14 de mayo de 2021
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El Gran Libro del Bicentenario

10 de diciembre de 2010
10 de diciembre de 2010

santosEn verdad, hoy la naturaleza parece haberse ensañado con el pueblo colombiano, pero sabemos que no es así.

Somos nosotros, los humanos, los que hemos obrado en contra de nuestro planeta, y estamos pagando las consecuencias en la forma del cambio climático que a todos nos afecta.

Así me lo hicieron saber el 7 de agosto de este año los mamos de la Sierra Nevada, allá en Santa Marta, cuando acudí ante ellos para celebrar una ceremonia simbólica de posesión.

Ellos, que se llaman a sí mismos nuestros hermanos mayores, me dijeron ese día que la naturaleza no hace otra cosa que defenderse, y que está en nuestras manos, ¡sólo en nuestras manos!, enmendar el camino y preservar la humanidad.

Ojala que allá en Cancún (México) hoy oyeran ese mensaje.

Pero la frase de Bolívar nos indica algo más: Nos muestra el talante idealista, valiente y romántico de los gestores de nuestra libertad, capaces de enfrentarse con el puño en alto a fuerzas sobrehumanas.

Bien dice el profesor británico Felipe Fernández-Armesto –en el libro que hoy se presenta– que las revoluciones hispanoamericanas, más que ser una consecuencia de la Ilustración, son una muestra de la influencia del Romanticismo que predominaba en aquella época.

Es más: el historiador aventura la tesis de que el romanticismo nació en Suramérica y, concretamente, en el Nuevo Reino de Granada, en el siglo dieciocho, cuando el arte se alió con la ciencia en esa gran empresa de apropiación de nuestro territorio, como fue la Expedición Botánica.

Por fortuna, las grandes empresas románticas no han dejado de producirse en Colombia.

Una de ellas fue el Encuentro Internacional con Nuestra Historia, que se realizó en Cartagena hace poco más de un año, con la participación de los más destacados historiadores nacionales y extranjeros.

Cuando me enteré de su celebración, me asombró la dimensión y el alcance de este evento académico.

No es usual que se reúnan en un solo acto más de 25 expertos, para analizar el proceso de independencia de nuestro país y de varias naciones de América Latina, que ocurrió hace dos siglos.

Posteriormente supe que estaba preparándose una publicación con las memorias de dicho encuentro, y aplaudí la iniciativa.

Siempre he considerado que lo más importante de las reuniones académicas es que sus conclusiones, sus debates, sus análisis, resuenen en la colectividad, en la sociedad, y lleguen a una audiencia mucho mayor, masiva.

Pero no siempre es así. A menudo las más interesantes ponencias se escuchan únicamente en recintos cerrados y benefician tan sólo a unos pocos afortunados que las escuchan.

De ahí la pertinencia de este libro que pone en manos del lector los estudios más profundos, más enjundiosos y las reflexiones más actuales sobre lo que vivimos en nuestro territorio, y lo que se vivió en España y el mundo, en esas primeras décadas del siglo XIX que marcaron para siempre nuestra historia para siempre.

Por eso quiero saludar y felicitar esta magnífica iniciativa de Editorial Planeta de apostarle a una obra seria, una obra iluminadora sobre nuestra historia, para acercar la crónica y el análisis de nuestra independencia –en las voces de los más destacados historiadores– al público colombiano y al público hispanohablante.

Felicito también a la doctora María Cecilia Donado y a su equipo, que organizaron –con una visión digna de los románticos del siglo diecinueve– el encuentro académico sin precedentes cuyas ponencias se recogen en esta obra.

Y, por supuesto, saludo también a mi querido amigo Juan Carlos Torres, porque me constan el amor y la dedicación que puso en la compilación y edición de estas memorias.

Me acuerdo que subía y me decía: ‘Descubrí tal cosa, descubrí tal otra. Mire esta contradicción, mire aquella otra’. Lo oí con verdadero entusiasmo trabajándole a esta obra

Miren cómo es la historia: hoy 9 de diciembre, hace exactamente dos años, acompañé a Juan Carlos a lanzar su apasionante libro sobre la Operación Jaque, y me alegra acompañar ahora su nuevo emprendimiento, ya no por la historia reciente del país, sino por aquella que inauguró nuestra vida republicana en los albores del siglo diecinueve.

Debo decir que me siento muy afortunado de haber jurado como Presidente de la República doscientos años después del Grito de Independencia que simbolizó el comienzo del fin de la dominación colonial y el principio de nuestra vida republicana.

El 7 de agosto del año 2010, cuando recibí la transmisión de mando del presidente Álvaro Uribe –en la misma Plaza de Bolívar donde se encendió la chispa de la libertad–, sentí que la historia nos contemplaba y que se congratulaba al ver que los ideales de nuestros próceres seguían vigentes en nuestras instituciones modernas.

En El Gran Libro del Bicentenario, por caprichos del destino –o del editor, mejor– el epílogo corre por cuenta del presidente Uribe y el prólogo por cuenta mía, pero la verdad es que el orden es inverso y que hoy estamos escribiendo la novela de Colombia sobre las páginas que escribió el presidente Uribe, y que antes que él, escribieron más de medio centenar de mandatarios.

La historia de Colombia, desde 1810 hasta los tiempos actuales –regida por constituciones democráticas, republicanas, garantistas–, es la historia de un pueblo amante y respetuoso de la ley y de las instituciones democráticas como pocos.

No en vano nos preciamos de ser la democracia más antigua de América Latina.

Sin embargo, no faltan quienes catalogan al Estado colombiano como ilegítimo o a la democracia colombiana como incipiente, basados en las fallas que evidentemente subsisten, pero que cada día nos empeñamos en superar.

Yo no me canso de decir que la democracia es un ejercicio de mejoramiento continuo, la famosa frase de (Winston) Churchill, que la democracia es el peor de todos los sistemas, destruyendo todos los demás. Por eso hay que ir mejorando la democracia cada vez más.

No podemos seguirnos prestando al juego simplista de criticar la validez o fortaleza de nuestra institucionalidad por los fenómenos de violencia que nos han afectado, por los niveles de abstención, o por las carencias sociales que aún sufre nuestra población.

Todo lo contrario: si nuestra nación ha soportado con entereza los estragos de la violencia política, primero; de la violencia guerrillera, después, y de la violencia narcoterrorista hoy, es, precisamente, por la fortaleza de nuestras instituciones democráticas.

Mientras otras naciones del continente pasaron décadas sometidas al régimen de restricción de libertades, y a menudo de terror, de dictaduras militares, los colombianos persistimos, apoyados en nuestra tradición, en mantener la democracia y en privilegiar el camino de la civilidad.

Claro que nos falta mucho en justicia social; claro que podemos mejorar aún más nuestro desempeño en el respeto por los derechos humanos; claro que aún nos afecta la violencia de grupos armados ilegales, pero nada de ello permite sustentar la tesis peregrina –pero tristemente extendida– de que vivimos una democracia débil.

Quien haya presenciado el proceso electoral del año 2010 –y por fortuna los corresponsales extranjeros destacaron eso-, donde candidatos de diferentes vertientes nos batimos en la arena electoral, con total libertad, viajando por todo el país, armados únicamente de nuestros argumentos, tendrá que confirmar la fortaleza de nuestras instituciones.

El lamentado historiador David Bushnell, padre de los “colombianistas”, estudió con esmero los procesos electorales en nuestro país y llegó a una conclusión —como lo dice en su conferencia recogida en este libro— de que en aspectos como el sufragio, hemos sido más progresistas incluso que Europa.

También lo dice en su ponencia el historiador colombo-británico Malcom Deas.

Según él, cuando aquí teníamos un sistema electoral operante, ni los ingleses ni los franceses habían logrado tal grado de desarrollo democrático.

Es más, de acuerdo con Malcom, los ingleses que vinieron a Colombia en los años tempranos de la república pensaban que “el exceso de democracia de los neogranadinos era bastante ridículo y reprensible”.

Tal vez así les pareciera, pero debemos decir, con orgullo, que para los colombianos es siempre mejor el exceso de democracia que la falta de democracia.

Hemos hecho mucho, hemos sacrificado mucho para defender la democracia de los embates de la violencia, del narcotráfico, y reclamamos nuestro derecho a exaltar la legitimidad que nos hemos ganado a pulso. Así lo dije en la ONU la semana pasada ante todas las naciones parte de la Corte Penal Internacional.

Por eso invito a quienes se acerquen a esta esencial obra de análisis histórico –que recoge voces y saberes aquilatados en las mejores universidades del mundo– a que valoren la tradición republicana y democrática que comenzó a gestarse hace 200 años, y que hoy seguimos defendiendo contra viento y marea.

Los invito a que valoren y quieran esta patria que hoy defendemos contra lluvias, tormentas e inundaciones, con el mismo ímpetu romántico de aquel Bolívar soñador de 1812.

Colombia, esa “nación a pesar de sí misma” de que hablaba el profesor Bushnell, es también una nación “gracias a sí misma”.

Las páginas de este libro –que no dudo en recomendar– dan fe de ello.