27 de octubre de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Tacones y minifaldas

30 de octubre de 2010

No sólo es una afrenta a la feminidad, pues la normatividad excluye las posibilidades a los hombres de tenderse al sol con el torso descubierto, así como al peloteo al aire libre y a todo tipo de “blasfemia” o mal uso de la palabra en público. Las mujeres que se encuentren portando dichas prendas, recibirán una sanción cuantiosa de hasta 500 euros. El alcalde de la localidad, el muy conservador Luigi Bobbio, pretende a través de estas nuevas normas, consagrar un pueblo donde reinen las “buenas formas”. Eso, según él, hará de Castellamare di Stabia un lugar más afín al antojo del viajero.
Don Bobbio ansía el decoro y la coexistencia civil ordenada y aparentemente la manera de lograrlo consiste en expulsar el uso de la minifalda y otros hábitos netamente femeninos. Según el diario británico, The Guardian, países como Kenia, Chile, Rusia y Uganda han presentado casos similares: en algunos se ha solicitado a empleadas de ciertas partes no usar faldas cortas porque “pueden distraer la mirada de un conductor de automóvil”.
En esa mentalidad estrecha, la minifalda es una prenda peligrosa, excesivamente incitante. Aunque sea en menor grado, esta es una perspectiva que tiene en su centro una similar a la que emplean los árabes ortodoxos: las mujeres, criaturas deleitables, capaces de infundir los pensamientos más mundanos de la masculinidad, deben ser cubiertas, forradas en harapos para anular su belleza y corporeidad. Más sencillo aún: la mujer, al mostrar piel, se hace culpable de los arrebatos de lujuria que pueda sufrir un hombre.
Es cómico que este escenario surja ahora en las tierras de un personaje como Berlusconi, curtido, verde y degenerado, célebre por su afición a las prostitutas menores de edad y las orgías más desaforadas. (Es que Bobbio y el primer mandatario pertenecen al mismo partido).
Lo más risible es, en realidad que, en pleno 2010, aún se pretenda dictaminar cómo debe vestirse alguien. El cuerpo y la manera que escoja un individuo de ataviarlo es una de esas cosas que pertenecen al fuero íntimo, un terreno intocable
Prohibir prendas tan femeninas para alcanzar un lugar de “buenas costumbres” es como opinar que a una mujer la violan porque tenía puesta una pinta “provocativa”. También es como argumentar que, si pasea por la calle camino al banco, al café o a su casa, en falda, y es asediada por un siseo burdo acompañado por una chorrada de comentarios indeseados, se debe a su manera de vestir.
Qué estupidez que, en 2010, aún se pretenda dictaminar la ropa y la libertad individual.El Universal, Cartagena.

*Historiadora, periodista, escritora