28 de septiembre de 2021
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Orlando Cadavid Correa
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Los cuatro argonautas

17 de febrero de 2011

El 20 de septiembre de 1953 acudían todos disciplinada y fervorosamente a un acto académico en campo santo del que era único expositor el Maestro Silvio Villegas Jaramillo, quien en su alada prosa evocaba a los que llamaba “Los argonautas del ideal”: el inmolado Eudoro Galarza Ossa, el suicida Bernardo Arias Trujillo, el adalid Aquilino Villegas Hoyos y el visionario Alfonso Villegas Restrepo.

En su maravilloso estilo tan particular el orador situaba a los presentes y a los ausentes  en el lugar preciso de la reunión: “Esta Avenida de Las Araucarias encierra ya demasiada vida para nosotros, Por aquí hemos visto desfilar nuestros muertos amados, nuestros padres, nuestros compañeros de estudio, maestros, sacerdotes y magistrados, tantos amigos del alma con quienes  tenemos que hablar todavía muchas cosas”, y procedía a “convocarlos sin amargura y en vez de dolernos y plañirnos procuremos imitar sus virtudes, aprovechar sus enseñanzas y conservar amorosamente su memoria”.

El único caldense de “Los Leopardos” se desparramaba en prosa para resaltar la procedencia de la actividad que le tocó en suerte al cuarteto:

“Entre las profesiones  que le es dado escoger al hombre eligieron ellos seguramente la más útil, después del sacerdocio; orientar la voluntad y el pensamiento  de sus conciudadanos.  Sabios, filósofos, santos, magistrados, guerreros, han tenido que apelar a la prensa para cumplir cabalmente su misión humana, y el poder de esta ha llegado a ser tan inmenso como las diabólicas creaciones de la química moderna.  Periodistas fueron el precursor de la independencia, el Padre de la Patria, los fundadores de la república, sus legisladores y gobernantes, y lo son hoy sus más autorizados conductores.  Esta profesión supieron ejercerla con altivez y decoro los compañeros que venimos a honrar, almas insobornables a quienes no detuvo sino la muerte”. Y procedió el orador a hacer la síntesis de cada uno:

“Eudoro Galarza Ossa nació en un chivalete y se alimentó con tinta de imprenta.  El periodismo fue su facultad dominante y a él se consagró con alma, corazón y músculo.  Su aprendizaje de escritor lo hizo desde las noticias sociales hasta la columna editorial.  La franciscana pobreza que llevó con dignidad de hidalgo no le permitió una formación  universitaria, pero fue un autodidacta que aprovechó todas sus horas para adquirir los variados conocimientos que exige el periodismo moderno.  Especialmente se destacó en la crítica literaria, afrontando sonoros de política en cuyas doctrinas se había formado, se lanzó al sangriento estadio de la oposición con el arrojo de los  gladiadores antiguos.  Desde entonces no se dio ninguna tregua  ni reposo.  Cada día era el comienzo de una nueva batalla.  Su prosa, como los aceros de combate, era ajustada, estricta, sin arandelas que impidieran el triunfador avance.  Y murió en el campo de batalla, doblado sobre los propios chivaletes que le sirvieron de cuna”.

“Bernardo Arias  Trujillo fue escritor de raza, un “panfletista a caballo”, un príncipe de la lengua.  Montado en el indómito corcel de  la palabra corría los más difíciles itinerarios, bordeaba todos los abismos, y saltaba todos los obstáculos.  

Alma atormentada, vagó por el mundo con apasionados ojos, gustando todos los placeres, afrontando todos los peligros, mordiendo todos los frutos prohibidos.  En verdad fue un epicúreo, nacido para el placer.  Pero tan ricas experiencias humanas desembocaron  en el  estuario de su  estilo, y dejó obras que valen por el estremecimiento y por la pasión, como “Risaralda”, que sigue siendo nuestra mejor novela regional.  Su prosa canta, solloza, suspira y danza como el viento entre las ramas  de este hechizado paraje.  Un día evocó al Libertador en cuatro retablos inmortales, himnos apasionados de amor y melancólicas elegías, escritas con palabras atenuadas como hilos de plata, como el sonido acariciador de los carillones del crepúsculo”.

“Aquilino Villegas Hoyos fue el maestro de varias generaciones y la suprema expresión del genio de esta raza.  Nacido para la lucha, formado en la tormenta, todavía resuena en estas montañas  el galope  formidable de su corcel belígero.  En su ardorosa juventud fue a la guerra civil, en la cual conquistó presillas de coronel, atravesó ríos y dominó cordilleras, comió el pan escaso del soldado, se hundió en el lodo y en la sangre de los campamentos  conoció la alegría de la victoria y la trágica desolación de la derrota. El país no ha tenido seguramente en este siglo un periodista más completo.  Su columna editorial era una cátedra de sabiduría y de belleza. Murió como había vivido: con la pluma en la mano”.

Alfonso Villegas Restrepo, el fundador de El Tiempo, escritor de inagotable ingenio, animador y maestro de las más brillantes generaciones colombianas. No quería esclavos sino hombres libres. Escritor incisivo, cruel, directo, se batía contra todos y contra todo.  Fue una pesadilla para sus adversarios que le decretaron “la conspiración del silencio, olvidándose que él ejercía con su pluma la dictadura del talento. No le faltó nunca el decoro del idioma. Sus editoriales de combate eran pequeñas obras maestras. Escritor profundamente incorrecto, dandy y esteta, destrozaba la sintaxis y desdeñaba la gramática. Su musa fue la retórica y su prosa un surtidor de fuego. Altivo, orgulloso digno, procuró ser un grande hombre para sí mismo, y nunca se preocupó de la opinión de los demás”.

La apostilla: Celebramos que la vieja PAM le haya devuelto a la ACOPI el usurpado derecho a premiar con picos y placas a los pequeños industriales manizaleños y que ahora se dedique a la encomiable misión de hacerle un merecido reconocimiento al Maestro Efraím Osorio López, el gran filólogo de la comarca, quien todos los martes, en sus Quisquillas de LA PATRIA, nos hace la mejor aduana a todos los que usamos y abusamos de nuestra bella lengua castellana.  ¡En hora buena, Don Efra!