24 de mayo de 2022
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Educación, el pecado original

21 de noviembre de 2010

Colombia ha progresado mucho en términos de cobertura (9 de cada 10 niños asisten hoy a la escuela) pero la calidad de la educación es deplorable y las desigualdades en acceso y en años de escolaridad son muy agudas. Por eso el Presidente dice que sus “obsesiones” van a ser la calidad y la equidad del sistema educativo.

Para abordar de veras estos dos desafíos haría falta una reflexión seria sobre el papel de la educación en Colombia. Pero ni el Presidente ni la Ministra están en condiciones de ver o de decir esas verdades, de modo que sus anuncios bienintencionados son apenas una lista de los lugares comunes que, tomados en serio en otras latitudes, han ayudado a mejorar la calidad y la equidad del sistema educativo.

El punto duro y esencial es simple: la educación en Colombia no está pensada como un factor de equidad, sino como el mecanismo principal de transmisión y ampliación de las desigualdades existentes. Y la educación para la mayoría es de baja calidad porque la economía no requiere sino de pocos trabajadores calificados.

Estos hechos son por supuesto el producto de una historia prolongada. Desde la colonización y hasta el día de hoy la educación ha servido para incluir a determinados grupos en el circuito económico y político pero también, y al mismo tiempo, para excluir sectores mayoritarios. Los indígenas y esclavos, los peones del s. XIX, las mujeres, los colonos, los campesinos y los trabajadores informales durante el s. XX figuran entre los grandes excluidos.

Es el contraste entre la educación de los hijos del rico y los hijos del pobre. Jardín bilingüe con sicopedagogas, frente a encierro en la casa mientras la mamá trabaja. Educación primaria en un colegio con bono millonario, frente a media jornada en una escuela de mala calidad. Bachillerato con laboratorios y viajes a Europa, frente a nada en el campo o un colegio ‘malito’ en la ciudad. Universidad de excelencia con posgrado incluido, frente a ‘tecnológico’ o universidad pirata para los pocos que logran acabar la secundaria. Y en cada tramo del embudo se van filtrando los que son, de suerte que los que están debajo acaban por creer que los que están arriba están ahí porque son más educados.

Romper un círculo de hierro como ese supone más que programas remediales. Supone un proyecto nacional de educación como los que adoptaron – no ya los mal llamados “países socialistas”- sino, sin excepción, los países capitalistas que triunfaron. La escuela pública universal o a donde asisten por igual los pobres y los ricos fue la base del modelo francés o del escandinavo; y en el modelo sajón o el japonés, aunque haya diferencias, la mayoría de los ricos siguen yendo a las escuelas estatales.

La educación privada se justifica en nombre del pluralismo y de las libertades culturales. Pero el Estado debe garantizar la cobertura universal de calidad y para eso, en vez de los programas remediales, tendría que concentrarse en atender primero a los muy pobres. Esto se puede hacer. Y más aún: hacerlo cuesta menos que mantener el “modelo colombiano”.

Hace 20 o 30 años, en efecto, América Latina tenía el mismo nivel medio de escolaridad que los países del ‘milagro asiático’. Pero ellos decidieron abrir jardines para los niños pobres, invertir en la básica y en educación técnica un porcentaje menor del PIB de lo que gastábamos nosotros en educar la clase media y en fabricar ‘doctores’ a porrillo. Hoy, por esos países, casi nos duplican en los años promedio de escolaridad – y esta fue la explicación evidente del “milagro”.

Pero aquí el Presidente infortunadamente se limita a repetir la conocida lista de retoques y pequeños paliativos.

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