27 de octubre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El paisaje natural de Aranzazu

17 de octubre de 2010
17 de octubre de 2010

El Municipio de Aranzazu no tiene un entorno paisajístico diferente a los demás pueblos del departamento. Es decir, lo que se observa a su alrededor es la misma naturaleza que se descubre mirando desde cualquier pueblo. Verdes arboledas, extensos pastizales, cañadas de corriente cristalina, inmensos cafetales, frutales de diversa índole, un cielo siempre azul en el horizonte, copos de nubes viajeras vestidas de blanco, carreteras que parecen líneas grises extendidas sobre el verde intenso, animales pastando en los potreros, pájaros que vuelan en el aire son parte de esa postal multicolor que identifica a la gran mayoría de los pueblos caldenses. Aranzazu no podía ser la excepción. Todo lo que la vista alcanza, al observar hacia la distancia desde un punto cualquiera de su geografía, lo tienen todos los pueblos. La única diferencia en cuanto a su paisaje la tienen los pueblos con una ubicación geográfica diferente. Me explico: no es el mismo el paisaje de un poblado de clima frío que el de uno de clima cálido. En el primero sobresale en la distancia un pico nevado, o un cielo encapotado, o una montaña cubierta de niebla. En el segundo sobresale un cielo despejado, con nubes clarísimas que parecen copos de algodón suspendidos en el horizonte, con garzas que cruzan raudas en la mañana buscando un destino incierto, y con un sol que cae perpendicular sobre verdes laderas.

No es el mismo el paisaje que se observa en Aranzazu desde una calle cualquiera que el que se encuentra el ciudadano cuando recorre sus caminos veredales. Las diferencias son notorias. Cuando se observa el  horizonte desde el parque principal, con la vista fija en la distancia, el paisaje tiene tonalidades que desaparecen cuando se avanza por caminos fangosos, o por carreteras veredales. Aquí es la postal que pinta de azul, verde y blanco lo que la vista alcanza. Allí es el olor de los cafetales que parece derramarse por el contorno, el gorgoriteo del agua que corre apacible por un lecho de piedras, el encanto de los naranjos que aparecen a la vera del camino, el verde claro de las matas de plátano que le dan sombra a los cultivos de café. Mientras en la zona urbana se siente el viento que sopla en ráfagas desde las colinas distantes, en la parte rural ese viento mece las hojas de los árboles creando una como sinfonía de sonidos que se mete en el alma.

El paisaje actual de Aranzazu es el mismo desde los tiempos de la conquista. Nada ha cambiado allí. El paso del tiempo no le ha quitado su verdor ni su  frescura. Al contrario, ha enriquecido el entorno. No existe una descripción del paisaje que encontró Jorge Robledo cuando anduvo por estos caminos huyendo de Sebastián de Belalcázar. Lo único que se conoce, escrito  por el conquistador, es una ligera mención que hace en un documento donde habla sobre cómo eran  las tribus indígenas que habitaban las tierras que recorrió cuando salió de Anserma para llegar hasta Arma. Allí menciona a las tribus Carrapas y Picaras, pero no hace ninguna descripción del paisaje que encontró después de cruzar el río para adentrarse en territorio del norte del departamento. Ni siquiera el cronista Cieza de león, cuando escribe sobre esta campaña, hace una descripción del paisaje. Solamente se dedica a escribir sobre las costumbres de los indígenas. Tampoco lo hace Fray Pedro Simón, que se aproxima más a la descripción física de los indios pertenecientes a las tribus Carrapas y Picaras.

En cambio, de la época de la colonización si se encuentran algunas descripciones del paisaje, hechas por quienes recorrieron estos caminos cuando se inicio el proceso que James Parsons  calificó como el más importante del occidente colombiano en cuanto a poblamiento de terrenos baldíos. En este sentido, es bueno ver parte de lo que escribieron esos viajeros. Manuel Pombo, que publicó un importante diario de viaje conocido con el título “De Medellín a Bogotá”, escribió el 19 de febrero de 1853, exactamente nueve meses antes de fundarse el municipio, sobre el paisaje que sus ojos veían: “Cuando coronamos el Alto de Alegrías la niebla lo encapotaba y lo batía el viento desapaciblemente; nada, pues, por entonces, justificaba su nombre. Pronto reflexionamos que así hay otros que aparecen  rodeados por la tristeza, las alegrías pasadas, aquello de lo que solo queda el recuerdo”. Antes de llegar a este sitio, el cronista habla sobre cómo lograron atravesar el río Chambery. Luego hace referencia a Muelas. En todo el texto se habla sobre cómo es el camino, y cómo las mulas se atascan en los barrizales, poniendo a veces en peligro la vida de los viajantes. El autor habla aquí sobre los precipicios que encuentra en el camino, las faldas que les toca ascender, las hondonadas que divisan a lo lejos, las quebradas que deben cruzar y la naturaleza que rodea todos los sitios por donde cabalgan.

Aranzazu está ubicado en las estribaciones de la Cordillera Central. De allí que su topografía sea tan caprichosa. Es decir, la formación de sus tierras presenta terrenos desiguales, donde de la misma forma como aparece un plan extenso asoma de pronto una profunda hondonada, o una empinada ladera, o una exuberante montaña. Este es el paisaje que observa el ciudadano que recorre sus caminos veredales. A lado y lado de esas vías se levantan construcciones levantadas en guadua que conservan el legado de la arquitectura antioqueña. Amplios potreros, sembrados de café caturra, jardines bien conservados, matas de cabuya que sirven de cerco, árboles frondosos que dan sombra cuando el sol es más fuerte es lo que se encuentra en la zona rural del municipio. Ese paisaje se complementa con los caballos que pastan en mangas enormes, con las vacas que se observan echadas sobre el pasto, con las mulas que avanzan por los caminos cargadas de bultos de café.

En su libro “De aquí y de allá”, César Montoya Ocampo consigna esta descripción del paisaje aranzacita:
Esta es la vereda Buenavista por entonces de muy largos y fangosos caminos, salpicada  de cafetos aromados, acolchonados  sus pastizales, preñada del mugido de  vacas lecheras, traviesos  becerros, algarabía de niños  y casuchas de paredes envejecidas. Aquí se escucha el eco de los sepulcros y el milagroso balbuceo en las canastas de los recién nacidos. Sus mañanas son de mirlas enamoradas, de fumarolas caseras, de morrales y afanes de labrantío. Todavía está allí el rancho desvencijado, con incontables parches de cal. Hay begonias en sus patios, coposas astromelias  protegen el jardín y una enredadera ostentosa  despliega su follaje sobre una puerta de trancas. El agua llega gorgoriteando por entre unas estrechas cánulas de guadua para convertirse luego en celestial arpegio en la garganta de los sinsontes.

Hasta aquí la descripción de nuestro entorno rural. Otra cosa es el paisaje urbano. Este tiene tonalidades de ocre, blanco, azul y verde. Observado desde el alto de San Antonio, sobresalen los techos de teja por donde corre, con su sonido metálico, el agua. El gris de las calles se confunde con los portones pintados de rojo, amarillo o blanco. Y los pocos balcones que aún quedan,  adornados de claveles y azucenas, son testimonio de un estilo arquitectónico donde tuvo preponderancia la guadua. El canto melódico de un turpial despierta a los pobladores después de que, en la torre de la iglesia, a las cinco de la mañana, las campanas suenan para convocar a misa. El aire fresco de la madrugada golpea en la cara. Y en la tarde, cuando el sol asoma en lontananza, una bandada de palomas vuela desplegando sus alas. El viento sopla desde lejos. Y sobre las cuerdas de la luz, las golondrinas interpretan una alegre serenata. Las calles se llenan de pronto con la risa de los niños, la mirada de las muchachas y el silencio de los viejos que rumian sus nostalgias sobre las bancas del parque. Esas calles fueron testigo mudo de historias de amor escritas con la brasa quemante de los besos. Este es el paisaje urbano de Aranzazu. Un paisaje donde se combina el azul del cielo, el verde del campo, el marrón de los tejados, el blanco de  las paredes, el gris de los balcones y el rojo de las flores. Algo así como una acuarela donde brota a cántaros la magia del color. Un pueblo arrullado por el sonido del agua, que serpentea cantarina por sus quebradas.