18 de agosto de 2022
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Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez

Un biógrafo manizaleño para Escalona

6 de noviembre de 2010

Antes de aterrizar en su segunda patria chica, el manizaleño con catadura de aguilucho hizo una primera escala en Bogotá, en 1961: En el día estudiaba derecho en el Externado de Colombia. Y entre noches y madrugadas, en medio del inclemente frío siberiano de la sabana, hacía turnos de “redactor-bombillo” al cuidado de los teletipos en el Noticiero Todelar, que dirigía en Radio Continental el infatigable  Hipólito Hincapié, a quien considera su maestro en el oficio.

Andrés Salcedo, destacada figura de la radio costeña, lo llevó a Valledupar a hacer unos reemplazos en una emisora por cuarenta días y se amañó tanto bajo el palo de mango que ya lleva cuarenta y seis años echando raíces a orillas del río Guatapurí, donde se convirtió en padre de cuatro vástagos y abuelo de dos bellas nietas, y espera que sus cenizas descansen allí, cuando le llegue el día de irse en busca de los muchos amigos vallenatos que se le adelantaron en la partida, encabezados por los legendarios Pedro Castro, el gran líder de la provincia; el pintor Jaime Molina y Emiliano Zuleta, el de “La gota fría”, además del gran Rafael, el de “La casa en el aire” y “La custodia de Badillo”.caratula

Ahora sí, a lo que vinimos. El martes último, en el Aula Magna de la Universidad Santo Tomás, de Bogotá, con lleno a reventar, fue presentado el libro “Escalona, adiós al mito”, de Carlos Alberto Atehortúa, el único vallenato nacido en  Manizales por supuesta equivocación de la cigüeña.

En el acto académico, que estuvo matizado con la actuación de artistas procedentes de las tierras del Cacique Upar, hizo una sinopsis de la obra, publicada por Editorial Carrera 7ª, el historiador y catedrático universitario Ciro Quiroz Otero, quien tuvo a su cargo el prólogo de este importante aporte a la bibliografía sobre la juglaresca vallenata.    

Estos títulos le dan una idea al lector acerca de los temas que aborda Atehortúa, hijo adoptivo del Cesar, en su primer parto editorial, ilustrado con valiosos testimonios gráficos inéditos hasta hoy: Los Escalona somos así… Cómo se quieren los amigos… Chascos, sustos y anécdotas de Rafa…

Quiroz pregunta y responde al propio tiempo: ¿Cómo llegó Atehortúa hasta Rafael Escalona? Fue una tarde cuando, conversando con  Jaime Molina, el pintor, éste le preguntó: ¿Carlos Alberto, quieres conocer al hombre más petulante del mundo?

Atehortúa, sin saber a quién se refería, sólo escuchó y le siguió la cuerda. Llegaron a casa de Alfonso Cotes, donde se encontraba Rafael, y con el índice derecho lo señaló: «Mira qué sencillo es este hombre. ¡Parece humano! Se llama Rafael Calixto Escalona Martínez, compositor, pero no sé cómo ha logrado tanta fama con unos cantos que no dicen un carajo; lo grave es que él mismo se la cree».

Y subraya el documentado prologuista: “Atehortúa se volvió un aventajado alumno de Escalona. Vino la amistad y con ella, los sancochos y las interminables parrandas que iban y venían. Aprendió el diccionario de neologismos locales, olvidando poco a poco el suyo, y se volvió un raizal entre vallenatos. Este paisa se hizo ducho en devorar panderos al estilo Pepe Castro, comía a pellizcos arepa asada preñada de queso, así como el chocolate criollo y espeso. Degustó los fritos de la bella Ustaris, que si no se comen saboreándolos con la masticación del rito, pierden su gusto”.

La apostilla: Todo un desconocido en su Manizales del alma, este apreciado colega vallenatizado ha regresado en siete oportunidades con el corazón partido a su terruñito natal para dar sepultura a sus viejos y a cinco de sus siete hermanos. El sabía que si se iba para Valledupar, allá se quedaba y allá sigue, biografiando a su mejor amigo y haciendo lo que más le gusta: radioperiodismo.