insólita simbiosis de conductas contradictorias. Nombran sus compinches, halagándolos con desmesurados privilegios. Cuando a esos heliotropos se les acaba la nómina, salen a ejercer la profesión encontrando que sus amigotes son los que administran justicia. No es difícil suponer la genuflexión de éstos a través de providencias agradecidas.

Nunca se acaba de aprender. Todo en la existencia es un estudio sin final. Después de saturarnos de Carrara, de imbuirnos en las teorías de Lombroso, de espigar sapiencias en los libros de Alfonso Reyes Echandía, y de tantos más, llegamos al estuario sorprendente de Hugo Tovar Marroquín, pedagogo y alumno a la vez, para sentar cátedra y recibir humildemente lecciones de la vida. Solo así se puede ser un penalista de verdad.