17 de octubre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El embrujo del tango

17 de noviembre de 2010

El tango es una melodía para ser escuchada en los ocasos cuando el sol se desangra o en noches descontroladas de bohemia. Suya no es la templanza, ni la aurora del amor. El tango es amargo y viril, adornado de firuletes, es una danza en torno de una hoguera crepitante.

Llegué a Buenos Aires, entre  otros afanes, para buscar el tango, indagando por su rito replegado en extramuros atestados de peregrinos nostálgicos. Hacen aquí  presencia  mujeres de ojeras largas, de abundantes cabelleras en desorden, con miradas crepusculares y camajanes  vestidos con chaquetas averiadas y pantalones raídos, identificables por un abultado morral de caminantes. Llegan de todas partes.  ¨Caminito¨ se ha convertido  en un  mosaico de etnias disímiles. El gringo biche se entrevera con el francés discreto, el italiano fiestero y bonachón con su par argentino, el peruano ladino con el español avispado y entrador. Obviamente aquí estamos los colombianos alimentados desde la cuna   con el embrujo del tango. Hay confusión de lenguas. Se perciben las interjecciones de los centroamericanos, las respuestas del chileno, las frases pronunciadas con la fonética militar del alemán, o la grata acústica del portugués. Tienen fachada distinta. Lampiños y desabridos  los gomelos canadienses, lechudos y con ojos azules los soviéticos, morenos finos los mahometanos, de baja estatura y mirada rasgada los nómades de China. Es notorio, igualmente, el mosaico social. Hay cxponentes de la barriada plebeya, aquellos gritones y vulgares, parcos éstos en el hablar, discretos y reservados los de allá. Los reunidos  aquí somos tangueros.Se escuchan las voces de Carlos  Gardel y su comparsa ululante. Los brindis que no se hacen al principio, se desbordan en la agonía de la tarde, en simpática promiscuidad de lenguas, en una chistosa trabazón  de gestos y un mar de abrazos cordiales. Nada le falta a esta turbia acuarela de añoranzas.

 El tanguero tiene personalidad  aflictiva. Es un soñador, heredero de ansiedades, acosado por un profundo dolor  sentimental. Lo signa el ritual contradictorio de su propia existencia. A ésta la encara con sensibilidad romántica, enfocándola como una realidad fatal. Siente el peso de su destino como un legado, como un difícil itinerario sembrado de pedruscos. En un mundo insensible, por cuenta del tanguero son los ecos armoniosos, la voz que clama en los pináculos, el canto que clausura los postreros rayos del sol.  

El tanguero es, sobre todo, un enamorado. La mujer, esa mujer, esa,  de inmensos ojos abiertos,  con labios de miel predispuestos para el beso, con el fulgor tentador de su mirada y sus brazos abiertos para las ternuras íntimas, encuentra en el tango la voz afiebrada que la canta y letras de oro que precisan cuánto significa como inspiración poética. Ella tiene una geografía excepcional. Su perfil es  alegre, su frente soñadora, potentes sus ojos, hay en su cuerpo morbidez de pecado mortal. Surge al comienzo como pasión irresistible, después como amante dominadora y cuando declina, es estigmatizada por quienes disfrutaron de su ardiente juventud. El tango la exalta a los altares  y también la infama en su vespertina vital.    

Nació el tango en el alicorado arrabal de guapos, entre compadritos y perdularios, escondido en los  quilombos, y poco después dominante en bailes aristocráticos. La garganta imperial de Gardel le hizo abrir los linajudos salones de París, y la oligarquía, tropical y montañera, desde Bogotá hasta la Patagonia, además de danzarlo,lo convirtió en el himno nacional de América.  Santos Discépolo escribió que ¨el tango es un pensamiento triste que se baila¨ y Lugones, injusto y mezquino,  sentenció que era ¨un reptil de lupanar¨. Esta calificación peyorativa es una grave ofensa para todos los tangueros que en el mundo han sido.