22 de septiembre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Los sórdidos anónimos

16 de marzo de 2011
16 de marzo de 2011

Primero se alientan por el anonimato con alias vergonzantes y de contera utilizan un sórdido lenguaje.

Es bueno que las redes sirvan para opinar y controvertir, si es necesario, pero no con  verborrea procaz. La Internet homologó a todos los usuarios y los puso al nivel de los grandes inversionistas en medios. Con un computador y una conexión basta para ganarse el mundo.
Al leer ciertos asiduos del editorial de la Crónica del Quindío se encuentra una desagradable ruindad.
 
Estar o no de acuerdo con las opiniones del editorialista es un derecho inalienable pero la contaminación que generan algunos comentadores es de una pobreza tal que se debiera tomar precauciones tecnológicas para evitar los insultos.
 
Que no se diga que se va a atentar contra la libertad de opinión, no, por el contario, lo que se necesita y con urgencia es depurar el libertinaje de algunos que muestran a las claras su origen y ralea.
 
No hay mejor manera de deleitarse con el debate y la controversia que de frente y con argumentos.
 
En los últimos meses desde que se tejió un chisme facineroso en contra de quien tiene responsabilidades editoriales, unos menguados mentales se han dedicado a ofender cuanto se dice en esos escritos con el menoscabo de quienes así actúan porque dejan entrever a las claras quiénes son y de dónde provienen.
 
Aquí somos combatientes y no despreciables con ciertas argumentaciones de los escritos del director del periódico local pero de allí a la ofensa proterva y la indelicadeza verbal hay un gran trecho.
 
El llamado clamoroso para “hacer algo para sanarnos” no debe estar dirigido a mentes torcidas porque estos jamás alterarán su vil comportamiento.
 
Bienvenida la controversia frontal y, agresiva si es necesaria, pero con decoro y formalismo ético.
 

No hay por qué preocuparse; quienes leen esas porquerías saben sus orígenes y la ruin frialdad de sus actitudes arropadas por el vergonzoso manto del impune anonimato.