2 de octubre de 2022
Directores
Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez
Ximena Giraldo Quintero

Imprevisiones en Armero

15 de noviembre de 2010

Habíamos salido de madrugada, cuando aún se desconocía la magnitud de la tragedia. A esa hora todo cuanto se sabía era que las previsiones se habían cumplido y que el volcán había hecho erupción. Con las primeras luces del día, desde una avioneta, un piloto vería el terrible espectáculo: donde antes bullía la vida de una ciudad, aparecía una extensa y lisa superficie de barro que, como una gigantesca losa funeraria, todo lo cubría.

Cuando llegamos había la orden de abandonar los alrededores de Armero porque el rumor creciente decía que se aproximaba una segunda avalancha. A pesar de la nerviosa orden del capataz de obras públicas que abandonaba el lugar con su flotilla de volquetas. Ahí íbamos bordeando aquel inmenso lago de barro en que había quedado sepultada Armero, la blanca capital del algodón.

Siempre bajo el temor de que el rumor resultara cierto, tensos los músculos y los nervios, y espiando hasta el más leve de los sonidos, llegamos hasta unas colinas en donde se refugiaban varias familias que aún no salían del pasmo en que habían quedado después de su precipitada fuga en medio de la noche y aturdidos por la oscuridad y por el ruido de la avalancha que parecía pisarles los talones.

25 años después, repaso recuerdos, rescato imágenes y sensaciones y comprendo que aquella inmensa tragedia debió ponernos en alerta: el aparato estatal creado para proteger la honra, vida y bienes de los ciudadanos es una herrumbrosa máquina que en un momento así se convierte en amenaza.

Lo comprobaron los asistentes a un seminario convocado por el presidente de la Cruz Roja tres meses después.

A pesar de todas las advertencias, ni los transportes, ni las comunicaciones, ni los primeros auxilios habían funcionado con coordinación y eficacia.

Más de 5.000 voluntarios en el sitio, dispersos y desorientados, estorbaron más que ayudaron. Las toneladas de ayudas llegadas de todo el mundo pusieron a prueba a los grupos de socorro y los derrotaron. Y sobre todo, la improvisación de las ayudas a las víctimas puso en alerta a los participantes en ese seminario.

A la pérdida de sus familiares y de sus bienes, las víctimas agregaron la victimización, esa condición que convierte a las personas en eternas quejosas que parecen pasarle a la sociedad una eterna cuenta de cobro, mientras ellas mismas se convierten en seres inútiles que todo lo exigen y nada aportan para superar sus pérdidas y su desgracia.

En la siguiente gran tragedia, el terremoto de Armenia, las víctimas construyeron sus casas e impidieron que la dignidad y su capacidad de trabajo fueran parte de los destrozos de la catástrofe.

Pero más allá de improvisaciones y de errores técnicos, la avalancha dejó al descubierto un aparato estatal torpe e insensible, indiferente a las voces de alerta y de socorro. Desde la funcionaria que urgió una solicitud a Unesco “para evitar que el volcán se reactive”, hasta la orden de evacuación del sábado siguiente a la tragedia, porque según las autoridades otra avalancha era inminente.

En el Instituto Geológico de Estados Unidos se registró la existencia de un plan nacional para anticiparse a la erupción. El plan no operó, entrabado por una caótica e incapaz administración pública. “En Colombia hubo signos de peligro mucho antes de que la avalancha asesina se iniciara, pero nunca se hizo porque los expertos aseguraron que no había que temer,” anotó, indignado, el columnista Ray Kerrison en el New York Post.

De hecho, las informaciones iniciales sobre la actividad del volcán fueron invisibilizadas en el periódico regional porque podían afectar negativamente el desarrollo de las Ferias de Manizales. El Heraldo.