4 de diciembre de 2022
Directores
Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez
Ximena Giraldo Quintero

Hay que leer a Ingrid

30 de octubre de 2010

Me uno a otras voces: todo colombiano que quiera entender el país en el que nació, TIENE que leer el libro de Ingrid, le caiga gorda o no, la colombofrancesa, hoy menos colombo que francesa.

 Éste es un libro abierto de la guerrilla. Revela la vida en 'la otra Colombia', la de los guerrilleros, que también son colombianos. Cómo piensa, cómo actúan, qué significa el amor entre ellos, cómo son las relaciones entre los sexos, cómo son las relaciones de poder 'allá abajo', en qué creen, en qué no creen, qué piensan de 'nosotros', por qué están dispuestos a pasarse la vida con la ropa empapada entre cuatro paredes verdes, cómo celebran, qué celebran.

 En ese sentido, como dirían los antropólogos, el libro ayuda a deconstruir la imagen del enemigo en la cual no cabe la  humanidad del otro, que es lo que sirve de gasolina en toda guerra.

 Y no es que Ingrid sea benévola con sus captores. La ignorancia, inmadurez y aislamiento característicos de los más jóvenes, no rescata a los guerrilleros rasos de un retrato grotesco de esta familia en armas, en el que sobresale la más extrema e inconsciente crueldad.

Pero el libro, inevitablemente, muestra al ser humano que hay detrás de todos los actos. Si algún día queremos superar la guerra, en algún momento nos tocará empezar por conocer las circunstancias de esa gente que vive en la periferia de nuestro mundo y  aún así tiene la capacidad de afectarlo (y viceversa).

 La mayoría de estos jóvenes de la guerra son carne de cañón, pelaítos y pelaítas con el cerebro totalmente lavado con un producto 'Frankeinstein' (todo armado de retazos de doctrinas trasnochadas con "el fin justifica los medios" como broche de oro) que  en su vida no han tenido en frente otra cosa que no sean los frentes de las Farc.

 

La música  de las Farc, la comida de las Farc, la justicia de paredón de las Farc, el sentido de colectividad  de las Farc . Si uno conoce todo eso, no los excusa por su crueldad, pero tal vez pueda comprender por qué nuestro país también pare hijos así.

 De la misma manera, es probable que a los guerrilleros, sus cautivos les hayan sembrado la  semilla de la duda de que hay más para ellos en este país, que la selva que tienen por cárcel. La luz de personas como Gilberto Echeverri, Guillermo Gaviria, la "Cacica" Consuelo Araujo, el brigadier general Luis Mendieta. O  la misma Ingrid tiene que haberlos  tocado.

 Pero colombiano o no, todo el que quiera profundizar en la condición humana debe leer este libro que muestra las bajezas y las 'altezas' de que somos capaces.

 Que 'el infierno son los otros', queda claro no sólo en el maltrato de los captores sino en la convivencia  entre los cautivos, y especialmente entre el grupo de los políticos y los gringos. Los militares y los policías venidos muchas veces de las mismas familias humildes que han perdido sus hijos en las filas guerrilleras, demostraron ser gente de bien, con un espíritu de solidaridad y nobleza en ocasiones muy superior al de la 'gente más bien' de la alta y media sociedad colombiana.

 Nadie se salva de la crítica y hasta Ingrid -con su 'sabelotidismo' habitual- reconoce sus propias vilezas y comparte con el lector su lucha interior con el ego. Aspectos del libro me resultaron antipáticos, como la revelación de detalles íntimos de Clara Rojas que le pertenecían solo a ella. Sin embargo, los aportes de su lectura son superiores a éste y otros asuntos desagradables que pueda tener el libro.

Finalmente, "No hay silencio que no termine" es sobre todo, un libro espiritual. Es el relato de una 'revuelta íntima' -tomando prestada la expresión de la teórica literaria Julia Kristeva- cuando la única capacidad de revelarse reside en el pensamiento, algo que no puede ser amarrado con una cadena o encerrado en una pocilga. Frente a los rebeldes adolescentes, reducida a la movilidad del pensamiento y las emociones, la verdadera rebelde es ella, con su cotidiano optar por la dignidad.

 ¿Qué hacer cuando la única libertad que queda es la interior? ¿Qué elijo pensar, qué elijo sentir cuando mi cuerpo, mi movimiento y hasta mis deseos de ir al baño son controlados por otros?  ¿Qué queda cuando no queda nada…?

Ingrid, que lo vivió en carne propia, nos muestra que siempre queda mucho. Queda el universo interior que no es nada menos que eso, un universo infinito hacia adentro, como es infinito el universo hacia afuera.