26 de septiembre de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

¡Ay!, mijo, protéjamelo bastante…

6 de marzo de 2011

Detrás de Isaza hay una historia dura, humana y reconfortante. Un día, cuando ya era guerrillero, se miró en el espejo y vio que ese rostro que se reflejaba no era el suyo. La sangre salía a borbotones, el ojo izquierdo bailaba desorbitado, el pómulo era un agujero que dejaba entrever la quijada y los dientes un sembrado de astillas ensangrentadas; la bala impactó en el hombro derecho, cruzó incontenible el cuello y salió por la mejilla.

Pese al dolor y a la conmoción provocada por la herida, Isaza buscó el pequeño espejo que llevaba en el bolsillo derecho de su camuflado. Como no encontró nada alentador determinó entonces que la muerte era su única salida; por ello puso la boquilla fría de su vejo fusil AK-47, en lo que le quedaba de mandíbula.

Para mi fortuna, Chilapo , otro guerrillero, le arrebató el arma. Esto ocurrió en San Antonio de Chamí, corregimiento de Mistrató, Risaralda, durante un combate con el Ejército, en 2001, siete años antes de que me ayudara a escapar. Desde que entró a las Farc a la edad de 13 años, Isaza demostró ser hábil y valiente en el combate. Se vanagloriaba que lo habían nombrado ranchero y guardia de Iván Márquez , encargos que no recibía cualquiera.

"No, este man ya no se salva. Báñelo y cámbielo para que se muera limpiecito", dijo Morro al verlo moribundo. Morro era el comandante del frente guerrillero y quien ordenó mi secuestro. Sin embargo, lo llevaron hasta el Hospital San Jorge de Pereira. Luego, mientras se recuperaba, fue capturado. Desde ese momento emprendió un peregrinaje durante 32 meses por distintas cárceles del país.

Un tío que vivía en Manizales lo recogió a la salida de la cárcel. Allí, Isaza vio a un par de hombres que reconoció como paramilitares, integrantes del Bloque Héroes de Pipintá. En medio de la balacera logró escaparse.

Después del accidente y cuando estuvo ya recuperado, Morro mandó de nuevo por él. La idea de Isaza de fugarse comenzó a gestarse desde tiempo atrás y maduró como una decisión irrevocable cuando lo nombraron mi carcelero. Meses antes, cuando habló telefónicamente con su madre, ella le había preguntado si sabía algo de mí. Le dijo que nunca me había visto. "Ay, mijo, -le rogó ella- si lo ve, dígale al señor Luis Cano que muchos saludos míos; protéjamelo bastante".

Aunque las palabras le quedaron rondando en su mente, Wilson Bueno Largo, alias Isaza, desconocía el porqué su madre le manifestó eso. Años antes, cuando yo hacía política, había intercedido por ella para que la contrataran como cocinera en uno de los comedores de su vereda llamada Costa Rica, un poblado indígena y uno de los más pobres del municipio de Riosucio, del departamento de Caldas, y le construyeran una vivienda. A ello se debe la gratitud de María Largo y de su esposo, cuyo nombre de pila es, como un mandato divino, Espíritu Santo Bueno.

Morro le dio a Isaza el mando y le confesó cuánto confiaba en él. "En caso de una emboscada, mate a ese viejo", indicó Morro.

En junio del 2008, Isaza asumió como el carcelero número 17. Ahora está refugiado en París, disfrutando de los mil millones de pesos que le entregó el Gobierno, en cabeza del entonces Ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, como recompensa por regresarme a la libertad. Ocho de esos 20 últimos carceleros fueron fusilados por orden de Rubin Morro, en represalia por mi fuga.