17 de mayo de 2022
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

¿Suspender los carnavales?

17 de diciembre de 2010

Hasta un cachaco inteligente rechazaría la idea de suspensión carnestoléndica por razones económicas. Son miles de familias las que dependen del Carnaval para subsistir buena parte del año. Suspenderlo agregaría más tragedia, respondería a la muerte con la muerte y resultaría paradójico, porque es el Carnaval el que suspende la realidad y no lo contrario. Y lo hace porque –en medio de las opresiones y las tragedias del diario vivir– el alma de la gente necesita respirar en libertad, reconstruir sus sueños, alimentar su potencialidad, renovarse. El Carnaval es demostración pública y unificadora de que podemos dejar de ser lo que somos y transformarnos.

El Carnaval es ficción y posee el eterno optimismo de Joselito: morir para nacer de nuevo.
En carnavales el ser humano busca olvidar aquello que lo acosa en su cotidianidad, lo que imposibilita su libertad y su derecho a reinventarse. Prohibirlos no solo es decretar la permanencia física y mental de una vasta población en la tragedia sino negar a la misma su capacidad de distanciarse del sufrimiento, de consolarse, de soñar en compañía y de expresarse, porque si algo hay en el Carnaval es opinión pública.

Colombia es uno de los países más injustos y violentos del mundo y tiene, tal vez por eso mismo, el mayor número de fiestas. El dolor y las angustias buscan sus válvulas de escape, y la más grande entre nosotros es la del Carnaval.

Cómo ignorar la situación de tantos damnificados y de sus niños. Afectadas por el invierno, hoy o mañana, esas familias empezarán a soñar con reconstruir su hogar porque están vivos y crecen. Necesitan, claro, alimentación y vivienda, zapatos y ropa, pero también recuperar su sonrisa, entretenerse, alejarse de la tragedia, acercarse al Carnaval, ritual colectivo que cohesiona la tribu en una manera optimista de ser. El hombre es el único animal que ríe y que da risa, y los caribes solemos quizás reír más que nadie porque como nadie padecemos y tememos el dolor. Asumimos la muerte como parte de la vida y la sacamos a bailar en carnavales, donde nadie muere y, si muere, resucita.

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Un respetable concejal proponía en estos días aplicar un impuesto al Carnaval y destinar esos recursos a los afectados por el invierno. Desde aquí proponemos pensar en grande y destinar un pequeño porcentaje, por ejemplo el 1,5% del impuesto de Industria y Comercio a nuestro patrimonio universal, el Carnaval de Barranquilla, y fortalecerlo como una fiesta popular que incluya como actores del mismo a los pobladores del Atlántico, afectados o no por el invierno.
Yo no sé mucho de esto, pero si nuestros carnavales son patrimonio universal, algo debería estar haciendo el mundo por nosotros. Y si somos, por lógica, patrimonio nacional, deberíamos también recibir recursos del Estado. Pero lo que sí nos toca es ser barranquilleros y, representados en nuestro alcalde, reconocer que el Carnaval es nuestro mayor patrimonio, honrar este principio como sagrado y aprobar el impuesto. De ese modo, nuestra fiesta popular podrá recuperar, estoy seguro, antes que nuestros ríos, su cauce verdadero.El Heraldo.