24 de septiembre de 2021
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Orlando Cadavid Correa
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Humanos contra la corriente

21 de marzo de 2011

Ante la sorpresa de los demás, los cincuenta operarios de la planta nuclear de Fukushima optaron por una alta posibilidad de morir o de sobrevivir condenados al cáncer o a cualquiera de los destrozos de la radiación, y allí están, prestando un servicio al que muy pocos se atreven. Para ellos,  hay algo que vale más que la vida. ¿Qué?

¿Las vidas que pueden salvar si impiden la fuga de radiactividad, enfriando los reactores? ¿O vale más la obediencia a su conciencia que les ordena cumplir su deber? ¿Quizás el deseo de ocupar ese nicho iluminado en el recuerdo de los suyos, o de sus compatriotas, o del mundo? ¿Es acaso el impulso ciego de los kamikazes?

Cualquiera sea la razón, dentro de esta cadena de desastres, ellos son la nota distinta para los periodistas, la débil esperanza para sus compatriotas, un signo positivo para la humanidad; son personas que le demuestran al mundo que el ser humano, a pesar de todas sus perversiones y sordideces, no ha fracasado.

Al vivir a contracorriente, los héroes revelan lo mejor de la condición humana pero, es paradójico, para hacerlo se convierten en transgresores que no se someten a las leyes del sentido común, que guía a la mayoría de los miembros de la sociedad humana. Cuando la norma es preservar  la vida humana como el bien mayor, ellos la ponen en riesgo. Cuando el ideal es tener una vida holgada y tranquila, ellos se someten a las altas temperaturas, se asfixian en la incertidumbre de si la estación nuclear estallará en algún momento del día o de la noche, y conviven con el pensamiento de que nunca más volverán a ver a los suyos.

Los que examinan en detalle a estos personajes, los de Fukushima, los de Troya y todos los demás que en la historia fueron clasificados como héroes, los dividen en dos categorías: los que viven y mueren por un ideal, religioso, científico, patriótico, militar. Son hombres obsesionados por un ideal.

Hay otros héroes que viven para servir a alguien y sacrifican todo con ese objetivo. La madre Teresa es una heroína de esa clase, los próceres de nuestra independencia lo  fueron ayer. Cuando Zvetlan Todorov examinó el panorama humano de los campos de concentración descubrió un singular perfil de héroes entre los prisioneros que, a pesar de las terribles condiciones de esos lugares, mantenían independencia interior, valentía, desprendimiento, que no se manifestaban en acciones brillantes sino en comportamientos grises, en rutinas diarias de apoyo a los demás, de conservación de su dignidad, calidades que en aquel ambiente sórdido iluminaban e inspiraban. Ese heroísmo consiste, decía en el ghetto de Varsovia uno de los judíos entrevistados por Jean-François Stern, más que en el coraje de morir, en el coraje de vivir”.

Los operarios japoneses no son suicidas. Acogen todos las normas de supervivencia en una situación infernal, porque saben que serán útiles en tanto se mantengan vivos; no descartan la posibilidad de morir –y la probabilidad es alta–, algunos de ellos han muerto, pero los anima el coraje para vivir, que puede denominarse una valentía mayor que la disposición para morir.

Aquel operario de 65 años que calcula la vida que le resta será insuficiente para desarrollar los males de la radiación puede ser alguien que le busca significación a sus años últimos y que pretende sobrevivir en la memoria de los suyos. A lo mejor no se lo formula así y ni siquiera se sabe héroe. Pero su hija no lo duda y los que leemos esa reconfortante noticia en que se asoman los héroes de nuestro tiempo, tampoco lo dudamos.
Entre la tristeza y desolación que cunden en Japón, estos hombres reconcilian con la condición humana.El Heraldo.