24 de abril de 2024

Mi personaje del año

18 de diciembre de 2010

Édgar Rentería, que se convirtió en la gran estrella de los Gigantes de San Francisco, y Shakira, que se consagró como la superestrella de música internacional.

A esa lista se podrían agregar los nombres de Germán Vargas Lleras, el ministro más destacado del Gabinete; Armando Benedetti, quien con buen tino puso a marchar al Senado de la República; Antonio Celia, que se consolidó como el gran líder empresarial de la Región Caribe, entre otros.

Pero no hay duda alguna de que es el invierno el gran protagonista del año que está a punto de terminar. Difícilmente podremos olvidar el desastre causado por la ola invernal que se ensañó contra el país y que ha dejado -porque sigue sin amainar- más de dos millones de personas damnificadas y hasta ahora daños cuantificados en cerca de 12 billones de pesos. No hay un solo Departamento que no padezca los efectos de la catástrofe. Las pérdidas se acercan a 1.2 por ciento del producto interno bruto, cifra exorbitante que, necesariamente, deberá ser cubierta con multimillonarias adiciones presupuestales, un mayor endeudamiento y con la venta de activos, como podría ocurrir con una porción significativa de Ecopetrol, situación que, inobjetablemente, condicionará los planes de desarrollo de los próximos años, porque la dura realidad indica que a Colombia hay que reconstruirlo.

Pero el invierno es el gran protagonista del año porque su arremetida infernal desnudó la ineptitud de una clase dirigente que jamás previó las consecuencias que podría tener una temporada lluviosa como la que ahora padecemos. El invierno demostró que nuestras carreteras y autopistas son de papel, nuestros diques tienen la porosidad de una galleta de soda, nuestras corporaciones autónomas regionales terminaron siendo fortines políticos y cueva de avivatos, nuestra sensibilidad ambiental es nula y que el tema de la deforestación y la tala de bosques ocupa el último lugar en nuestra agenda de prioridades.

El invierno corroboró, además, que la capacidad de reacción de nuestras autoridades es todo menos eficaz. En fin, el invierno evidenció que estamos lejos de alcanzar el estado de gracia que tienen aquellas naciones que han podido dominar a la naturaleza y no que son dominadas por ésta.

Es obvio que un desastre natural deja secuelas graves en una nación, pero la diferencia entre una desarrollada y otra que está lejos de serlo, es que la primera tiene la capacidad de reaccionar con inmediatez y toma medidas previas con el fin de resistir el impacto del fenómeno natural, cuando éste se presente. Las otras, como Colombia, son fácilmente avasalladas por la catástrofe natural, sin importar si se trata de una tragedia de una gran magnitud, como ocurre con el invierno actual, o una de una dimensión menor. Para nosotros cualquier fenómeno natural será siempre una gran desdicha.

Y ello es así porque la tragedia natural saca a flote la enorme corrupción que tiene capturada a nuestras administraciones locales, regionales y nacionales. O si no, ¿por qué no hay jarillones lo suficientemente fuertes que resistan la embestida de las aguas?, ¿por qué no hay puentes que soporten la arremetida de la corriente?, ¿por qué no hay sistemas efectivos que permitan hacerle frente a la crisis humanitaria que acompaña la ola invernal?, ¿por qué no hay hospitales para atender a los enfermos, no hay albergues donde alojar a las decenas de familias damnificadas, no hay vacunas para evitar que se mueran de tétano, no hay en nuestros pueblos ribereños equipos de evacuación para movilizar a las familias antes de que las aguas las arrastren?
En fin, el invierno es mi personaje del año porque nos marcó para siempre, pues ya nada será como antes, sobre todo en aquellas poblaciones donde las aguas se llevaron lo poco que tenían sus habitantes. Pero, sobre todo, el invierno es mi personaje del año porque evidenció que, en el caso colombiano, quien tiene la menor responsabilidad en una tragedia natural es precisamente la naturaleza. El Heraldo.