3 de octubre de 2022
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Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez
Ximena Giraldo Quintero

Monseñor Carlos Isaza Mejía

28 de octubre de 2010
28 de octubre de 2010

Era un orador sagrado. Trémulos sus labios cuando en el ardor de las filípicas se refería al “santo temor de Dios”, obsesionante frase que repetía en todas las homilías. Enérgica su dicción, recogidos pero golpeantes los brazos para realzar el contenido del mensaje, centelleantes los ojos, firme y perpendicular el cuerpo que, con sotana impecable, emergía para proyectar un venerante respeto. Se le tenían miedo a sus catilinarias de los domingos. Se apoderaba del púlpito para hacer un balance de la semana que acababa de pasar. Sin mencionar personas echaba mano del bisturí de su verbo para hurgar en los defectos sociales, en los resbalones de los pecados, en la malandanza de los matrimonios y en los extravíos de la juventud. Era la suya una cátedra religiosa, emocional y fragorosa. Finalizaba sus patéticos sermones totalmente ensopado, con su rostro lavado por un chorreante sudor que le brotaba en cascada por todos los poros. Culminada su plática, físicamente aniquilado.
Educar fue el verbo que él siempre conjugó. Consecuencia de ese insistente evangelio fue la presencia de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, hijos de San Juan Bautista de la Salle en la ciudad de Salamina. Quería que los discípulos de sus colegios tuvieran exhibición garbosa, discretos en el vestir, acertados en el uso del idioma, mensajeros de virtud. Además les inoculaba la misión de conquistar con agallas el futuro. No concebía que sus alumnos terminaran de peones, o de meseros en cantinas, o como haraganes viciosos. Era vehemente en señalar horizontes lejanos, en sembrar apetitos de grandeza.
A Monseñor Isaza Mejía le gustaba la elocuencia, la galanura de la pluma, los cromáticos colores, los músculos fibrosos de los fondistas. Era un espartano en la concepción de la vida que empieza por el cuerpo sano. Así quería ver a sus pupilos, alegres, pulcros, de fácil dicción, positivos, y sobre todo, ambiciosos. No le gustaba la recua, ni las montoneras anárquicas, ni la palabra trivial. Era un personaje de excelencias.
Auspiciaba los centros literarios. Con la colaboración del poeta Daniel Echeverri, fundó un pequeño y selecto areópago, epicentro escogido a través del cual volcaba la esperanza de contemplar triunfantes a sus pupilos. De ese reducido clan no podían hacer parte las aves de corral. El suyo era un privilegiado espacio para los pichones de águilas, para quienes debían ser cóndores en el amplio firmamento de la patria. De ese vibrante cenáculo salieron Alfonso Giraldo Jiménez, prodigioso en el ágora, anulado después por una bohemia incontrolada. Antonio José Ocampo que cumplió su ciclo vital como sabio abogado y carismático líder político. Jairo Salazar Álvarez, tribuno diserto, parlamentario, comandante de multitudes conservadoras. Jaime Salazar López, de elevada estampa, de frases pulidas y de afiebrada temperatura para los balcones.
Para Monseñor Carlos Isaza Mejía Salamina era el centro de la tierra. Concebía la hermosa ciudad como el corazón del mundo. Cantaba sus glorias con el pecho henchido de emoción histórica. Según él, el Niño Dios nació en una gélida pesebrera de su terruño norteño, los abolengos de María Santísima reposan en los archivos de su parroquia, San José era un noble campesino de San Félix, los apóstoles oriundos de las veredas de La Frisolera, La Chócola y el Yarumo, pero ¡eso sí! de Salamina no era la pecadora Magdalena. La importaron de la zona de tolerancia de algún vecino municipio.
Conocimos al hombre, al intelectual, al místico, al salamineño raizal. Monseñor Isaza tenía una bella estampa. Era un personaje alto, de un color blanco agresivo, mirada altiva, y se aderezaba con decoro su uniforme sacerdotal. Hablaba con las frases enlazadas y por cuotas auditivas, enredándolas en el paladar. Sacudía las manos, y con la cabeza ligeramente ladeada, le hundía sus ojos incisivos al interlocutor. Era un oligarca en sus relaciones humanas. Suya no era la plebe, ni la ignorancia, ni la carencia de garbo espiritual.
Carlos Isaza Mejía fue un apóstol de Dios.