20 de octubre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Canciones para suspirar

8 de noviembre de 2010
8 de noviembre de 2010

Como “la cigarra”, Luis Miguel cantó después de un año bajo la tierra.

Aquí mismo, en 1989, lo había sorprendido un golpe de estado en plena visita. El sábado, el que dio el golpe fue él. A quince días de la gala de Costa Salguero, a 17 del primero de los cuatro recitales en Vélez y tras uno en Corrientes ayer, esa ya mítica dentadura blanco flúo volvió a sonreír ante más de 20 mil personas en el estadio Defensores del Chaco.

El de Paraguay no fue un fantasma del mexicano, sino su mejor versión. Una hora y media de show, tres cambios de vestuario, unos treinta temas, el caudal vocal intacto y una advertencia para debutantes: Luismiguel -así, todo juntito como se dice en Paraguay- no plantea un show hablado y eléctrico. Se obstina -y hay que reconocerlo- en la perfección del sonido. Puede pasarse una noche -como ésta- retando a los sonidistas con sus ademanes aunque el público advierta el espíritu quejoso. Mucho ruido, poco baile. Menos diálogo.

Una antropología rápida pre-recital indica que los arrabales del barrio Sajonia de Asunción son un núcleo de contrastes. Puertas afuera del estadio, el paisaje se puebla de familias necesitadas vendiendo huevos fritos achicharrados y otras comidas al paso. Frente a sus narices y con vidrios polarizados, la creme paraguaya, hace alarde de los 400 dólares invertidos en sus tickets.

Cualquiera sea el estrato, las fans denotan una franja predominante de 30 a 40 años. No escatiman en atuendos para ver a su realeza. Varias ex adolescentes de los años ‘80 que no se entregan al tiempo, deambulan endurecidas por el bótox. Antes del arranque del show, miles lloran sin razón aparente. El sollozo, argumentan, se debe a algo más complejo que el ídolo en sus tierras: Luis Miguel funciona como metáfora de lo que ellas eran y sentían 25 años atrás, en plena sublevación de sus hormonas. El hombre que les indica que dejaron de ser esas nenas.

En los pasillos del coloso en el que a menudo la selección local pelotea, esa sociedad que “pertenece” se amotina en un vip generoso en sushi y tacos. Los cultores del chisme merodean en la “cacería” del personajes autóctono de hoy, Larissa Riquelme, el estandarte mediático que gestó el Mundial de Sudáfrica. Pero Larissa tuvo mejores planes que vivar al hombre de los diez Grammy.

Bandera de largada. A las 21.30 brota la docena de músicos y basta para que algunas muchachas entren en un estado parecido al de un parto. Se desarman en espasmos al verlo en ese look extinguido en la era del reggaeton: sin el traje negro, la corbata a rayas, el almidón y el bronceado a fuerza de lámpara, Luismi no sería Luismi.

El show -el mismo que hizo en Perú y el que traerá al país-, abre con Te propongo y él quid es la propuesta de revival. Probablemente un recital del mexicano, quince años atrás, resulte calcado, pero al fin de cuentas su fórmula musical-diplomática no está en el cambio sino en la conservación. Parafraseando un viejo hit, será que así lo aman.

Un dato para las economías domésticas: una ubicación tan pegada al escenario como para que Luis Miguel rocíe de su sudor al espectador, cuesta un sueldo paraguayo. Y ellas lo pagan. En Argentina, el “Vip Gold” cuesta 800 pesos.

De ambos lados de la escena velan por él dos moles más gigantes que “La Mole” Moli. Dos clones del basquetbolista Shaquille O’Neal que lo sostienen por el traje cuando él busca el contacto con las manos de sus privilegiadas de la primera fila. Tremenda corriente humana de mujeres desquiciadas no garantiza que alguna vez caiga de cabeza al hormiguero. Ese es el gesto más cálido que se digna a dar del señor de las cuatro décadas.

“Asunción, un gran aplauso. ¿Tienen ganas de cantar?”, dispara y esas serán casi las únicas frases no cantadas de la jornada. Luismi es un caballero de silencios. “16 años pasaron”, calcula y erra por dos años la fecha (fueron, en realidad, 14). No hay mujer que lo contradiga.

Inserto en una escenografía ambiciosa de lucecitas de a millares, tres pantallas gigantes y una escalera de vidrio, propone el juego del grito unánime para medir en decibeles, a través de un cuentavueltas en pantalla, la intensidad de la tierra de Roa Bastos.

Suave, La barca, Volver se suceden hasta que llega el “dúo” con Frank Sinatra. A 12 años de su muerte, un video lo trae a Frank con Come Fly With Me . Pero el termómetro del público no se eleva ahí, sino con los lugares comunes: Entrégate, La incondicional, Qué nivel de mujer, La chica del bikini azul, Cuando calienta el sol … Entonados al hilo, increíblemente no se explica uno cómo no se oxidan esos ritmos, sino que el público los festeja como si no hubieran machacado lo suficiente en décadas.

Cuando se cumple casi una hora y media, el mexicano abandona el escenario y vuelve con un bis. Regala el hit homónimo del disco nuevo, Labios de miel . Con su prolijo show no ha descubierto la pólvora pero quizá en la repetición radique el éxito. Luis Miguel no se reinventa porque no necesita hacerlo. Ellas quieren que él sea el mismo de hace diez ó quince años. Y él se sometió al juego de “Volver al futuro”.

Ya no habla, sólo canta. El tour 2010 está cimentado estrictamente en lo musical. La directiva indica que no hay ni habrá entrevistas en mucho tiempo. No las necesita: en la Argentina nomás los shows se venden como pan caliente y sin haber mediado a promoción periodística. Después de Mouse, el “Rey Sol” se ha vuelto el Micky más vendedor.