19 de septiembre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Cine: ¡bravo!

26 de febrero de 2011

En esto coinciden numerosos directores. Por eso la gran proeza de Arbeláez fue haber puesto a un grupo de niños a actuar como si no fueran actores sino como si estuvieran viviendo sus propias historias. Ellos son el alma de la película.
Los colores de la montaña no es una película sobre el conflicto. No es tampoco una historia sobre el desplazamiento incesante de campesinos hostigados y amenazados por la guerra que libran fuerzas del Estado, guerrillas y paramilitares. Es una gran primera película de autor sobre los niños de una aldea, a quienes la guerra, pese a su amenaza constante, no consigue expulsar de la felicidad de sus juegos ni del rito de la amistad.
Arbeláez concibió una historia sencilla con personajes elementales: adultos que tienen conciencia de la guerra y la sufren, niños que siguen viviendo en la inocencia de la edad. No hay patetismo ni denuncias indignadas en la construcción de este relato. La escena en la que una mina quiebrapatas explota al paso de un marrano, es de un gran impacto tragicómico.
A guionista y director le bastaron dos escenas de violencia: la explosión de la mina y la devolución a su pueblo del cadáver de un campesino torturado por los “paras”. El resto de la película transcurre en un clima de tensión magistralmente convertido en suspense.
Este conmovedor paisaje de niños con guerra de fondo va a quedarse como una de los grandes logros del cine colombiano. Si uno de las debilidades de nuestro cine, superadas en los últimos años, ha sido la inconsistencia de sus guiones y la falta de naturalidad de sus diálogos, en Los colores de la montaña, por el contrario, guión y diálogos son una de sus fortalezas. No hay un solo momento de duda sobre la verosimilitud de esta historia.
En los felices momentos de tensión de la película sentí el pálpito acelerado del corazón y la humedad de mis ojos. No pude en ninguno de esos momentos reprimir la emoción de estar asistiendo a una película de belleza turbadora y talante trágico. Las pocas escenas que provocan la risa, son delicadas, irónicas expresiones de la amistad y la solidaridad que muestran estos niños en sus juegos.
En esta extraordinaria película de violencias más subterráneas que explícitas, los niños no juegan a héroes. Juegan a recuperar un balón en un campo sembrado de minas unipersonales. Juegan en el centro de un escenario recorrido por guerrilleros y paramilitares y sobrevolado por helicópteros del Ejército. La película transcurre desde la mirada de los niños. Y esta es, entre otras muchas, una de las virtudes que vuelve excepcional la opera prima de Arbeláez. El Universal.

*Escritor